• Discurso de incorporación de don Armando Vargas Araya a la Academia Costarricense de la Lengua, correspondiente de la Real Academia Española
Años de adversidad y amargura (1815-1821)
Concluidos sus deberes parlamentarios, a don Florencio del Castillo se le abre un nuevo horizonte vital, gracias a una canonjía que le da el Real Patronato en la catedral de Oaxaca, virreinato de la Nueva España. El Rey le otorga la prebenda en atención a sus «buenas prendas y suficiencia».
Dos décadas morará en México, hasta asentarse y dejar huella imborrable, así en los de abajo como entre próceres. De la mano de su hermano don Demetrio, peregrinará sin miedo por los valles del Anáhuac y de Oaxaca, conducido por el Altísimo.
Los primeros tres años son una travesía del desierto. En vano presenta el real título, ya que su silla está ocupada por un canónigo que debe desplazarse a la tesorería, cuando el tesorero pase al deanato. Pero el deán designado está encausado por el virrey, bajo el cargo de infidencia, o deslealtad, durante la toma de Oaxaca por los insurgentes.
Desprovisto de medios de subsistencia, apela al cabildo eclesiástico visto que sus ahorros se agotan y aumentan los intereses sobre sus adeudos en Madrid. Como auxilio, se lo invita al ejercicio del púlpito y el confesionario; además, va interino al pequeño curato de Tlacochahuaya, aunque el curato no es lo suyo.
Recurre al virrey, como vicepatrono real, para ser admitido temporalmente al cabildo catedralicio, sin derecho a voto y con media renta de 30 pesos mensuales. O bien, que algún fondo le cubra gastos de casa y alimentación. Hurga en el hondón de la humildad.
Superado el obstáculo, por fin se le asigna una silla. Ejerce los divinos oficios en la catedral y participa en el senado episcopal, hasta alcanzar la alta dignidad de chantre. Si la prosperidad desata vicios, la adversidad engendra virtudes: cultiva la entereza a través de la ascesis, practica perseverancia y paciencia para prevalecer.
El cuatrienio siguiente es de conocimiento y de consolidación. Enconchado, el clero es rejego al canónigo erudito pero ajeno. Son malmirados ciertos aspectos de las Cortes gaditanas, como el fin de la Inquisición. Ajusta su lenguaje a las peculiaridades locales: palabras que se pronuncian parecido, tienen peso y efecto distintos.
México vive la crisis del tránsito de la colonia a la república. Abatidas las insurgencias de Hidalgo y de Morelos, persiste la efervescencia. Criollos y peninsulares pugnan por el porvenir, hasta que el Plan de Iguala y los Tratados de Córdoba disponen, en 1821, una autonomía bajo el monarca español o un soberano propio. El Ejército Trigarante –religión, independencia y unión–, entra triunfal a la Ciudad de México, conducido por el libertador Agustín de Iturbide, quien lidera la Soberana Junta Gubernativa, la cual establece la Regencia del Imperio, que él preside, y convoca a un Congreso Constituyente.
Actuaciones en el Imperio Mexicano (1822-1823)
Retorna al ámbito público, afirmado en la convicción de que la persona no puede separarse de Dios, ni la política de la ética.
Los más de los religiosos favorecen al nuevo régimen. Pronto surge la cuestión del patronato, facultad regia, desde 1493, de proponer obispos, prelados, dignidades y prebendas en las catedrales. El proceso de separación del altar y del trono es encomendado a una Junta Eclesiástica, a la cual el canónigo costarricense es elegido por la jerarquía. Su intelecto y su habilidad orientan, con «circunspección y prudencia», los trabajos que constituyen base del Derecho de la Iglesia en el país.
Don Florencio es elegido diputado al Congreso Constituyente, en representación de Costa Rica, por una junta de vecinos del antiguo reino de Guatemala residentes en la capital mexicana. Sirve en las comisiones de Constitución, y de Reglamento Interior. En debates sobre la forma del Gobierno, contrasta la federación de estados que componen la Unión Americana, con las provincias de una monarquía incipiente, de un solo derecho y un solo Congreso. Cita la Constitución de Colombia, al proponer la integración del tribunal supremo de justicia. Sin mencionar los impuestos sobre la renta, la herencia o la propiedad, sugiere la necesidad de aprobar «una contribución directa», para incrementar los insuficientes ingresos fiscales. Los asuntos eclesiásticos ocupan la atención de los constituyentes y su oratoria se escucha con respeto por la exposición didáctica, la riqueza de vocablos y la energía de las ideas.
