Un recorrido por la ciudad capital confronta el ojo con una realidad que pone a prueba la “realidad” de las encuestas y los números que intentan explicarla. Por cada dato que queda registrado, parece que hay otro que se escapa y resiste a ser cuantificado. El ojo del transeúnte puede descubrir que el índice de desarrollo que le dan los datos “oficiales” tiene como contraparte un índice de retroceso que le sale al paso conforme avanza en su recorrido matutino: los semáforos como indicadores bajo los que se aglutina un percápita novedoso de nuevos mendigos; una economía informal que desde hace tiempo se hizo economía formal y tomó por asalto infinidad de calles de la capital; abuelos pobres, hombres y mujeres de mediana edad vendedores al menudeo de todo los productos chinos; subempleados visibles e invisibles que cada día son más; los niños-zombi que van dejando el domingo en cualquier esquina del caso central de San José; zonas impenetrables donde “la ciudad” oficial termina y ni los taxis ni la policía son capaces de ingresar porque no se garantiza que vayan a salir vivos; zonas de exclusión -quisiera yo saber si los realizadores de encuestas y estudios de opinión privados y públicos envían a los encuestadores-; lugares prohibidos donde cohabita la droga al menudeo, la deserción escolar y la “escolarización” de los muchachos en la cultura de las pandillas, y donde cualquier idea de Costa Rica solo es reconocible en el rugido selvático de los fanáticos de la ultra morada o de la garra rojiamarilla.
Detrás de la gruesa cortina de la realidad cotidiana se mueve todos los días una muchedumbre visible pero a la vez anónima, que es el rostro camaleónico y fluctuante de un mismo país; transita por las calles de la capital por vías propias y alternas de sobrevivencia para habitar una ciudad paralela o una ciudad dentro de otra, de la que cabe preguntarse si las encuestas y los estudios de opinión han logrado realmente saber quiénes son, qué piensan y si tienen algún nexo con la “otra” Costa Rica mediática y carnavalesca. Esta muchedumbre que hace mucho ruido y sin embargo no se escucha, dejó de ser ciudadanía hace mucho -¿lo fue en algún momento?- para pasar a ser multitud, agrupamiento y conglomerado de individuos huérfanos frente a la política, la economía y la educación y todo lo que alguna vez sirvió para sentirse parte de este país.
Muchos años de neoliberalismo vernáculo y corrupción lenta pero destructiva fracturaron una democracia social que tenía sus raíces en el espacio local y en los fuertes nexos comunitarios que constituían su soporte; allí se acuñó el valor de la solidaridad vecinal y el respeto a los demás, así como la igualdad como valor tuvieron siempre un papel central en la convivencia de las personas y la definición de la identidad nacional. La democracia comunitaria de calor y raíz local hicieron posible la democracia a un nivel nacional y no al revés. Costa Rica logró avanzar como democracia social y política por la importancia que las comunidades y los pueblos pequeños, a lo largo de toda su historia, le habían asignado a la convivencia solidaria, al respeto y la libertad. Las comunidades aportaron los valores y la ética, sin ellos no hubiera sido posible el liberalismo y la socialdemocracia.
Cómo pasar de la multitud al ciudadano, del individuo anónimo a una ciudadanía nacional de fuerte arraigo local, vecinal y comunitario que había ganado su espacio durante muchas décadas pero que el mercado se encargó de fragmentar y debilitar en solo dos. De dónde va a salir la voluntad y energía para hablar de integración y de cohesión social: ¿de la institucionalidad política actual?, cuando esta ha demostrado su enorme incapacidad en su vertiente política para que la sociedad costarricense dialogue, se dé la cara y no la espalda, y ha cerrado cada vez que puede los espacios de conciliación y encuentro ciudadano; ¿o de la ley? de esa antigua creencia propia de un país leguleyo como Costa Rica en el que estas, por sí solas, reducirán de un plumazo el déficit de unidad social que sigue pensando que se le llega a la democracia por la vía de la ley y no al revés, que es la democracia la que legitima toda legalidad.
Lo mismo que la idea de la gobernabilidad, esa rara avis objeto de sesudas discusiones cada vez más compleja e inalcanzable, que solo es posible si existe una ciudadanía que crea en el diálogo, en el encuentro respetuoso, en la política como vía de solución. La gobernabilidad tiene como requisito previo la voluntad del pueblo, aunque a muchos esta palabra les suene a comunismo.
Paúl E. Benavides Vilchez | 27 de Noviembre 2007


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