Han pasado tantos años; ¿cuántos? No puedo decirlo. Solo recuerdo al niño de seis o siete años. Sentado frente a la mesa del comedor de la solariega casa de mis abuelos. Apenas si aprendía a escribir.
Mi carta al Niño Dios. ¿Qué le pediría en esa etapa de la inocencia? No lo se; no puedo recordarlo. Seguro unos patines: aquellos de ruedas; seguro una bola de futbol: aquella de cuero y coyunda; seguro unos zapatos de tacos y el uniforme de La Libertad, negro y blanco a rayas. Pero son meras especulaciones.
Mi madre me asesoraba; aquella Mercedes, madre amantísima para darme aliento y vida.
Dudo mucho, pregunto, y al fin termino. Ya la carta está hecha; la coloco en un sobre y con la letra insegura del escolar principiante, la rotulo: Al Niño Dios. En el Cielo.
Sigue la deslumbrante secuencia. Mi abuelo Vicente, mi querido abuelo, me lleva a entregarla. Vamos por las viejas callejas del Barrio México, en búsqueda del buzón del Correo Nacional para estar seguro de que llegue a su destino. Aquellos buzones de color verde, con la boca que se abre al mover una palanca. Voy con el abuelo; ya está desgastado por la vida, los años le pesan: ahora a los míos lo comprendo. Se mueve con un bastón hecho de una rama de cafeto, color marrón de nudos y figura sinuosa. Debe caminar despacio; cada cierto tiempo descansa; es penoso su paso. Y yo espero ansioso, y yo lo miro angustiado por durar tanto para entregar la carta; pues es el documento que servirá el Niño Dios para que haga posible mi petición. Al fin llegamos al buzón; me alza con sus débiles brazos para que yo envíe la carta. La deposito y regresamos, paso a paso; despacio, como si el tiempo se detuviera paso a paso.
Mi alborzo es grande. La carta se envió, debe tenerla ya el augusto destinatario, allá en el Cielo, no en ningún polo, sur o norte, y ahora debo esperar el 24 de diciembre. Vendrá con el aliento de Santidad, sin ningún vehículo ni renos; vendrá como el Niño Dios que todo lo puede y es vigilante de todos nosotros; vendrá en la confianza de una Fe inclaudicable, no como mercancía rebajada al mejor postor, en un suculento afán de consumismo degradante. Sueños de un mundo mágico donde el Salvador habla con los niños.
No sabía entonces cuantos no tenían ese sueño candoroso, mutilados por la miseria, la orfandad y la discriminación de los poderosos contra muchos hombres y mujeres. Dogal de un sistema excluyente de millones de seres humanos, en la peor de las mentiras: el engaño a base de fomentar la distribución inequitativa de la riqueza, contrapuesto a la enseñanza cristiana. Sobre todo a los niños, flagelados como los nuevos santos inocentes.
En tanto, mi abuela destina la mitad de la sala de la casa para el portal: salen a relucir los encerados, negros; son la simulación de las montañas, y con la ayuda de mis tías, comienza a tener forma el hogar para el nacimiento del Redentor de la humanidad. Las imágenes son de madera, traídas de Guatemala, se agrega un nacimiento mas pequeño, fabricado por mis tíos abuelos, los imagineros Ramos Pacheco de Heredia. ¿Cuántas cosas faltan para terminar el Portal? Allá un vidrio para simular el lago y los patos lo complementan, acullá un serpenteante camino de aserrín teñido de amarillo; del otro lado, una plazoleta verde, y más arriba un potrero donde pacen las vacas. Tiempo deslumbrante de bellos recuerdos.
Se terminó el Portal. Se colocan unos maderos en forma de baranda para evitar el paso; se agregan unos cohombros, ramas de ciprés y el aroma de la Navidad entra en la vivienda.
Serán las doce de la noche del 24 cuando se coloca el Niño. Para esa hora, después de mis angustias, me habré dormido, sobresaltado en la espera del feliz augurio: la etapa del amor y del consuelo que alumbra ese nacimiento. Tal vez no estaba consciente de eso en esa etapa de mi vida de toda la majestad del Mensaje; los presentes, venidos de mis padres y familiares, llenaban todo el día 25. Esos regalos se pierden en la inmensidad de la vida. Pero entonces fueron complemento de una infancia feliz.
La carta mía al Niño Dios posiblemente no llegó a su destino, perdida en la correspondencia de la comunidad. Al reparar en ello, me asalta otra dimensión: ¿Acaso sí llegó y me puso en la ruta de llenar mis ansiedades de muchos años? ¿Acaso no he cumplido con muchas de las cosas que a lo largo de la vida me ha deparado el destino? ¿Acaso no fui feliz con mis abuelos, mis padres, mis hermanos mis familiares, mis amigos, los muchos que encontré en los jalones de la existencia? ¿Acaso no encontré a la mujer que fue mi compañera por cuarenta y cinco años de feliz matrimonio? ¿Acaso nuestros hijos, nietos y ahora una bisnieta no son la herencia que dejo para el porvenir? ¿Acaso a mis ochenta años puedo decir con humildad, que he tratado de cumplir, con las falencias y equivocaciones de todo ser humano, con los postulados de solidaridad, igualdad y fraternidad, del Niño del Pesebre, que proclamó el amor al prójimo?
Estoy seguro: ¡La carta mía al Niño Dios sí llegó a su destino!
Rogelio Ramos Valverde | 18 de Diciembre 2007


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