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El evangelio de Don Florencio (1 de 2)

Armando Vargas Araya | 6 de Diciembre 2007

• Discurso de incorporación de don Armando Vargas Araya a la Academia Costarricense de la Lengua

Agradezco la magnanimidad de elegirme a esta docta academia. Lleno de perplejidad y de aprensión, acepto la honrosa responsabilidad. Procuraré apoyar la encomiable labor que ustedes llevan adelante.

La Academia Costarricense de la Lengua es una institución meritísima, a la que dieron fama muchos de los mayores nombres de nuestra historia literaria y alberga en su seno a todo cuanto de vivo y valioso milita al servicio de la cultura. Cultivar la lengua y las letras es defender el alma costarricense que siente, piensa, habla, escribe y lee en español.

Huéspedes del Instituto Cultural de México, recuerdo reverente al señor embajador don Jesús Cabrera Muñoz-Ledo, quien lo puso a caminar con pocos recursos y mucha esperanza.

He escogido un tema que vincula a Costa Rica, España y México: El evangelio de Don Florencio.

Nuestro contemporáneo del siglo XVIII

El propósito es rescatar las enseñanzas cívicas, éticas, filosóficas y políticas de un maestro adelantado, con el ánimo de hallar semillas de costarriqueñidad, ese perfil propio de comunidad con savia de nacionalidad.

El término evangelio, de origen imperial romano adoptado luego en el Nuevo Testamento, denota un género particular de narración validada con la autoridad que surte la realidad a la palabra. El vocablo evangelio encierra grandeza, enseñanzas de un maestro y anuncio de buenas nuevas.

El primer costarricense universal es el señor canónigo don Florencio del Castillo. La voz, el ideario y la singladura del letrado de la colonia, marcan una ruta para el desarrollo de la personalidad nacional. A horcajadas entre el despotismo y la Ilustración, la monarquía y la república, el vasallaje y la ciudadanía, él contribuye a otear una identidad cultural propia, una autoconciencia de ser un pueblo distinto, no un nacionalismo aún pero sí un protonacionalismo o criollismo diferente de la madre patria, concepción amorfa todavía pero un hecho capital.

En el alba del siglo XXI, somos contemporáneos de este compatriota del siglo XVIII, porque sus preocupaciones sobre la dignidad de la persona y la estructura de la sociedad son las nuestras; en su obra y su vida se espigan concepciones que apenas comienzan a realizarse; los valores y los ideales de este pater et magister nos son de utilidad hoy.

La vocación celestial (1778-1805)

Nace en 1778, en Ujarrás, tercer hijo de la señora doña María Cecilia del Castillo Villagra. Es bautizado con el nombre de Florencio José, acorde con el santoral que marca el 17 de octubre como día de San Florencio mártir, obispo de Tréveris. Sus hermanos son doña Petronila, la primogénita; don Rafael, el segundo; don Demetrio, que le sigue a él; y don Luis, el benjamín.

Muy niño aún, la familia se traslada a San José, población liberal. A los quince años asoma su propensión docente, cuando enseña a leer, a escribir y a contar.

La sola puerta abierta para avanzar es el Seminario Conciliar de León, Nicaragua, segundo foco académico de Centroamérica, luego de la Universidad de Guatemala. Tras completar la enseñanza media, opta por las sagradas órdenes. Influye en él la vocación de su señor padre, el fraile don Juan Luis de San Martín y Soto, al igual que en su hermano, el fraile don Rafael y, más tarde, en su sobrino, el presbítero don Francisco Calvo, quienes igualmente estudian en León. No se engaña en su juicio y es fiel a la Iglesia, hasta la hora de la muerte.

Su talento natural y disciplina personal lo distinguen entre el grupo de «los costarricas» –aún no cuaja el gentilicio costarricense–. Corona sus estudios con un examen sobre aspectos del Derecho de la Iglesia en la Collectio Dionysiana, del siglo VI. La prueba de grado reverbera en la prensa guatemalteca, como demostración de que la luz disipa las tinieblas también en Nicaragua. Gana otro bachillerato académico en Filosofía. En la catedral de León es consagrado presbítero.

Acepta la tarea de explicar Los elementos de Euclides, eficaz instrumento de razonamiento deductivo, en el afán de introducir a sus alumnos en el pensamiento lógico por medio de la geometría.

