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Democracia polarizada y empobrecida

Julio Suñol | 9 de Noviembre 2007

Estamos viendo y viviendo fenómenos increíbles en la democracia rural que alegraba el corazón de los ciudadanos y patricios de antaño.

La democracia costarricense, orgullosa excepción en Latinoamérica, está tomando el mal camino. El camino peligroso. El camino del temor y del miedo, con y sin memorandos.

Nadie hubiese esperado en estos 186 años de vida independiente del país, que alguien se hubiera atrevido a polarizar la democracia. Esto es, a interponer un muro ciego entre ciudadanos y sus representantes y entre éstos y aquéllos.

Es otro muro de Berlín detestable en la pequeña y orgullosa Costa Rica. Es otro muro peor que el levantado para dividir a dos grandes pueblos como lo son el mexicano y el norteamericano.

Esta polarización es una bofetada al corazón del alma ciudadana, al orgullo nacional por sus libertades, a la práctica histórica de la permanente y abierta relación entre representantes y representados.

El argumento para esta polarización de los ventanales legislativos, o denegación brutal de las prácticas democráticas del país, surge del alegato tonto y ruin —por generalizador— de que algunos mal educados llevaban cartelones insultantes para los congresistas. Y la única manera de “evitar males mayores”, consistió en pagar una costosa polarización para decirle al pueblo: ustedes, los ciudadanos, por malcriados que son algunos, no tienen derecho (ellos ni los demás) a observarnos y nosotros no queremos ni verlos. Ustedes apestan.

Lo extraño es que en este Directorio Legislativo que acordó esa torpe y vergonzosa medida, actúan destacados políticos de la vieja escuela, quienes ahora quieren hacerse los tontos o buscan ignorar que cualquier cartelón, por insultante que fuera (y no todos lo eran) no legitimaba esta aberración contra la democracia, que incluye la libertad de expresión, incluso para los insolentes, mientras no cometan delitos ni agresiones físicas que no se han dado hasta el presente.

Barras bravas, insolentes, delincuenciales, violatorias de todos los principios de urbanidad, decencia y respeto, se dieron en distintas épocas de nuestra vida republicana. Empero, eran tiempos en que incluso los ciudadanos podían comunicarse con sus representantes, para aplaudirlos y hasta tocarlos y a veces agredirlos, como se dio en otras épocas en los viejos Congresos.

Eran aquellos Congresos que no tenían, no digamos polarización, pero ni siquiera distancia física entre los ciudadanos y los diputados, porque no existían paredes. Los concurrentes a las barras podían acercarse con sus manos a los diputados, tanto para aplaudirlos como para reprobarlos, y en oportunidades, hasta para agredirlos. Pero a nadie se le ocurrió nunca pedir que se levantaran muros, paredes, polarizaciones o tranqueras para impedir las reacciones populares.

Entiéndase que no estamos apoyando a los pocos insolentes que provocaron esta desproporcionada reacción. Entiéndase que estamos defendiendo la esencia misma de la vida ciudadana, en la cual hasta quienes no lo merecen gozan del derecho a expresarse a su manera en tanto no cometan delitos ni agresiones físicas, materias del Derecho Penal. Y esto es ya hablar de cosa bien distinta.

Los ciudadanos no debemos guardar silencio ante esta medida. Porque viene a ser una más en la peligrosa y reciente nueva cadena de restricciones a la libertad de prensa, de expresión, de información y de pensamiento. Esta libertad no solo consiste en hablar, en escribir, en publicar y en exigir información veraz y oportuna. Consiste en hacer valer estos derechos en los distintos ámbitos de nuestro quehacer ciudadano, político y social.

Y es obligante exigir y resguardar estos derechos taconeando, elevando el tono de nuestra voz, rasgando nuestras gargantas en defensa de valores que son propios de una democracia que no debe empobrecerse. Porque se empieza por el principio y se termina en la dictadura por la vía de la acción denegatoria de la dignidad humana. Esta, siempre en la historia de la humanidad, ha sido sometida por la inacción de los débiles, los timoratos y los acomodaticios.

Tal vez es bueno recordar algunos pasajes de nuestra historia reciente. En los años 50, don Mario Echandi, fogoso diputado antes de que fuera digno Presidente de los costarricenses (1958-1962), fue agredido y perseguido por barras fanáticas y enardecidas que —para salvar su pellejo— lo obligaron a refugiarse en el Club Unión, entonces distante pocos metros del anterior edificio del Congreso ( donde hoy está el Banco Central).

Don Francisco Urbina, don Fernando Lara Bustamante y don Eladio Trejos ( todos fallecidos) fueron dignísimos y valerosos diputados que la pasaron mal en los años 40, porque también quisieron sostener sus puntos de vista con libertad y dignidad y, por hacerlo, sufrieron los agravios de masas enardecidas.

Quien esto escribe, en 1963 fue sacado de la Asamblea Legislativa bajo la generosa protección física del diputado calderonista Marco Naranjo (Q.d.D.g.) porque una multitud que primero vociferaba insultos desde la barra legislativa, después lo esperaba a la salida del Congreso para “hacer justicia”, entonces sí pronta y cumplida, porque las voces del odio se habían impuesto por medio de la mentira y la manipulación.

Y cito estos casos, incluyéndome, porque se trata de historias no tan lejanas y porque además creo que es una ocasión propicia para hacer recordación del gran compañero de todos nosotros que fue Marcos Naranjo en esa legislatura de 1962-1966.

Y en aquellos años, tormentosos, no pasó por la mente de ninguno de los citados pedir en el Congreso que sellaran las barras del público, las polarizaran y las hicieran inhabitables por la oscuridad, los malos olores y el calor. Esta vejación se cometió ahora.

Lo acontecido es un síntoma preocupante. ¿Por qué temer al pueblo?

¿Por qué querer distanciarse de los ciudadanos electores? ¿Cuáles son las verdaderas razones de estos miedos, nunca antes experimentados por nuestros políticos, ni siquiera en épocas de convulsión social? ¿Se sigue descomponiendo la democracia costarricense? ¿Quiénes estaremos dispuestos a salir por los fueros de los valores inmanentes que nos vienen de lejos, con los ejemplos de los patricios forjadores de nuestra nacionalidad?

Julio Suñol | 9 de Noviembre 2007

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