En los tiempos que corren, la muerte ha sido desterrada por un peligro mucho más temido: el hecho de envejecer. El recorrido de toda biología humana que va del nacimiento, pasa por la juventud y termina en la vejez, fue interrumpido por el pánico a ser viejo. Como diría el poeta, la vida ya no es esos ríos que van a parar al mar, que es el morir, sino que van a dar a la clínica estética; el ritmo de la biología es derrotado por la pericia del cirujano plástico que intenta engañar a la muerte para retrasarla un rato, lo que no es sino una trampa y un simulacro del bisturí. Como ha dicho Baudrillard, la cultura posmoderna se ha transformado en un gran simulacro que nos apacigua, nos adormece y dopa hasta el fondo de la conciencia. La ficción de la eterna juventud aplaca el miedo de ser deglutido por la biología, ser engullido por el tiempo, ese río que no perdona - río de Heráclito - vivir la juventud dos veces. La sociedad como gran conquista, ha sustituido la silicona por la dignidad de la vejez y el cirujano plástico es el nuevo demonio con el que se pacta para amagar a la muerte.
El simulacro no se detiene en la estética y ha tomado por asalto la realidad y todo queda subvertido por la estadística y el porcentaje. La pobreza y los pobres se reducen, nos anuncian, y la magia del porcentaje y el dato parece que pulverizó de un golpe los precarios que están detrás del Paseo de las Flores, en Heredia, y de Multiplaza del Este, en Zapote. La pobreza es ahora asunto de la imaginación y cada quien la experimenta como parte de su psicología personal. De repente, el costo de la vida se congela y los salarios aumentan su capacidad adquisitiva, todo como parte de un simulacro maravilloso y falso. De tal modo, cada vez que un costarricense va de compras a un supermercado y no puede adquirir lo que antes compraba, no es que el salario se quedó corto por la pérdida de la capacidad adquisitiva, es que no se coincide con la ficción del dato y el porcentaje. Debió consultar antes el oráculo de los índices y porcentajes para saber si él o su familia están por encima o por debajo de la línea de pobreza y no salir de compras y llevarse una desagradable sorpresa.
Y, cuando La Nación – periódico “medieval” y gran creador de espantos – dice que en Costa Rica creció el apoyo a la democracia, de acuerdo con los datos del latinobarómetro 2007, aparece de nuevo la realidad exorcizada por la ficción, hasta hacerla una carcacha mitológica. Los resultados del latinobarómetro no reflejan la realidad total, por que todo indica que se dejó fuera de la encuesta a un sector bastante amplio de la población nacional que no coincide con esos resultados. De nuevo, la democracia del dato y el porcentaje, el juguete con que los analistas y expertos se entretienen en seminarios y coloquios, ricos en palabrería, bocadillos y almuerzos, de los que se sale con la impresión de que solo sirven para alimentar de retórica a las expertas burocracias internacionales y sus bolsillos. Pero al final se entiende, de eso viven. Si hay insatisfacción es porque la gente no entiende la democracia “Churchiliana” (concepto utilizado por latinobarómetro: aquello de que la democracia tiene problemas, pero es el mejor sistema de gobierno) y todo queda reducido a una debilidad epistemológica de los ciudadanos y no a una grieta, ya clásica, de las democracias, incluso la costarricense, atrapadas entre sus políticos cuestionados y los partidos-empresa, entre el olvido del bien común y los partidos-clan familiar, en el que todo proyecto de nación quedó secuestrado por los militancia-borrega, atornillada al clientelismo y al tráfico de influencias.
De nuevo, es mejor y más tranquilizador el porcentaje que dice que todo anda bien antes que entrar a destapar la caja de los sustos.
Sería mejor que los especialistas en democracia dejaran a Sir Winston tranquilo, pues ya hizo lo suyo -nada menos que enfrentarse a Hitler solito- y crear otras formas de evaluar las democracias latinoamericanas, menos maniquea y, lo peor, sostenida sobre una premisa tramposa: yo escojo la democracia, cualquiera que esta sea, aunque en el fondo se parezca más a un despotismo poco ilustrado o a una dictadura de “baja intensidad”.
Paúl E. Benavides Vilchez | 20 de Noviembre 2007


2 Comentarios
Que bonito articulo! Y que bien identifica el problema más grave de nuestro tiempo: la invisibilizacion de aquello que “no coincide con la ficcion y el dato del porcentaje”.
Muy elegante como llega a describir la democracia actual como “un simulacro del bisturí”.