Predica la oración fúnebre por un Hermano de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios. Esboza un ideal de persona: la encarnación del amor como agapé o amor de benevolencia; la misericordia del corazón abierto a la miseria, que sufre solidariamente con el prójimo; la humildad como reconocimiento de las limitaciones propias y la conducta consecuente; la pureza como desposesión y pobreza, el amor sin codicia.

De la filosofía a la política (1806-1810)

Retorna a Costa Rica y, durante un año largo, es teniente de cura en Alajuela, poblado de 5.400 almas. Se granjea el afecto de la feligresía, que guardará buenas memorias de su Ministerio de la Palabra. Apoya el plan fallido de establecer un seminario conciliar. Cree que la persona lo debe todo a su educación: dotados de unas mismas facultades, hacen más uso de ellas quienes las cultivan; el hombre ilustrado conoce mejor su dignidad, se acostumbra a las comodidades y aumenta sus necesidades que le estimulan a trabajar para satisfacerlas. Empero, su «celestial vocación» opta por la cátedra ante el púlpito. Su breve presencia en el terruño es notada por los ediles del Ayuntamiento de Cartago.

Pronto es llamado desde su alma máter leonesa para enseñar Filosofía. En paralelo con las torres del pensamiento cristiano, expone el de los filósofos y los moralistas franceses. El Sensualismo, o modificaciones del alma, propuesto por el abate de Condillac –las facultades y las reflexiones como sensaciones transformadas en intelección– prende en el seminario. Más adelante aflorarán en él las ideas económicas de Condillac.

Allá recibe la noticia del fallecimiento de su señora madre, nexo vital de afecto y de sangre con su lugar de nacimiento.

El claustro lo escoge para hacer el panegírico del rector del seminario, quien poseía el secreto de hacerse apreciar y respetar a un mismo tiempo; los alumnos le obedecían sin exasperarse, le temían sin aborrecerle, le amaban sin despreciarlo. Sacerdote digno del Santuario, Ciudadano digno de la Patria.

Por mérito propio, Don Florencio es elevado a la vicerrectoría del seminario. A los 32 años tiene asegurada una carrera académica de prestigio en la Centroamérica meridional. El clero y el foro de Costa Rica se forman en León. Por el estudio del latín, la filosofía y la geometría, logra un dominio preciso del lenguaje. El magisterio y el sacerdocio lo dotan de una cultura del alma, estímulo para facultades del espíritu, como los sentidos, la imaginación, el ingenio, la memoria y la elocuencia. Es un carácter firme y refinado, volcado al futuro en la consecución de un estado mejor.

De súbito, el acaso –o «la siempre vigilante Providencia sabia y provisora», que él dice– cambia decisivamente su plan de vida. Ocupada por el ejército napoleónico, España reconoce momentáneamente a sus colonias como provincias ultramarinas y convoca a Cortes generales y extraordinarias. El Ayuntamiento de Cartago lo elige diputado, en representación de Costa Rica y del partido de Nicoya. Acepta y se compromete ante los patricios cartagineses a luchar en favor de la racionalidad, los derechos del hombre y la «omnímoda igualdad».

En la primera carta a sus poderdantes, utiliza ideas y voces con significado moderno. Patria, en sentido de unidad jurídica más que territorial. Derechos del hombre, que conjugan las libertades o derechos naturales con los derechos civiles de participación política. Igualdad, la cual reconoce a todas las personas capacidad para unos mismos derechos.

Viaja a Honduras y se embarca en puerto Trujillo rumbo a Cádiz. Lo acompañan su hermano don Demetrio, seminarista que seguirá la carrera de leyes, quien es secretario suyo en España, y el esclavo mulato José Castillo, heredado de su señora madre, quien es su ayudante doméstico. Se aloja en una casa de familia y vive con modestia. Sus gastos son cubiertos, en parte, por las dietas o estipendios recibidos como diputado.

El profeta de la igualdad (1811-1812)

Integra su plataforma con las instrucciones recibidas de Cartago, más tres documentos de Guatemala. Se amiga con los diputados centroamericanos y se une al grupo parlamentario americano. En la mayoría de las propuestas y pronunciamientos del grupo, se distingue el influjo de El espíritu de las leyes (1748) de Montesquieu, El contrato social (1762) de Rousseau y la Constitución de Francia (1791). Los americanos hacen causa común con los liberales de la Península. Al parecer, se adscribe a una logia secreta, cuyo fin es comunicar a las Américas los avances del Congreso. Juramentado un año después de abiertas las Cortes, a los diez días se registra en actas su primera intervención.

