El triunfo de Álvaro Colom en la segunda ronda de las elecciones en Guatemala es quizá más importante por lo que no fue (la victoria del exgeneral Otto Pérez Molina) que por lo que el nuevo gobernante podrá hacer durante su administración. En un país que hace poco salió de una guerra civil donde el Ejército aplicó la táctica de la tierra arrasada, Pérez Molina ofreció mano dura para enfrentar los problemas de inseguridad ciudadana y corrupción.
Me pregunto: ¿pero no fue la mano dura que se practicó por décadas, una de las causas de la angustiosa situación que hoy vive ese país? El acto de fe que Pérez pedía a la ciudadanía era creerle que, si antes la mano dura provocó mucho daño, esta vez iba ser diferente. Pero ¿por qué pensar que ahora sería benéfica?
No nos hagamos ilusiones. Cierto que Colom ha ofrecido cosas nuevas dentro de la política guatemalteca. Ha dicho que la política social será un eje de su gobierno y ha ofrecido combatir la delincuencia, respetando el Estado de derecho. Bien por eso. Sin embargo, el presidente electo es una figura relativamente débil, apoyado por un partido infiltrado por elementos cuestionables, y operará dentro del sistema de partidos más frágil y volátil del área. Además, encabezará un Estado institucionalmente débil, atenazado entre el poco interés de promover el desarrollo humano y la incapacidad para hacer frente a las amenazas del crimen organizado.
Un amigo me comentó: “Idiay, Jorge, así las cosas, ¿no era mejor que ganara el exmilitar? Al menos, Pérez Molina tiene buenos contactos dentro del Ejército, uno de los poderes fácticos en ese país, y buena entrada con los capitales fuertes. ¿No es preferible la autoridad predecible, aunque con fines cuestionables, que una autoridad débil e impredecible, aunque con mejores ideas?”.
Mi respuesta es “no”. Prefiero la apuesta de Colom. Veinte años después de Esquipulas, es inconveniente que la mano dura vuelva al poder en uno de nuestros países. Significa precarizar todavía más a una frágil democracia y aceptar la contemporaneidad con tufo a déja vu. Tampoco conviene a Costa Rica que se forme un eje duro de derecha Guatemala–El Salvador, los dos países más grandes de la región.
Con Colom tendremos un muestrario de gobernantes, al estilo de todo como en botica, que hace más interesante el equilibrio regional. Pero, sobre todo, Colom es la esperanza, por tenue que sea, de que la política guatemalteca puede enrumbarse por mejores senderos. Es un gobierno que inicia en un buen momento económico y con más recursos para hacer obra. Con un poco de pericia, tal vez logre probar a sus conciudadanos que ellos pueden conseguir algo mejor que repetir la historia.
(La Nación)
Jorge Vargas Cullel | 8 de Noviembre 2007


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