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Bomba social nos amenaza

Julio Suñol | 21 de Noviembre 2007

Una bomba social nos amenaza. No digamos después que no fuimos oportunamente advertidos.

Debemos agradecer una vez más al empeñoso y honrado equipo técnico e intelectual que todos los años nos presenta el Informe sobre el “Estado de la Nación”.

Acaban de entregar el correspondiente al año 2006. Probablemente habrá pocas diferencias en el 2007, a publicarse el próximo año.

Los nombres y las figuras académicas que avalan este inventario analítico son la mayor garantía de objetividad.

Nos están diciendo que se registran notables avances económicos, acompañados –lamentablemente—de retrasos en la lucha contra la pobreza y por la lacra de la desigualdad. Las zonas costeras del país siguen siendo las más afectadas.

De acuerdo con este Informe, los ricos hoy son más ricos y los pobres más pobres. Esta es la bomba de tiempo social que nos amenaza.

Debemos aplicar los instrumentos adecuados para adquirir el necesario seguro colectivo que nos garantice la paz social y la paz a secas. Hay vías idóneas para corregir los males: una es el presupuesto nacional como agente redistribuidor del Ingreso. La otra es la reforma tributaria. Volver al pensamiento de González Flores: que el rico pague como rico y el pobre como pobre.

La advertencia procede si se observa que hay varios rubros estimulantes. Crecieron el Producto Interno Bruto (PIB), la inversión extranjera directa, las exportaciones y la captación de impuestos. Pero la clase media se halla estancada.

El fenómeno es peligroso porque este sector ha sido el motor histórico de la democracia y de la economía. Algo está fallando si quienes nos llaman la atención hicieron 50 investigaciones individuales y se basaron en 600 (seiscientas) fuentes bibliográficas para validar sus preocupantes opiniones.

Este Informe se refiere al período anterior en el cual, paradójicamente, el crecimiento económico fue del 8,2%, el más alto en la última década, con una inflación que no llegó a los dos dígitos (9,43%), la más baja en casi tres lustros.

Entre los rubros destacables están la esperanza de vida que ascendió a los 79 años promedio (con las mujeres más beneficiadas que los hombres), y la mortalidad infantil inferior a 10 por 1000 nacidos. Llegar al 7 por 1000 es una meta deseable y posible. Así estaríamos al nivel de los países más avanzados del mundo (algunos nórdicos y Estados Unidos).

La crítica positiva subraya que se impone recuperar la fe en los partidos y en las instituciones, al tiempo que se debe mejorar la calidad de nuestra democracia. Sobre estos extremos nosotros hemos venido insistiendo. No nos cansaremos de hacerlo. Los hombres y mujeres públicos, las agrupaciones políticas, el Tribunal Electoral, la Asamblea Legislativa y los Poderes Ejecutivo y Judicial no han completado su tarea. Serán responsables del porvenir inmediato.

En los azarosos e imprevisibles tiempos que vivimos, adquiere gran validez la frase de Juan XXIII, quien dijo que el camino hacia la paz pasa por el desarrollo con justicia social.

Hay vientos de fronda en las cuatro esquinas del globo. Nosotros no estamos inmunizados. Costa Rica no es una isla ni quiere serlo. Asumen una gran responsabilidad los dirigentes del país en los campos de la política, de los partidos, de las comunicaciones, del comercio, de la industria, de la academia, del sindicalismo, del Gobierno y de los colegios profesionales.

Son muchos los ajustes, correcciones y rectificaciones que resultan imprescindibles si queremos mantener la paz social, basada en la justicia verdadera y en la comprensión de que ya no somos una aldea perdida en el universo, sino una sociedad que reclama junto con su libertad individual, equidad económica, ética pública y privada, honradez en sus líderes y no confusión de los intereses particulares con los públicos.

Como si fuera poco lo anotado, nos encontramos hoy con una Costa Rica polarizada, no solo en los ventanales de la Asamblea Legislativa (lo cual fue muy malo) sino en el pensamiento y en las respectivas creencias sobre cuál es el camino apropiado para cristalizar el bien común y eliminar las exclusiones e injusticias que nos pueden dirigir al precipicio de la violencia.

Y no debemos perder a la Costa Rica que heredamos de nuestros abuelos y padres, sin que ello signifique abandonar las justas aspiraciones de modernidad y de progreso al que solo los miopes pueden oponerse.

Encontremos a los hombres y mujeres capaces de concretar la fórmula realista que contenga todos los sanos valores tradicionales que conformaron nuestra nacionalidad – libertad, educación, justicia social, equidad, legalidad—para conjugarlos con las aspiraciones del desarrollo, el crecimiento y la modernidad, sin traicionar nuestras raíces ni el fundamental valor de la solidaridad.

Julio Suñol | 21 de Noviembre 2007

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