Impacienta el desconocimiento de los diputados peninsulares sobre Costa Rica. Basado en un reporte sobre la situación de la colonia en el siglo XVII y los informes anuales del gobernador, emprende labores de pedagogía política respecto de las riquezas de su tierra, colocada a la mitad del hemisferio, lindante con las provincias de Panamá por el río Chiriquí y, a unas 150 leguas (casi 900 kilómetros), por el río Salto con Nicaragua. Acusa la ausencia de fomento y denuncia el completo abandono del territorio. Hay 22 pueblos, doce de indios, diez de españoles blancos y pardos, así como tres naciones de indios gentiles. Sin plano topográfico ni censo alguno, estima en 7.000 leguas cuadradas (unos 45.500 kilómetros cuadrados) la extensión y en 60 a 70.000 la población, a la cual se refiere como «los beneméritos habitantes de Costa Rica». Esta campaña de divulgación, con palabras claras y lenguaje directo, será fructífera para la Provincia.

Admira su tesón parlamentario a favor de los esclavos africanos, los mestizos y mulatos o castas pardas, y los indígenas. Su verbo es el de un profeta: habla por «la humanidad paciente». Clama por la abolición de la esclavitud que degrada a la especie humana; rechaza la desigualdad que castiga al descendiente de africanos hasta por cinco generaciones; demanda la ciudadanía española para los hijos de padres libres, aunque originarios de África; y desafía a los diputados europeos: ¿acaso hay españolidad pura, sin mezcla con sangre de vencedores extranjeros? Hábil orador, empieza a descollar por «el rigor dialéctico» de sus discursos.

Ilustra a los diputados peninsulares sobre la unión de españoles con indios de la que resultan mestizos, o con africanos de la cual nacen mulatos, denominados unos y otros castas pardas. Los pardos no solo tienen derecho a la ciudadanía, sino también a la igualdad de oportunidad en elegir y ser elegidos para empleos municipales. Conoce aventajados estudiantes de letras, jóvenes pardos que desertaron de la escuela y quedaron «como plantas mutiladas, sin dar fruto». En justicia, los bienes básicos –educación y salud los primeros– han de asignarse desigualmente, en favor de los desposeídos. Faltaría a los deberes más sagrados con sus compatriotas, si por debilidad o por indolencia callase en el tema de la igualdad de los pardos. La dignidad y la sabiduría del representante de Costa Rica, con su ameno y lucido decir, comienzan a ser ponderadas por los dirigentes liberales.

Diputados, secretarios, taquígrafos, periodistas y público que colman el recinto elíptico del Oratorio de San Felipe Neri –habilitado como sala parlamentaria–, son sacudidos por su disertación sobre los indígenas, en la cual reivindica la abolición de la mita –vigente entonces en la minería andina–, definida por él como «gabela de sangre humana más terrible que todos los tributos pecuniarios». Testimonia su conocimiento personal porque ha nacido y se ha criado entre indígenas: son tan racionales como los blancos; si persiste la ignorancia, es por la falta de escuelas y el abandono con que se les mira, causa de su miseria, hambre, desnudez y vejaciones. Inquiere: « ¿Qué progresos ha hecho la ilustración de los indios en estos tres últimos siglos?». Responde: « ¡Qué dolor!, lejos de avanzar, han retrocedido». ¿En qué derecho se puede apoyar la práctica de sacar a los indios del seno de su familia y de sus pueblos, para obligarlos a cultivar haciendas particulares? Al dejarlos en absoluta libertad, pagarles un jornal justo y tratarlos con humanidad, ellos mismos se ofrecerán espontáneamente para los trabajos. La demanda y la oferta determinarán el precio del jornal. Su magistral alegato sobre el cese de toda servidumbre, es escuchado con fascinación y unánime aplauso de las Cortes.

El Presidente de las Cortes de España (1813)

La reciedumbre moral de sus ideas le abre espacios en la augusta asamblea. Trabaja en las comisiones de Honor, Justicia, Rentas de Ultramar, Sanidad y Ultramarina. La mesa directiva se renueva el 24 de cada mes y así es elegido secretario del Congreso, luego vicepresidente, hasta que el diputado de Costa Rica es elevado a la Presidencia de las Cortes de España. Es uno de los diputados americanos que muestra más disposición a ocuparse de todos los asuntos doctrinales, así peninsulares como ultramarinos.