El ministro de Estado da cuenta de la elección de los diputados de Costa Rica y él anuncia su retiro tan pronto lleguen. Suplica omitir la expresión tirano que un diputado atribuye al monarca español, pues la relación entre naciones proscribe cualquier palabra indecorosa contra embajadores o gobernantes, máxime que los representantes mexicanos han jurado llamar al trono a Fernando VII o a un príncipe de la casa de Borbón. No obstante, desconocidos los Tratados de Córdoba por las Cortes españolas, el Congreso proclama Emperador Constitucional a Iturbide. Su cercanía con la Casa Imperial es un hecho reconocido. Propone el título de Príncipe del Anáhuac para el primogénito imperial.
Agustín I establece un Consejo de Estado como supremo órgano consultivo del Gobierno, para cuya integración el Congreso propone y el Emperador nombra a Don Florencio y a otras doce personalidades, dignas del tratamiento de excelentísimo. La Junta Superior Gubernativa de Costa Rica lo felicita por la designación y él les comunica que las bases de unión de la Provincia al Imperio son inadmisibles porque pretenden crear un estado separado –casi un vínculo mínimo–, en alianza con la monarquía pero neutral en un eventual conflicto armado de México; se requiere una agregación, lisa y llana, a uno de los países más extensos del mundo. Su Majestad Imperial quiere ser el padre de sus pueblos y él recomienda que, sin dilación, Costa Rica se integre al Imperio y desprecie sugestiones de proyectos efímeros.
Es uno de los oficiantes en la unción del Emperador, dentro del marco ceremonial de una coronación que anuda al Estado con la Iglesia. Corresponde a Don Florencio enjugar el santo crisma.
Su apogeo político en la ciudad capital es breve y de final abrupto. La Junta Eclesiástica completa sus encargos en cinco meses. El Emperador clausura el Congreso Constituyente al medio año, sin avances en el proyecto de Constitución Política. El Consejo de Estado es cesado al mes de la abdicación de Agustín I. En total, 400 días de labor en tres escenarios trascendentes, uncida a la malaventura de Iturbide.
El maestro de don Benito Juárez (1824-1832)
El desorden se enseñorea ante el vacío de poder. Las provincias del fenecido imperio se declaran estados libres y soberanos, e imponen el federalismo. Los diputados destituidos vuelven a reunirse y convocan al segundo Congreso Constituyente que erige la federación.
El canónigo costarricense ha regresado a su cabildo catedralicio. Es elegido a la diputación provincial de Oaxaca. La ciudadanía se alza, toma las calles y exige «separarse de México» y aliarse con las demás provincias. Se convoca a un Congreso Constituyente, que llega a presidir, como uno de los diez diputados.
La ley dispone crear un Instituto de Ciencias y Artes, que evolucionará a universidad, cuya enseñanza gratuita es sufragada por el Estado. Dirige el centro de educación superior en tres ocasiones, y es catedrático de Derecho Público.
Tiene muchos alumnos pero el más distinguido es su discípulo, indio zapoteca, honrado como Benemérito de las Américas, don Benito Juárez. Éste testifica que en el Instituto «no se ponían trabas a la inteligencia para descubrir la verdad». El alma máter es sindicada por los conservadores como «casa de herejes» y «casa de prostitución», tachan a los estudiantes de «libertinos». Cuando un periódico lanza el cargo de «impiedad», Juárez, junto con otros, defiende la moralidad del Instituto; el canónigo y catedrático manifiesta que si hubiera notado la más leve falta en materia de religión y moral, «mil y mil veces hubiera renunciado» a la dirección. El maestro costarricense firma las actas académicas en que el pasante pide «sufrir» un examen de Jurisprudencia, se le entrega el tema de la prueba y se le da el grado de bachiller en Derecho. Don Florencio es una influencia temprana en don Benito.
La agitación popular contra los gachupines crece. El Gobierno pasa una ley de expulsión de españoles. Entre algunos prelados que siguen leales a Fernando VII, está el obispo de Oaxaca, quien abandona voluntario el país. Aunque a través de los años desestima tres postulaciones al obispado, por deber de responsabilidad, Don Florencio asume la gobernación de la mitra, en un periodo turbulento de las relaciones Iglesia-Estado que pondrán a prueba su coraje, serenidad y sabiduría.
En derechura al cielo (1833-1834)
Tras una vida de entrega y de servicio, se siente cansado mas no está vencido. Achacoso, se apresta a morir bien y dicta su testamento. Desde que tiene uso de razón, cultiva el ser sobre el tener, su riqueza espiritual contrasta con su escasez de cosas. Le queda un año de vida y aún le faltan tres batallas ante unos poderes obsesionados contra la Iglesia. En esta etapa, sus escritos son ponderados, de una apologética docta, exposiciones fundadas en un vasto conocimiento y una depurada expresión de las ideas.
