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Política sin gente

Paúl E. Benavides Vilchez | 1 de Noviembre 2007

Hay negocios que viven de la muerte, como las fábricas de lápidas y las de ataúdes y, por supuesto, también las floristerías. Viven de ese misterio insondable y cotidiano que clausura todas las expectativas de vida de un momento a otro. Son negocios que, antes que fenecer, ofrecen un gran futuro, pero más si todos le aplicamos la receta de Uvieta, esa de subirnos al palo antes que la parca nos alcance.

Hay otros negocios que el tiempo sumerge en la indiferencia o el olvido, como los de los cobradores de buses, los limpiabotas o los fabricantes de trompos de madera, una verdadera excentricidad que yo desearía ver con más frecuencia porque me conecta de manera jocosa y lúdica con la infancia, o la fabricación de canoas de lata que desde hace algunos años han sido sustituidas por las de plástico, porque se montan en un dos por tres y listo, sin las anécdotas y las historias de los albañiles, que duraban días marcando la ruta del agua de los techos, desde los bajantes hasta las alcantarillas. La economía es implacable y releva unas actividades por otras, y no respeta ni la tradición de un buen zapatero ni la de un buen fabricante de canoas.

De manera un poco trágica, hoy en día la política coincide con estos negocios que, para su sobrevivencia, requieren cada vez menos gente, paradoja que en realidad se resuelve de manera muy simple: cuanto menos vivos, más boyante y prometedora se vuelve esta actividad. Al menos esa es la promesa que nos quieren imponer el club de los ganadores de la política millonaria, circunstancia que coincide con lo que diagnostica el sociólogo Zygmunt Bauman, en su libro Ética postmoderna (Siglo XXI Editores, Argentina 2005), en el sentido de que la política requiere, cada vez más, una población apática e inactiva, sin interés en el destino ni en los resultados sobre el bien común, que actúe más por la seducción que por el convencimiento; consumidores antes que ciudadanos, únicamente interesados en su destino personal y encandilados por el poder y la riqueza.

Cuanta menos gente mejor, esto es lo que pide la política a escala universal y es lo que nos quiere decir Bauman; pero menos gente que hable, diga, piense, se interese por participar, reclame y se oponga, especialmente se oponga. Hay que encorsetar a las personas en el guión del silencio y la ablación de la lengua y la mente, frente a esta urgencia de caer seducidos por las palabras del Poder y ser confinados por siempre a los pasillos de todos los supermercados y moles del país, único espacio de “libertad pura, incontaminada de conflictos”, para desplazarse suavemente con el carro de la compras entre jamones, licores, chocolates y otras delicias extranjeras, donde el único barullo posible es el ruido de las cajas registradoras que se tragan las billeteras y las tarjetas de crédito.

La política sin gente y sin personas parece ser la fórmula idónea para el siglo XXI. Resulta que es más cómodo y más simple echar discursos, hacer decretos, redactar edictos y memorandos, como cuando se gobierna la paz de un cementerio, sin nadie que levante la mano, se mueva de su sitio, se encabrite y se enoje, a menos, claro, de que resucite.

En contradicción con el principio tradicional de que toda democracia, para demostrar su éxito, debía reunir la aprobación de los más, ahora parece ser que la política, para ser factible, eficaz, eficiente, rápida e indolora, deberá tener el conocimiento y la participación de los menos, que pueden ser los que se dejan seducir o aquellos a quienes no les importa para nada la política. No importa ya si son las mayorías las que participan; importan especialmente ( pueden ser los menos) los que se dejan encantar por el fuerte caldo de la demagogia y el populismo, defenestrada cualquier conciencia crítica para dar paso a una “conciencia futbolística o futbolera” si es que existe tal cosa, que se deja atrapar por la fantasía del triunfo, por la adrenalina del ganador, que es lo único que cuenta para el club de los “winners”: ganar, ganar, ganar como se pueda y a cualquier costo.

Lo malo es que una pulpería, una floristería o un garito pueden funcionar y funcionan mejor sin que nadie se les oponga, es decir sin resistencia; pero una democracia de acuerdo con la definición griega que es la vigente (demos: poder kratos: pueblo) está lejos de funcionar sin personas de carne y hueso que interroguen y molesten de vez en cuando. Detrás de esta intención de que nadie hable y de que todos se acojan a la recetas de orden y disciplina, persiste una neurosis de poder que no aguanta contradicciones ni barullos. La democracia es economía – nos lo recuerdan diariamente - y debe funcionar como tal, sin mucha gritería para viabilizar la gobernabilidad, esa palabreja que todos definen pero que casi nadie puede explicar, salvo algunos monaguillos que sí saben qué es, y nos recetan mucho recato, autocontrol, eliminar cualquier procacidad como la gritería, el desacomodo y la democracia de la calle. De acuerdo con ciertos analistas y videntes de la política, eso no se estila en democracias civilizadas.

La democracia del siglo XXI para los ganadores “winners” requiere silencio, mucho silencio. ¡Es hora de que el mercado hable y ponga orden!

Paúl E. Benavides Vilchez | 1 de Noviembre 2007

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