El intento de meter un TLC-plus por el que no se votó, usando las leyes de implementación, demuestra que la democracia es más que decidir por mayoría de votos y que las minorías tienen derecho a criticar y hacer oposición para garantizar el buen gobierno.
La presión opositora para que el TLC y sus leyes se ajusten a lo aprobado en el referéndum es no solo un derecho, sino un deber democrático de los diputados. Una cosa es que haya que legislar sobre ciertos temas y otra, muy distinta, cómo se hará en concreto. Por eso, quienes faltan a sus deberes no son los que examinan y critican, sino los que votan mecánicamente los proyectos y pretenden acallar la oposición, eliminar su crítica y exigirle igual sometimiento al Ejecutivo.
Si no se vale ir al referéndum y, al ganar el SÍ, impedir las reformas inherentes al TLC, menos se vale introducir un TLC-plus por el que nadie votó mediante normas sin publicidad, discusión, ni análisis. Y es que, diz que por falta de tiempo –que buena culpa tiene el anterior gobierno mancomunado Pacheco-Arias, que retrasó sin razón el envío del TLC a la Asamblea–, ese mejunje parlamentario que llaman G-38 convirtió la Asamblea en sello de hule y casa de sustos.
Esto pasó con la ley de propiedad intelectual, la apertura de los seguros y, como lo señaló un editorial de La Nación, la reforma a las telecomunicaciones. En esta se quiere incluir la telefonía fija, en perjuicio de los más pobres, con un pretexto baladí que sería fácilmente superable, con solo aprobar una norma que extienda a ella la protección del interés social.
Lo que sucede hoy es toda una lección de democracia. Además de votos y mayoría, requiere libertades de oposición y prensa, instituciones que equilibren y controlen, frenen y corrijan, los abusos y desvíos del poder. El automatismo en la aprobación de las leyes, con que algunos sueñan, daña la libertad ciudadana y el Estado de derecho.
La actitud generalizada contra un TLC-plus de contrabando ha generado un clima saludable para sacar la relación Gobierno-oposición del diván del psiquiatra donde se encuentra desde febrero del 2006 –don Óscar ni siquiera le contesta sus cartas a don Ottón y se resiste a tratar con él como jefe de la oposición–, y ponerla donde debió haber estado siempre, de no mediar orgullo y vanidad: la esfera política. Hay que pasar esta página del TLC, entrarle al problema del desarrollo, de la reforma política, la crisis fiscal y la lucha contra la pobreza. Intentar un TLC-plus de contrabando es jugar con fuego, en momentos en que una chispa puede incendiar la pradera.
(La Nación)
Rodolfo Cerdas Cruz | 2 de Diciembre 2007


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