Las reelecciones en Pakistán y en Venezuela parece que producirían la metamorfosis, en el primer caso del paso del poder militar a la presidencia de la república, y en el segundo de la presidencia representativa a la autocracia –algunos hasta podrían soñar con otra mutación y en otro contexto para pasar de la democracia a la monarquía solapada–. Bien lo escribía Shakespeare en “Mesure for Mesure”: “¡Oh! es agradable tener una fuerza de gigante; pero es de tirano usarla como un gigante.” Por su parte, Lord Macaulay señala: “El poder que no está limitado por leyes, nunca puede estar por ellas protegido” (“Conversation between Cowley and Milton”).
Como se observa, la tentación totalitaria no parece tener límites, ni territoriales ni culturales, mil subterfugios se usan para hacerla realidad, lo único que varían son los medios.
Sobre la asiática y meridional República Islámica de Pakistán nos informa la corresponsal de la BBC, bajo el título “Musharraf: vía libre a la reelección” (www.news.bbc.co.uk, 22/11/07): “…el propósito de Musharraf al declarar el estado de excepción a principios de mes era descabezar la cúpula de la Corte Suprema, ya que creía que iba a fallar en contra de su reelección. Se esperaba un veredicto favorable a Musharraf desde que nombró nuevos jueces a los que el general considera más leales. “
En la República Bolivariana de Venezuela el constitucionalista Linares objeta la reforma de la Carta Magna que propone el presidente Chávez –mediando un referendo– porque significa “romper el límite al poder, que es la reelección”, enfatizando que el gobernante decía en sus intervenciones públicas que la bolivariana era “la mejor Constitución del mundo”. Por su parte el vicepresidente de la Conferencia Episcopal Venezolana (CEV), Roberto Luckert, viene de calificar como una “barbaridad” la reelección ilimitada propuesta por el Presidente, crítica que sustenta en un reciente documento de la CEV, agregando el prelado que Chávez “va a entregar el poder cuando le entregue el alma a Dios” (www.milenio.com, 23/11/07).
¿Qué lectura podemos hacer de esas iniciativas geográfica, histórica y políticamente remotas de nuestro medio a la luz de la jurisprudencia constitucional patria sobre la materia?
Nuestro Tribunal Constitucional estableció que la reelección es un derecho fundamental, pero que, aún siéndolo, el pueblo soberano podría restringirlo, por lo que una limitación del legislador derivado viola aquel derecho –como sostiene que se procedió en la reforma de nuestra Carta Fundamental–.
Dispuso al efecto el órgano jurisdiccional: “… la Asamblea Legislativa puede ampliar los contenidos y alcances de los derechos fundamentales, pero no puede el poder constituyente derivado suprimir o reducir tales contenidos, pues de esta forma podría destruir el orden básico instituido por el poder constituyente originario”, y “…por ello, para llevar a cabo una reforma constitucional como la aquí cuestionada, mediante la cual se limita un derecho político dado por el constituyente originario, es necesario hacerlo a través del mecanismo de reforma general previsto en el artículo 196 constitucional y ser, necesariamente manifestación de la voluntad del pueblo, la cual deberá recogerse a través de los mecanismos idóneos para ello”. (vid. Considerando VII de la sentencia n° 7818-00 de las 16:45 hrs. del 5/9/00 y el comentario de la Magistrado Calzada titulado “La reelección presidencial” cuyo subtítulo es “El pueblo, soberano e independiente, es el único que detenta el verdadero y auténtico poder” en La Nación del 5/6/05).
De manera que siendo universales los derechos humanos y habiéndose establecido por nuestra jurisprudencia que la reelección forma parte inefable de ellos, debemos concluir en el terreno de la lógica y la justicia formales que tanto Pervez Musharraf como Hugo Chávez tendrían el inalienable derecho a la reelección.
De eso se sigue que si el primero para lograr su propósito acudió a un órgano espurio por su nombramiento, este no habría hecho más que consagrar un derecho fundamental, le duela a quien le duela, y el segundo está acudiendo a una tortuosa vía de reforma constitucional, mediando hasta un referendo, porque así lo quiere, pero resultaría incuestionable que sería titular del derecho a la reelección con base en lo dicho –y si, a más de eso, se lo otorga el pueblo ¿a qué vienen las críticas?–.
Se concluye, entonces, que se equivocarían en sus reproches filosóficos o puntuales tanto Shakespeare, Lord Macaulay, el profesor Luckert, los obispos venezolanos, y todos los demás que pensamos de modo diferente sobre la materia (vid. nuestros artículos sobre petrificación normativa en Tribuna Democrática)
Raúl Marín | 28 de Noviembre 2007


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