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La imagen y la palabra

Paúl E. Benavides Vilchez | 12 de Diciembre 2007

El culto a la imagen, hija legítima del siglo pasado, todavía nos gobierna. En su travesía neurótica y desbocada por hacer de lo que toca un objeto admirable – aunque fuera despreciable – y motivo de culto, no le importó llevar hasta los extremos sus obsesiones. En el ámbito de la política, terreno fértil para dar rienda suelta a sus manías, detonó las bajas pasiones y puso toda su parafernalia al servicio del poder. La idolatría y la mistificación del yo desnudaron la cara más fea del autoritarismo y el totalitarismo. El siglo XXI vive todavía bajo esa sombra, a pesar de los discursos y el empeño por hacernos creer que vivimos ya en el tiempo de la “alucinación consensuada”, como le llaman los entendidos de la “utopía digital”, al mundo del ciberespacio.

La cultura de la imagen vino aparejada con un aditamento en apariencia inofensivo, que le permitió canalizar y expresar todas sus contradicciones: la televisión. Su papel indispensable en esta nueva cultura permitía obrar el milagro de traducir las ondas radioeléctricas en acontecimiento y más adelante en espectáculo. La vida en pugna con la muerte; la guerra de Vietnam mezclada con la sangre de sus víctimas; la lucha por los derechos civiles de los negros en Estados Unidos con su aporreamiento por parte de la policía. La televisión con sus balbuceos en blanco y negro, primero, y luego con la sofisticación de pantalla plana, ha encontrado la forma idónea para imponer el reino de imagen de manera unidireccional; sin ser interpelada o poner en duda lo que allí se decía, sin que nadie devolviera a la imagen sus interrogantes o dudas. El único interlocutor válido era el televisor, lo que hace proféticas la palabras del Marshall MacLuhan: el medio es el mensaje; el fin y el medio al mismo tiempo. Nadie se imaginaba que un simple electrodoméstico, quizás comprado a pagos y situado al fondo del comedor, terminara siendo un objeto de culto, coronado con la “nigüenta” o con un florero.

Parece una contradicción, pero recuperar la política en su dimensión comunicativa, donde hay alguien que habla y otro que escucha pero que a la vez puede preguntar y ser respondido, pasa por apagar la televisión. Recuperar el espíritu de los iconoclastas bizantinos, no para destruir las imágenes por su incapacidad de representar la imagen de Dios, sino para desmontar toda imagen proyectada por la televisión que se impone como verdad absoluta: el nuevo becerro de oro que se mueve en imágenes y viaja por satélite en tiempo real.

Ahora se habla de que, de tanto manoseo de la política por la imagen y la publicidad, se despojó a las palabras de su poder de convencimiento, razón y sentido. Por supuesto, el reino de la imagen en su travesía y producción de estrellas con mucha silicona, artistas mediocres, personajes políticos que luego son candidatos a la presidencia, pusieron a la política donde la cosa llamaba la atención y además dejaba mucho dinero. Y el fin de año augura un adviento de cultura a la tica: mucho “chinamo” y “chinaoke”, humor reciclado y mucho aspirante a la presidencia de la República con caballo prestado.

Puede parecer acaso contradictorio o un disparate, pero el retorno de la política al mundo de la credibilidad está en volver a la Galaxia de Gutenberg, como metáfora de un tiempo marcado por las palabras escritas ciertamente, pero dichas y replicadas oralmente en las calles, en las esquinas de los barrios sobre un taburete, cara a cara con las personas, con el discurso o la hoja de papel como un guión mínimo para decir lo que tenía que decirse, sin el trampantojo de la publicidad y del contubernio de los medios de comunicación. Sin vidrios oscurecidos de por medio, que separen al público del aspirante a candidato, asumiendo todos los riesgos de estar metido en política, donde siempre han existido los insultos, los tomates podridos o donde se enseñen cartelones ofensivos. Hasta a los griegos les pasaba. Eso le recuerda al político la precariedad y la condición efímera del poder; los cinco minutos de fama a que tenemos derecho todos los seres humanos, como decía el artista pop Andy Warhol. Lo que no dijo era que podía ser buena o mala fama.

La pregunta está en cómo devolver a las palabras su dignidad y prestigio, parafraseando al poeta simbolista S. Mallarmé, sin apoyatura agraciada de unas rumberitas bellas y turgentes, pero sin más argumento que una silicona espectacular.

Paúl E. Benavides Vilchez | 12 de Diciembre 2007

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