Posiblemente sea uno de los tres, o cuatro costarricenses, que escriba sobre el aniversario noventa de la Revolución Bolchevique, uno de los sucesos más importantes del pasado siglo XX y que transformara, durante decenios, las ideas políticas y sociales del mundo contemporáneo. Vista a la distancia, en esa unidad que nos muestra el pasado, el presente y el porvenir, es posible, ahora, verla en su dimensión real y los costos sociales e históricos que determinó su propia existencia, casi al nivel del olvido de sus intenciones originales. Para mi generación, o al menos para un sector de ella, la Revolución Rusa fue un suceso trascendente como antes deben haber sido la Revolución Americana (1776), la Revolución Francesa (1789), la Revolución Mexicana (1910) o la Comuna de París (1871). Todos ellos han sido sucesos que transformaron la manera de ser de las gentes, influyeron en su vida cotidiana, y en los diferentes sucesos que movieron multitudes, difundieron ideas y lograron conquistas apreciables en la vida social de las naciones, haciendo entrar a millones de personas en la historia, definiendo el perfil de estadistas que, con sus decisiones, han escrito la historia en su aspecto más relevante, independientemente de si han sido villanos o santos, probos ciudadanos o políticos solo cegados por la ambición de poder y la megalomanía.
La larga marcha de las multitudes, campesinos u obreros, hombres y mujeres, intelectuales o iletrados, sosegados o fanáticos, han dado forma a los días actuales, a las fronteras, a la nomenclatura de las regiones, a la construcción y edificación de ciudades y a su desaparición por guerras o actos de administración salvaje, xenofobia, limpieza étnica o los prejuicios establecidos como voluntad política.
La Revolución Bolchevique es la más preciosa cantera para poder entender el comportamiento del ser humano, en sus etapas previas, y en el desarrollo de su labor fundacional, entre 1905 y 1917, primero, y luego a partir del empoderamiento de Stalin (1929), hasta su muerte en 1953.
Quizás fue la oportunidad más importante, el asalto al cielo, decía Marx y lo definieron muchos otros pensadores, de hacer una revolución en nombre de la clase obrera, los pobres de la tierra, los desposeídos, en unidad armónica con otras clases sociales, que tienen en sus canteras hombres y mujeres buenos, nobles o solidarios, y no solo enemigos en potencia o solapados, en un proyecto social que dividió al mundo durante décadas, lo enfrentó al nacional socialismo, al fascismo italiano o al poder militar japonés y a la existencia rampante de las grandes compañías capitalistas, que vieron en la Revolución Bolchevique su enemigo natural.
Los primeros años de la Revolución Rusa tenían ya la marca, indeleble, de la creación de la dictadura del proletariado, dirigida por revolucionarios profesionales, primero, luego convertidos en eficientes burócratas, relojeros sociales, cuya obsesión fue la consolidación del poder y la creación de la nomenclatura o lo que llamó Djilas: la nueva clase, intocable y poderosa, para casi todo, pero menos para los aparatos de la represión social, política e intelectual en cuyas estructuras llegó a establecerse la verdadero función del Estado policiaco, como respuesta a la disensión, o a una manera particular de mirar y hacer al mundo. La arrogancia de ese poder, lo que Stalin luego determinó como la idea del ingeniero de almas, que todo lo dirige, incluyendo la vida de los otros, y en donde la dictadura del proletariado pasaba a ser relegada a su primer significado, quedando el proletariado en un punto intermedio en el cual era vaga su existencia, y su responsabilidad política, en la conducción del Estado.
La catarata de documentos, libros, testimonios de sobrevivientes, funcionarios que escriben sus memorias, expedientes policiales abiertos ahora, correspondencia antes secuestrada, da apenas una idea de la forma en que se manifestó todo lo que rodeaba a la Revolución Bolchevique, en su irse haciendo, durante la vida de Lenin y la posterior liquidación por Stalin de los viejos bolcheviques, esa continuidad con los antiguos cuadros que hicieron la revolución, dado que para 1939 había sido eliminada la mayoría de los miembros del partido, para ser sustituidos por la “nueva guardia”. Según los datos más recientes, se afirma que entre 1937 y 1939 fueron detenidas unas 7 millones de personas e internadas en campos de “trabajo”, según denunciara Nikita Kruschev, en 1956, en su famoso Discurso Secreto.
Pero la antigua URSS también estaba cercada. La paranoia se había establecido como norma de conducta y la vaga idea que todo derivaba del culto a la personalidad, hoy nos parece falsa, porque un solo hombre no puede haber causado tanto estropicio si no estuviera rodeado de una cadena de funcionarios que cumplía las órdenes de su entorno, en asuntos que ahora están más claros: la muerte de Gorki, de su hijo de Kirov, de la misma esposa de Stalin, en una locura que fue normada como prontuario de conducta, que luego se estableció en otros países, siguiendo una especie de ayuda-memoria, centrada en los aparatos de seguridad del Estado, más los campos de concentración, como espacio para “corregir” conductas.
La historia personal de José Stalin, al menos sus biografías, se han convertido en punto de referencia para analizar la realidad soviética de su tiempo, siendo imposible que una sola persona, por mayor poder que tenga, pueda haber sido el causante de una hecatombe social que pervive por décadas, aún después de su desaparición.
Existen libros, desde hace muchos años, sobre la época del gran terror y la larvada desaparición de la URSS, sumergida en sus propias contradicciones, en los miedos a reconocer sus limitaciones, a sus políticas erradas. Lo mejor del experimento social de la Revolución Bolchevique subsiste, en la actualidad, en un país más moderno, más abierto, con el peso de su pasado y la intención de su porvenir. En un trozo de historia que estalló como una bengala y no como una conflagración destructiva. El antiguo socialismo, tal como había sido previsto por sus propios ciudadanos, se disolvió en la historia.
Podemos repetir, con Rosa Luxemburgo, esa visionaria siempre incomprendida: “El remedio propuesto por Lenin y Trosky, la supresión total de la democracia, es peor que el mal que pretendía curar”.
O las célebres palabras de Lenin, en su lecho de muerte: “Carecemos del adecuado nivel de civilización para pasar directamente al socialismo, a pesar de que reunimos los requisitos políticos indispensables”, etcétera, etcétera, etcétera.
(La Prensa Libre)
Alfonso Chase | 12 de Noviembre 2007


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