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Fulgores del dragón

Paúl E. Benavides Vilchez | 15 de Noviembre 2007

Un globo hecho de papel china sube hacia el cielo de Heredia, allá por los años 70, elevado a las alturas por un extraño que insuflaba aire caliente y que los niños de entonces llamábamos chino, alterados ya sus rasgos fruto del mestizaje nativo. En realidad era descendiente de inmigrantes de China llegados a Heredia a finales del siglo XIX, quienes fundaron su propio barrio en la parte sur de la ciudad. Ese globo de papel que se perdía en el cielo, fue mi primer vínculo con un país que resultaba, en ese momento, un misterio, tanto como el personaje que los elevaba, quien no pronunciaba ni una sola palabra y luego se iba.

China es el dragón real y mítico que ha engullido todo el oro, el hierro, el acero, el aluminio y el cobre planetario, para devolverlo en fulgores de hojalata, en millones de toneladas de pasamanería, en lujo falseado y réplicas idénticas de productos norteamericanos o europeos que el consumidor costarricense, ansioso de la exclusividad Gucci o Dior, observa con cierta tristeza en el anverso del producto: “made in China”. En tiempos de la cultura del espectáculo, la información gubernamental y la prensa comercial han presentado a China como la gran esperanza; el enorme y fastuoso lugar de miles de consumidores miembros de la casta rica que creó la política de apertura de Deng Xiaoping y que comprarán todo lo que les mandemos de manera compulsiva hasta agotar las existencias; el nuevo festín oriental que habrá que empezar a comerse mucho antes de que se den los primeros resultados.

Esta mezcla de demagogia política y fantasía mediática ha moldeado una percepción superficial de China, vista solo como un enorme mercado que nos sacará de la pobreza, lo que en realidad es una percepción simplista y anecdótica de un país hermético, rapaz y majestuoso que no ha abandonado la nostalgia imperial, y que los europeos y norteamericanos han estudiado mucho antes de la época de Mao Zedong.

Hay que descorrer la visión oficial que se quiere mostrar a los costarricenses, para acercarse a este extraordinario país sin las visiones o bien cercanas al panegírico o al panfleto ideológico del “monstruo comunista”, porque, si algo tiene que mostrarnos la China continental, además de su exitoso ascenso capitalista, son sus profundas contradicciones. Ya se sabe que tiene una condición de dudosa potencia que no conjuga la fórmula de la mayoría de sus socios europeos, entre crecimiento económico, distribución de la riqueza, justicia, civilidad y prácticas democráticas. El dragón imperial ha anclado una de sus garras en el mercado mundial, con una apertura absoluta al mundo y a los países de Asia, y con la otra garra controla rígidamente - como en los tiempos de Mao - los medios de comunicación y de información. Ni siquiera Internet - esa ave ubicua e intangible - ha podido salvarse de los controles impuestos por el gobierno, que investigó y sancionó a cincuenta y seis mil cibercafés en el 2001, para así evitar que la red se convirtiera en un espacio de debate y discusión política imposible en los medios de comunicación oficiales; incluso, el gran operador mundial Yahoo, tuvo que plegarse a las órdenes de autocensura del gobierno.

El dragón imperial devora a sus hijos en la masacre de la plaza de Tiananmen, en julio de 1989, y su respuesta a Occidente fue el más profundo silencio. Pocos años después surge como potencia industrial, con una economía de taller destinada al mercado mundial y que de acuerdo con Jean-Luc Domenach, especialista francés en China y Asia, acaparó más de la mitad de las exportaciones mundiales (y algo menos de la mitad de las importaciones) y fue el destino más importante de las inversiones directas recibidas del extranjero: en total más de cuatrocientos mil millones de dólares (doscientos ochenta en 1995-2000 y sesenta y nueve en 2001). Pero la contradicción se impone como sello inequívoco de la China y alrededor de cien millones de campesinos viven bajo la línea de pobreza, así definida por el Banco Mundial, cerca de doscientos millones están considerados subempleados e infraremunerados, y unos setenta millones de habitantes urbanos son considerados nuevos pobres. (Domenach, Jean-Luc, Dónde va la China, Ediciones Paidós, 2006).

La cultura china está desde hace mucho tiempo entre nosotros, luego del hallazgo de los especialistas costarricenses en genética de que junto a un abuelo negro, uno español, uno indígena, todos en este país tenemos un abuelo chino, lo que es un motivo mayor para comprender esta singular cultura, como lo han hecho los países que tienen relaciones comerciales y políticas exitosas con este país. Alejarse del dragón sonajero y anecdótico que nos quiere imponer esta desdichada mezcla de política y espectáculo, para penetrar en su mutismo, en sus rituales de poder, riqueza y represión, en los miles de años de una cultura que fue capaz de construir una muralla que se observa desde el espacio, será una labor esencial de educación política para construir relaciones inteligentes y sensatas. Trascender la visión de China como enorme bazar de bisutería o como tienda ahora elegante de lujo falseado, para entenderla en su más emblemático simbolismo: “la cara del dragón significa la cara del emperador; el paso del dragón es la andadura majestuosa del jefe; la perla del dragón que este posee en la garganta, es el brillo indiscutible de la palabra jefe, la perfección de su pensamiento y de sus órdenes”.

Para intentar comprender a China podría empezarse por las palabras del Mao Zedong, más que frase, línea de conducta política que vine de él hasta el actual dirigente: “No se discute la perla del dragón”.

Paúl E. Benavides Vilchez | 15 de Noviembre 2007

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