Dicta el Gobierno una ley por la cual los gobernadores civiles propondrán nombramientos que la Iglesia refrendará obligadamente. Se multa a los rebeldes y se extraña de la república a los relapsos. Varios prelados son expatriados.
Don Florencio se planta firme, como nunca. En la alternativa de destierro perpetuo o faltar a la Iglesia, dice no. Recibe un ultimátum: tiene 24 horas para definirse. Claro y calmo, contesta. Revocaría la decisión si fuese compatible con «los deberes de mi conciencia». A los obispos corresponde exclusivamente nombrar los ministros eclesiásticos. Sería un delincuente si, por temor de las penas, fuese un prevaricador de la autoridad y derechos de la Iglesia. La libertad es decir no al poder.
Su desobediencia genera una orden de expulsión de México. Solicita pasaporte para Costa Rica. Con el equipaje listo y el viaje dispuesto, las tropas se pronuncian contra el Gobernador de Oaxaca y se anula su destierro. Su destino inmediato es otro, definitivo.
El 26 de noviembre de 1834 al mediodía, mientras preside la mesa de sínodos en el palacio episcopal, muere por un accidente cerebro vascular. Al amortajarlo, se encuentran cicatrices de los cilicios que ceñía a su cuerpo para mortificación y penitencia. «Murió en olor de santidad», comentan los sacerdotes, «pasó al cielo con derechura». A la mañana siguiente es sepultado en el templo de San José. Todo Oaxaca asiste a las honras fúnebres. Un periódico comenta: «Este varón se ganó la inmortalidad. La memoria del justo es eterna».
Sus restos permanecerán en Oaxaca por 137 años, hasta su repatriación en 1971.
Las enseñanzas de un sabio
En su travesía terrenal –por la ecúmene de habla española–, Don Florencio cultiva la prudencia y la justicia, la fortaleza y la templanza, en el continuo discernimiento de la verdad y de la rectitud. Desde una intensa espiritualidad, predica y practica una visión integral de la solidaridad humana y del buen gobierno, en comunión con Dios. No existe para él la yuxtaposición de una esfera divina y otra secular, sino una interconexión dinámica que alcanza a todas las dimensiones de la persona: bien puede él decir, el mundo es mi parroquia.
De pocas carnes, metro setenta de estatura, piel clara, cabeza oval, nariz aquilina, mirada estrábica, rostro cacarizo, manos delgadas, dedos largos, su fisonomía impresiona menos que su talento natural, amplia cultura, voz educada y ameno decir. Probo y perspicaz, él comenta que la persona se juzga por el interior de su corazón, no por lo exterior.
La vocación le es connatural, genética por su linaje de levitas. Desde la Iglesia, cumple misiones en la educación y en la política; consciente de los límites de su representación, separa las cosas del ruido que producen. Experto en humanidad, se adelanta ocho décadas a la proclamación de la justicia social como desarrollo auténtico de la persona y de la sociedad; se anticipa 130 años a la incorporación de este principio cristiano en la Constitución Política de Costa Rica.
Hijo de su tiempo, es liberal y progresista. Equilibra la libertad con la justicia. Las ideas modernas se arraigan en su conciencia ética. Como Abraham Lincoln media centuria después, exige la abolición de la esclavitud y logra la extinción de la mita.
En el seminario y en el instituto enseña virtudes. Disciplina la formación del carácter de sus alumnos. Sus lecciones inspiran los corazones de sus discípulos, por el buen ejemplo. Educa en el arte esencial de ser hombre de manera recta, el arte de vivir y morir. Su entereza es mayor en la adversidad. Bienaventurado el que cultiva el ser, antes que el tener.
En los congresos de Cádiz, Madrid, Ciudad de México y Oaxaca, celebra la transparencia del proceso legislativo democrático. La nación es libre e independiente, «y no es ni puede ser patrimonio de ninguna familia ni persona». La patria es esperanza, una utopía incluso.
La resonancia de Don Florencio cubre la inmensidad de la Monarquía hispana a comienzos del siglo XIX, desde las Filipinas y el Pacífico, las Américas y el Caribe, hasta Europa y el Atlántico. Es diputado en tres congresos constituyentes y firma dos constituciones. La primera carta magna de Costa Rica es la de Cádiz que predomina en la de 1871 y hasta el presente. Con su ideario, actúa en la construcción de los liberalismos gaditano, mexicano y costarricense, así como en la educación cívica nacional.
