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Grandeza espiritual y miseria humana

Rogelio Ramos Valverde | 29 de Noviembre 2007

A la sombra protectora del sol estival, árbol centenario, reviven nostalgias, placeres y miserias. En la conjunción de factores invocados en la trayectoria vital, asoma la vista hacia el pasado. Empero, no es el acento venido en lo escrito por Dante: el caminar con la cabeza vuelta al occipucio en la vulneración adivinatoria; por el contrario, asentado en tierra firme para mirar en lontananza, el tiempo pretérito.

¿Cuántos estadios de amor surgen en la plenitud del recuerdo? ¿Cuántas miserias nos ocurren con el paso de la vida?

Por lo primero; bello cuadro, escenario de riqueza espiritual: ¡Mis padres, mis abuelos, mis hermanos, mis tíos, tías y sobrinos, mis suegros, mi esposa, mis hijos y nietos…! Tantos amigos y amigas de toda la vida, son parte del alma; muchos de ellos ya en la distancia del más allá. Emergen con fuerza votiva, llama encendida para siempre en el aliento de las esperanzas anheladas. Enlace de fuerzas encarnadas en absoluta identidad, atesorada por una fiel trayectoria de encuentros afortunados. Flores blancas y rojas en el amor de la solidaridad humana. Generoso recuerdo en las vivencias de cálida y fraterna etapa. ¿Acaso ese mirar supone el superar las crisis en el ácido del vivir? Sí, es esa superación la nota de victoria al dejar vencidos obstáculos y entender también los fracasos como la grandeza de sentirse libres, en sin otra andadura en la esperanza de vencer el fastidio y la molicie. Es el resultado de la lucha personal para evitar el abismo de la perversidad.

Por el contrario, lo otro, son los infames de la truculencia: miserables seres acomodados al calor del pedante; muerden la mano tendida no hace mucho para ayudarlos; son los truhanes, especie de camaleón, vestidos con la ropa talar de la traición. ¿Cuántos de ellos pululan por las calles, llenos de lacras y úlceras, devotos del poderoso, aunque su vida ofrezca tan solo la descarnada figura de la mediocridad; son los fieles seguidores de aquel traidor de las treinta monedas? Tiran los faldones de un autonombrado profeta, carentes de nobleza, vacuos en su saber, acodados en una paranoia incurable y como tal, incitadores de la mentira, la injuria, la calumnia, envuelto en su propio descrédito. Cardos y cizaña en la carencia de la verdad. Como dijo Pablo Neruda, refiriéndose al traidor de turno: “Bebed toda la sangre de este pueblo, yo soy el mayordomo de los suplicios.”

Sobre esto divagaba en la tarde. Contemplaba el atardecer en la robusta serenidad de saber separar el grano generador de la vida, de los abrojos venidos de las míseras vivencias de un ayer denostado por la envidia como fuente segura de su castigo. Volví al Dante, vi el futuro de los falsarios y los engañadores; círculo tenebroso en su fatal destino.

Después, la noche deslumbrante, trajo paz y sosiego. El corro de estrellas en la inmensidad de la vía láctea, dejó atrás las miserias humanas!

Rogelio Ramos Valverde | 29 de Noviembre 2007

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