Por encargo de la Provincia presenta iniciativas de fomento y participa en debates fiscales. Solicita y obtiene la habilitación de los puertos de Matina y de Puntarenas. Informa sobre la contribución voluntaria de un peso fuerte por quintal de cacao, existente desde hace un siglo, para componer y allanar el camino de Cartago a Matina, cuya suma ya ascendía 70 años atrás a 400.000 pesos fuertes: el dinero ingresa al fisco sin resultado alguno, por lo que pide eliminar o disminuir la contribución e invertir el acumulado en el camino. Los economistas quieren que se repartan las tierras de una nación entre sus individuos, para darles arraigo, inspirarles amor a la propiedad y estimularlos al trabajo; la tierra produce más si se cultiva en pequeñas porciones y así se trabajan extensiones incultas. Costa Rica, llamada a ser una de las provincias más opulentas, se halla en deplorable estado de atraso y de pobreza, en consecuencia de «la casi absoluta falta de comercio, que impide dar salida y estimación a sus frutos y producciones». Asevera que «la América no puede absolutamente prosperar sin la libertad de comercio». El suyo es un proyecto de economía liberal, agricultura rentable y libertad de comercio exterior.

Pretende toda la autonomía posible para su Provincia. Propone exitosamente la creación de la diputación provincial de León –para Costa Rica y Nicaragua–, definida por él como «una sociedad económica que se ocupe en promover el bien y la felicidad de aquellos países». Así como las Cortes separan los poderes de la Monarquía, hay que tomar precauciones para que los ayuntamientos deliberen con libertad: «Si las Cortes representan a la nación, los cabildos representan un pueblo determinado». Aboga por la oralidad en el juicio de primera instancia, «porque la circunstancia de ser escrito no es esencial»; y sustenta el consentimiento paterno para el matrimonio: «Eurípides hace decir a Andrómaca que no pertenecía a ella sino a su padre la elección de un marido». En procura «del bien y la felicidad espiritual» de sus coterráneos, solicita la erección de la diócesis de Costa Rica, con silla episcopal en Cartago y un seminario conciliar –factor de «independencia» e identidad provincial–. Logra la creación de la Universidad de León. Crece el respeto hacia él, por su constante trabajo, estrategia sutil y capacidad de negociación.

La igualdad real es condición indispensable en la construcción de la comunidad y el desarrollo de la solidaridad: «De la misma manera que no hay ninguna moneda tan pequeña que no lleve la imagen del César, así tampoco existe ninguna persona tan insignificante que no porte la imagen de Dios». Venerable sacerdote y eminente catedrático, le dicen, dentro y fuera de las Cortes.

Interviene en la decisión que culmina la obra de renovación en Cádiz: la abolición del Santo Oficio de la Inquisición. Don Florencio expresa que las Cortes serían responsables ante Dios y los hombres si permitiesen la continuación del tribunal que ejercía una jurisdicción dudosa. Secretario del Congreso, firma el decreto que acaba con el Santo Oficio. La historia registra su nombre entre el puñado de eclesiásticos que abogan y votan por el fin de la Inquisición, «respetables por sus luces, sus virtudes e irreprensible conducta».

En el subibaja de Madrid (1814)

En balance, juzga que la Constitución de Cádiz –que él firma el 19 de marzo de 1812 en nombre de Costa Rica– hace de las virtudes sociales y morales, las primeras ciudadanas españolas; demarca los mutuos derechos del pueblo y del Rey y las obligaciones recíprocas que de ellos nacen; abre y trilla todos los caminos para hacer el bien y la felicidad nacional. Cual profeta Amós redivivo, su palabra ha sido en el Congreso la voz de quienes no tienen voz. En la polifonía de las Cortes, su cantus firmus, brotado de la justicia, ha sido la igualdad que enaltece y supera las diferencias naturales. Envía a Cartago un ejemplar de la Constitución y recomienda su estudio, porque en el libro «se aseguran para siempre» los derechos de los españoles.

Las ideas que él personifica dimanan de la revolución política que abre paso a la era contemporánea. Justicia social como totalidad de las condiciones de la vida en sociedad que el individuo requiere para lograr, más completa y más fácilmente, su perfección personal. Contrato social por el cual los ciudadanos «renuncian su natural independencia para gozar de una libertad moderada y perfeccionada por las leyes». La prosperidad de la nación por el crecimiento de la economía, la redistribución del producto nacional y el bienestar cualitativo de la mayoría de la población. La felicidad pública como práctica cotidiana de la virtud conforme a la razón, la eudaimonia de los griegos o el summum bonum de la rectitud en la vida, estado de abundancia y de comodidad que debe procurar todo buen gobierno a los ciudadanos.