La Independencia latinoamericana es, más que un acta, un proceso complejo de crisis estructural –perturbación telúrica de las coordenadas políticas, sociales, económicas e ideológicas del sistema colonial–. La diferenciación y el conflicto entre los factores de poder, criollo y metropolitano, desencadenan procesos de continuidad y de ruptura en todos los ámbitos de la vida a partir de 1808. Satélite de la Francia napoleónica, España asiste al derrumbe de su dominio colonial, penetrado por la flota comercial británica. En ese contexto epocal de cambio y regeneración, surge la notabilidad de Don Florencio, precursor de la Independencia, que en Costa Rica culmina en 1821 y abre procesos de renovación.
Maestro de envergadura universal, el señor canónigo Don Florencio del Castillo es un soberano desconocido en su patria. Se trajeron sus restos pero se ignora su pensamiento. Los costarricenses de hoy estamos obligados a saldar una inmensa deuda de gratitud, estudiándolo, honrándolo y haciéndolo nuestro.
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NOTA DE LOS EDITORES
Editorial Juricentro acaba de publicar el libro El evangelio de Don Florencio: palabra, pensamiento y peregrinación de don Florencio del Castillo (1778-1834), versión ampliada de este discurso de incorporación, con notas documentales y una antología de textos florencianos (217 páginas). La librería Juricentro está al costado norte de los tribunales, San José, teléfono 221 1407. El libro también estará disponible en los once locales de la Librería Internacional y en otras librerías de prestigio.
COMENTARIO DE DON ROGELIO RAMOS VALVERDE
Esta segunda parte de la disertación de Armando Vargas Araya sobre la vida y trayectoria de don Florencio del Castillo, desmiente la vieja conseja que no hay segundas partes buenas. Por el contrario, la articulación de todo el discurso, muestra una sólida estructura, y nos pasea por el viaje de don Florencio por la ruta mexicana, percibiendo la gran labor del costarricense.
Juárez, el Impasible como lo titula uno de los biógrafos de don Benito, del Benemérito mexicano, abrevó en los conocimientos de don Florencio, fue su alumno, le trasmitió el Evangelio de nuestro compatriota, y con ese bagaje enfrentó las fuerzas imperialistas francesas y a la oligarquía conservadora mexicana que “entregó” el país a lo usurpadores de Maximiliano y su Corte.
Ese coraje de Juárez bien puede encontrarse en los rescoldos de la enseñanza de don Florencio, cuando, haciéndose eco de las palabras de éste como presidente del Congreso en Oaxaca en 1828, que dijo: “* La expedición enemiga que intenta bloquear nuestros puertos e invadir nuestro territorio, amenaza nuestra idolatrada independencia y con ello a todos nuestros y más caros intereses. Porque atacar la independencia nacional es atacar a nuestra existencia política, destruir nuestra República Federal, la soberanía de los Estados, nuestras leyes fundamentales, nuestro comercio libre, nuestra seguridad, nuestra libertad: es arrancarnos el fruto de grandes esfuerzos, de largos y costosos sacrificios, de tanta sangre americana que se ha derramado*”, tuvo la valentía de soportar las limitaciones impuestas por la guerra, sus desigualdades, y coronó su obra con la victoria de la República contra el Imperio, de nuestros principios contra las ideas monárquicas - esas que todavía algunos en estos lares nos recetan deslumbrados por los tatuajes de una opulencia venida de un supuesto presagio divino - con el fusilamiento, el 19 de junio de 1867, en el Cerro de las Campanas, en Queretaro, de Maximiliano, y de los mexicanos Miguel Miramón y Tomás Mejía, responsables, entre otros, de abrir la puerta a las fuerzas invasoras francesas, y antecedente de la lucha de Juan Rafael Mora contra los invasores filibusteros de nuestro territorio en el bienio 56.57, Guerra Patria, también traído por Armando Vargas, a la luz de nuestra historia en la luminosa vida de nuestro Presidente Mártir.
Esos que abren la puerta a los extranjeros indeseables, de entrega de las instituciones nacionales, deberían tener en cuenta esa enseñanza de don Florencio del Castillo, de Benito Juárez y de Juan Rafael Mora. La Historia es severa y condenatoria para quienes se olvidan de sus obligaciones como ciudadanos y como latinoamericanos.
P.S. Tuve el honor de presentar ante nuestra Asamblea Legislativa, cuando me despempeñé como diputado, el acuerdo que hizo posible, años después, que el retrato de Juárez figurara a la par de don Florencio, de Bolívar y San Martin, en las instalaciones del Congreso. Reconocimiento a esa lucha del juarísmo contra la intervención extranjera. Vale.
Armando Vargas Araya | 7 de Diciembre 2007


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