El referéndum sobre el TLC agravó el divorcio existente entre el equipo político del Gobierno con esa nueva Costa Rica que sorprende cada día. La capacidad de diálogo y negociación con el PAC, el Frente Amplio y el PASE, sigue siendo casi nula.
Las elecciones del 2006 –una mayoría del 1,18%– y de octubre –una del 3.5%–, debieron esclarecerle al Ejecutivo, al margen de las antipatías de don Óscar, que tenía que negociar en serio con la oposición, incluido el Libertario. Ahora, a ello se le suma una variable apreciación del PAC, que un día es bueno, el otro mejor, pero el siguiente pésimo. Pero no por culpa del PAC, que si de algo carece es de flexibilidad para cambiar; sino por culpa del enfoque errático y erróneo del oficialismo, que se aleja como nunca de los entendimientos requeridos para lograr gobernabilidad y eficacia. El error, además, lo impulsa la desesperación de algunos por las telecomunicaciones.
Como no negocian, pese a tener dos tercios de los votos requeridos para cambiar hasta la Constitución, no han podido diseñar un programa común de reformas importantes y urgentes, que incluya las leyes de implementación, las reformas al Reglamento interno y todo lo demás. Con delicadeza dinosáurica, reforman casuísticamente el Reglamento interno, coartando la libertad del diputado, mutilando sus derechos y ridiculizando la función parlamentaria. El último intento es una larguísima moción que convertiría al diputado en un monigote que solo diga SÍ o NO al proyecto que mande el Ejecutivo. Sería mejor cerrar la Asamblea, que instituir semejante mofa a la función parlamentaria y al sentido de la representación democrática.
Esta castración parlamentaria se intenta jusficar con fallos de la Sala IV. ¡Se usa así a la mayor conquista de nuestro Estado de Derecho como mísera hoja de parra para un grupo transitorio de poder, con el fin de encubrir sus vergüenzas antiparlamentarias! Lo cierto es que no les estorba tanto la oposición en sí, como los principios del parlamentarismo. Son antiliberales y antidemocráticos. Se trata, en fin de cuentas, de una antihistórica restauración “goda” o ultraconservadora, como se decía durante la Independencia.
De ahí resulta que a los libertarios les estorbe el olor a muerto que emanan esas mociones y duden. Que no haya ni sombra de cristianismo moderno detrás de la fracción del PUSC, ahogado en su primigenio franquismo de 1939. Y que en el PLN, la lucha ideológica devenga familismo y choque de redes y clanes de poder empresarial y familiar, que nada tienen que ver con algo que se llamó socialdemocracia. Y esto, aunque no nos guste, apenas comienza.
(La Nación)
Rodolfo Cerdas Cruz | 18 de Noviembre 2007


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