Hay armonía entre los conceptos y el lenguaje utilizado para comunicar su pensamiento. Constata un avance del habla poética e imaginativa dilecta en Nicaragua, hacia una expresión precisa, un tanto seca si se quiere, para el análisis en Cádiz de la realidad colonial y la exposición de sus planteamientos. Seguramente no hay en el Diario de Sesiones de aquellas Cortes, discursos más sólidos y fundamentados que los suyos, los cuales «se leen como piezas magistrales».

Luego de dos años y cuatro meses en la región de Andalucía, viaja a Madrid, recién salida del dominio napoleónico, adonde se trasladan las Cortes ordinarias. Permanecerá casi un año en la montaña rusa que es entonces la capital española. Al regreso de su cautiverio francés y recuperado el trono, Fernando VII anula la Constitución, disuelve las Cortes y restablece el absolutismo. Se ordena apresar a los principales diputados, el de Costa Rica entre ellos; varios resultan condenados, no obstante algunos consiguen eludir las penas. Probablemente, a las pocas semanas, Don Florencio es liberado por efecto de un discurso suyo en Cádiz, en el cual había atribuido al nombre del Rey, la dirección de la mano de los constituyentes para escribir leyes que afirmen el trono sobre las bases de «la justicia social y de la libertad de los hombres».

A poco de su liberación, solicita al Ministerio Universal de Indias revalidar los decretos de las Cortes a favor de su terruño. Su empeño permanente –testifica él– es «mirar por la felicidad de esa mi amada provincia».

Después de 135 años, se colocará su retrato en el recinto legislativo como primer constituyente y primer parlamentario costarricense, en homenaje a «su obra humanitaria y social en favor de las clases desvalidas de América», y por los servicios especiales que presta al país en las Cortes de Cádiz. Veintidós años más tarde, es declarado Benemérito de la Patria.

(Continúa)

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NOTA DE LOS EDITORES

Editorial Juricentro acaba de publicar el libro El evangelio de Don Florencio: palabra, pensamiento y peregrinación de don Florencio del Castillo (1778-1834), versión ampliada de este discurso de incorporación, con notas documentales y una antología de textos florencianos (217 páginas). La librería Juricentro está al costado norte de los tribunales, San José, teléfono 221 1407. El libro también estará disponible en los once locales de la Librería Internacional y en otras librerías de prestigio.

COMENTARIO DE DON ROGELIO RAMOS VALVERDE

Esta es la primera parte del discurso de Armando Vargas Araya, como nuevo miembro de la Academia Costarricense de la Lengua.

Fue una gran noche para quienes estuvimos presentes en la actividad. El discurso es importante por la forma y el fondo. Nosotros, los costarricenses no rescatamos a los hombres que hicieron historia en Costa Rica; los mandamos al ostracismo. No por los homenajes que se dan, aunque a veces por cuenta gotas, sino en profundizar su pensamiento y su obra.

Al rescate de esos valores ha venido Vargas Araya con aliento esperanzador; no solo por la valía de su trabajo, sino por poner a la mano de nosotros, todos los signos importantes de esas grandezas. No es un trabajo únicamente de gabinete, sino algo lleno de participación ciudadana. Periodista al fin, su comunicar se enlaza con el pueblo en una categoría elevada, propia de quien es un verdadero periodista en la cabal expresión del término.

Frase galana, autoridad en la expresión y conocimiento profundo de la época y del Canónigo don Florencio del Castillo, el primer costarricense universal ― así lo llama y lo es por su versatilidad, conocimientos, oratoria, paso del siglo 18 al 19, con los cambios incubados por la Enciclopedia y la Revolución Francesa,, son los logros de esta enseñanza que nos deja Armando. Amar a Costa Rica; abominar el trato dado a muchos de nuestros Próceres con el olvido y el desdén, es gracia que debemos abonar al autor.

El presidente de la Academia, don Alberto Cañas Escalante, al contestar el mensaje del nuevo Académico, abordó el tema del discurso con palabras medidas, claras y precisas para destacar la obra ingente de don Armando en esa valiosa misión que se ha impuesto, y resaltó su personalidad en ese machacar sobre la Historia Patria y rescatar a aquellos que dieron brillo a la vida costarricense, para ponernos a tono con nuestras falencias en ese campo.

Armando Vargas Araya | 6 de Diciembre 2007

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