En el argot se les dice maminas. Son madres, abuelas, tías o simplemente mujeres rodeadas de un núcleo familiar, que compra, distribuye y trafica la droga, las incluye todas, según sea la circulación, las cuales asumen un papel protagónico y son sujetas de investigación, detención y condena. Son casos recientes, al menos unos cinco años, en que su proliferación en la Gran Área Metropolitana, y zonas estratégicas del territorio nacional, han dado una especie de tipología, que forma parte ya de futuras investigaciones de estudiantes, o de historias de vida que nos permitan conocer, en su aspecto humano, como son, fueron y serán, en ese destino que las empuja a tomar decisiones. Todas tienen una explicación, y son 25 mujeres, entre los 30 y 60 años, cuyas vidas se han visto truncadas por traspasar los límites de sus oficios naturales, dicen ellas, y en algunas hay un propósito de arrepentimiento, generalmente al convertirse en “cristianas renovadas”, no todas, dejando de lado su fe original para reconocer nuevas opciones de vida, al menos en la retórica con que se refieren a su pasado.
A) es ya abuela. Ocho nietos procedentes de tres hijas y un hijo. Se dedicó al negocio luego de ser una buena vendedora ambulante, incitada a cambiar de oficio por un hermano, distribuidor de la droga al por menor, que al ser condenado delegó sus derechos de distribución en ella. Empezó con poca cantidad, para algunos adictos del barrio, pero luego Radio Bemba la hizo aumentar el volumen y crear la subdistribución, marcar el territorio y ampliarlo hacia otros linderos. Poco a poco fue arreglando la casa, y, voluntariamente, otros familiares se le incorporaron en el asunto, hasta abarcar casi doce personas de trabajo subalterno. Como en otras, de las casi cincuenta mujeres en la red, no se conocen entre sí y la droga les llegaba por desconocidos que les remitían los pedidos. Pagaba puntualmente y llevaba una libreta de cuentas, una de ahorros a nombre de una hija y mandó, con tres años de labor ilícita, a fortificar la casa hasta transformarla en una especie de feudo cerrado.
Involucró al hijo, el menor de los cuatro, en la subdistribución y terminó convertido en un adicto, suplidas sus necesidades por medio de la industria casera. Por temor a que un yerno, postizo le robara los ahorros acumulados en el banco, comenzó a guardar, en diferentes sitios de la casa el dinero, hasta acumular cientos de miles, que según su testimonio, solo ella conocía el escondite. La casa se fue ampliando hasta merecer la atención de los vecinos, unos envidiosos, dice ella, y a provocar riñas entre las tres hijas, por asuntos de dinero. En el último año no dormía, temerosa de que le hurgaran en los escondites y hasta se volvió “paranoica”, según dice, esperando que le “asaltaran la casa”, la policía, porque su relación con los vecinos se volvió insoportable, y por la visita, casi constante, de carros ante su puerta, más los objetos que fueron llenando la casa, hasta atiborrarla.
Ahora pareciera no querer nada. Solo leer, no solo literatura religiosa, sino de todo. “Antes no leía ni el horóscopo, mejor lo hubiera hecho”. Solo quiere vivir con sus nietos, pero cuando salga cree que sus hijas no dejarán que los vea. ¿Y el hijo? No se sabe dónde está. Desapareció. La visitan poco pero no le hace falta. Es buena amiga de sus compañeras y asiste a cuanto taller inventan para las reclusas. Ya hasta tiene cierto liderazgo entre ellas, pero no sabe para qué. “Cuando salga me voy a comprar una poltrona para ver al Irazú en las mañanas. Ahora solo eso me hace falta. Y dormir bien”.
Es una mujer joven, relativamente. Se metió en el enredo, no dice negocio, por un hijo que le solicitó ayuda. Es un caso.
B) Tiene cuatro hijos: dos mujeres, el propio y un entenado, que nada tuvo que ver con el caso, que fue uno de los primeros de una narcofamilia. Fueron detenidos ella, su hijo, la esposa de él, la amante, que vivía en la casa, y dos sobrinos que hacían de campanas y también distribuían. De las maminas conocidas fue la que hizo más lana y llegó a tener hasta tres carros piratas, hasta que agarraron a uno de sus novios, chofer de uno de los carros, y cantó mejor que Luis Miguel. A los quince años tuvo su primera hija y luego siguieron en fila los otros tres y el entenado, que alguna mujer puso en su puerta. Es un buen hijo, el que se crió con ella. Trabaja y la visita más que su familia. Es agradecido. Ella es relativamente culta y politiquera. Estuvo con el No pero ya no le interesa; perdió, y eso la tuvo deprimida una semana. Quiere escribir una novela desde cuando era chiquitilla y lee, vorazmente, los libros que uno le presta. Se lleva bien con todos, aunque antes era muy peleona. “Lo que tuve lo tuve, pero todo se perdió. Diosito sabe lo que hace”. Ahora le da valor hasta al aire que respira y es participona en los talleres, pero todo lo quiere saber de un solo tiro. “Es que antes no sabía nada, aunque saqué el sexto y quería tener mi propio negocito”. Pero se metió en el enredo y le dolió saber que se llevaron todo: desde el equipo de sonido hasta el televisor de plasma, donde aprendió a ver Nat Geo para saber cómo vivían las hormigas y como copulaban las jirafas. No escribe mal y se mandó a comprar cuadernos y lápices: “con lapiceros ni que maten: no puedo borrar lo que quiero”. Ah, y pinta paisajes que le llegan en sueños. Detesta las telenovelas: pura paja. “Mi vida, cuando logro verla a lo lejos, es mejor que una novela. Yo me quedé en La Usurpadora. No se le olvide, mi rey, el librito que me prometió”.
La Tía, en realidad eran tres hermanas las detenidas, es locuaz, inteligente y puso dispendio propio con las otras dos, para vivir tranquila como si fuera una pulpería de drogas. “No le hicimos daño a nadie”, al menos es lo que cree. Fue denunciada por una familiar a la que no quiso prestarle un dinero. ¡Una sapa completa! Su historia debe ser más allá de la realidad de lo que escribe. Cree que la gente le ha colocado hechizos y tiene otras demandas puestas, a las que no se refiere. No habla con casi nadie y se jacta de ser prima de todo el mundo, de alto copete y de nombre frecuente en los diarios. Como no habla, escribe. “Las novelas y los cuentos son fantasía, dice, nada de lo que allí se pone es verdadero”.
“C” Ella escogió la letra pensando en antinomias, y es extraño siendo familiar de medio país, esté feliz de ser solo una letra, pero parece que tiene a la madre en una casa de campo: “no en un asilo, mi amor, no es un asilo”. Las tres hermanas nunca se casaron, pero todas tuvieron novios de gran perfil: sí, muy narizones. “C” está feliz, si así puede decirse, con el estar allí detenida por unos cuantos añitos. Sus hermanas ya salieron y viven de los “ahorros”, pero no la visitan con frecuencia. Tienen una ventita de ropa usada, estilo boutique, con la que se ayudan.
Tres historias de maminas. Tres historias de mujeres singulares, de seres humanos extraordinarios, con su culpa, y su perdón, al borde de las lágrimas o de las letras y palabras con las cuales tejen su historia. “El solo hecho de hacerlo es la mejor terapia, papito, pero saque algo de nosotras, para leerlo a escondidas. Pero no ponga los nombres ni los apellidos. ¿A que no se atreve? Misión cumplida.
(La Prensa Libre)
Alfonso Chase | 3 de Diciembre 2007


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