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Confieso que he bebido

Alfonso Chase | 26 de Noviembre 2007

Por Alfonso Chase

Algunos queridos compañeros, después de leer mi artículo sobre la Revolución bolchevique, en sus noventa años, me han solicitado hacer una especie de autocrítica, dentro del formato elaborado por la Troika (1937), sección especial, la cual hizo un prontuario, que acaba de cumplir setenta años, pero que al parecer sigue tan vigente en el hemisferio izquierdo de algunos compañeros, que ya forma parte de su manera de ser y existir, sin haber hecho siquiera el menor gesto de olvidarlo.

Recojo el guante y, con la mano encubierta, escribo sobre lo que se me quedó en el tintero sobre ese aniversario, desde un punto de vista más objetivo, científico se decía antes, para aclarar conceptos. Tienen razón los compañeros y sus señoras, de que mí artículo es superficial, y limitado. Es cierto que desde antes conocíamos todo lo que estaba pasando en los países del socialismo real, no inventado, en cuanto a las purgas, encarcelamientos y remisiones a los campamentos de trabajo, llamados inadecuadamente Gulags o campos de concentración, pero todo el esfuerzo de la clase obrera, y su clase dirigente, no podía ponerse en juego debido al “aventurerismo de aquellos que conspiraban para derrocar a la dictadura del proletariado”. Los elementos socialmente peligrosos, los perjudiciales y los sospechosos de espionaje, así como los detenidos por conducta contrarrevolucionaria, movilización súbita y planificada y los peligrosos de actividad y agitación troskista permanente, merecían sus condenas porque todas ellas partían de sus propias “confesiones”, en las cuales reconocían sus errores.

Soy cómplice, al igual que ustedes, por haber dicho todo lo que sabía de manera elíptica, guardándome lo que he oído o leído, para no sumarme al enemigo de clase y solo haber expresado algunos conceptos, políticamente incorrectos, que dejaban entrever lo que estaba fluyendo hacia la historia. No es cierto que me reuniera con elementos socialmente peligrosos, llamados primero bohemios y luego hooligans, en el Metro de Moscú, ni que asistiera a fiestas, exposiciones o recitales, en los sótanos de algunas casas de hijos de funcionarios del Partido, en Kiev o Leningrado, ni que haya pasado por las aduanas libros de peligrosa semántica, sobre todo novelas u obras de disidentes que vivían en París o Roma, ni que me haya reunido, al menos donde ustedes dicen, con el poeta Noseph Brodsky, entonces un paria, 1970, luego un transfuga y más tarde Premio Nóbel de Literatura en 1987.

Lo guardado en la Lubianka solo es válido en un 25%, según se puede consultar en la Red, más como antropología que como investigación policíaca.

Es falso, de toda falsedad, que haya repartido el famoso discurso secreto de Nikita Kruschev, en 1953, porque en esa época solo tenía nueve años, pero pude leerlo, cuando se hizo público, como casi todo el mundo, y repetía lo que siempre se había sabido, pero dicho por disidentes y esto es cierto: repartido por el servicio de información de la Embajada Americana, en San José, que lo hizo circular un poco tarde: cinco meses después.

Nunca he sido parte de alguna célula anarquista, troskista, bujarinista, maoista o guevarista, no por no haberlo deseado, admito mi posible culpa, sino porque nunca supe si éstas existían en el territorio nacional. No fui miembro del “Grupo Espartaco”, dirigido por mi amigo José Revuelta, cuando trabajé en la SEP, en México, pero me pareció siempre que sus miembros eran personas moralmente solventes, trabajadoras, estudiosas y revolucionarias, antes de ser barridos, todos, por los sucesos de Tlatelolco, en 1968.

Si pertenecí, y me honro de ello, a la célula “cultural” Joaquín García Monge, de la antigua Juventud Socialista, coordinada por nuestro amigo don Francisco Zúñiga, donde conocí a personas maravillosas, que han sido parte del desarrollo cultural de nuestro país, antes y después de que la citada célula, convertida ya en una fiesta, fuera disuelta por el delito de “diversionismo ideológico”, al enterarnos, todos, de las luchas internas de los clanes familiares, los problemas personales, la inestabilidad emocional de algunos, entre los cuales me incluyo, que dieron al traste con las locuras que propusimos, todas programadas dentro del lema: La revolución es una fiesta (y a veces hasta una orgía de ideas) dije yo, y de las otras, dicen ahora algunas y algunos.

Coincido con ustedes que todos debemos hacer la autocrítica, no la confesión al estilo Arthur London, para tener clara la idea de que porque seguimos siendo de izquierda, erótica decían ustedes, rosada dijo un joven miembro del partido, millonario y querido siempre por todos nosotros. Confieso que he bebido, discutido y hasta fornicado con pecables miembros, y miembras, de células, comités culturales o líderes, hoy en desuso, por propia confesión, o porque la historia los arrinconó al basurero de las ideas. En el Partido Vanguardia Popular, el de antes, el de las facciones familiares, el que mantuvo las ideas de redención social a lo costarricense, conocí personas extraordinarias y sacrificadas, honestas y trabajadoras, así como a oportunistas sectarios o dogmáticos que conservaban el fantasma de Stalin, y su pandilla, en el citado hemisferio cerebral, para destruir la vida de los otros y ascender en su búsqueda de poder y figuración política. Ninguno le ha pedido perdón a la militancia por haber sido como siguen siendo algunos, por miedo a exponer lo que sienten, como si nada hubiera pasado en el mundo y la antigua URSS se haya desplomado, no con un sollozo, sino con una carcajada. Los nuevos millonarios, casi todos miembros antiguos de la nomenclatura, siguen disfrutando de sus prebendas porque se quedaron con lo que por derecho al pueblo le pertenecía. Siguen siendo lo mismo que fueron: oportunistas con carnet, oligarcas con cuentas depositadas en bancos extranjeros.

La izquierda sigue viva, a pesar de ustedes, y del propio sistema capitalista, rampante y poderoso, pero con el talón herido. El socialismo realmente existente se ha evaporado: todo lo sólido se desvanece en el aire. Los manualitos han desaparecido por suerte. El discurso dogmático ha dado paso a la discusión abierta y al deseo de que los cambios que se realicen se den por medio de la vía democrática, la nuestra, que es darle poder a las mayorías, sin inclusiones hegemónicas o iluministas.

No hay que preocuparse, amigos. El que se retira antes del final siempre pierde el juego (Henry Fielding).

El lema actual tiene otro significado, al menos para los compañeros de viaje o los tontos útiles: No os calléis, la histeria los absorbió.

La cita

Soy cómplice, al igual que ustedes, por haber dicho todo lo que sabía de manera elíptica, guardándome lo que he oído o leído, para no sumarme al enemigo de clase.

(La Prensa Libre)

Alfonso Chase | 26 de Noviembre 2007

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