• Daniel Gallegos explica las causas de la falta de rumbo de la escena costarricense
Por Rafael Cuevas Molina, escritor y pintor
Daniel Gallegos es el autor de algunas de las piezas teatrales que más conmocionaron al público costarricense de la segunda mitad del siglo XX, como La colina, En el sétimo círculo y Una aureola para Cristóbal. Se lo considera internacionalmente como uno de los mayores representantes del teatro nacional.
Gallegos vive actualmente en su casa en las montañas de Heredia, desde donde ve y analiza lo que pasa en la Costa Rica de hoy.
El escritor manifiesta: “Casi todo lo mío es una vuelta hacia atrás porque aquí han arrasado la memoria. Véase nada más los títulos de mis novelas: El pasado es un extraño país; y la que escribo ahora, Los días que fueron. Como dice Octavio Paz, incluso si uno quiere quebrar la tradición, debe conocerla”.
―Esa situación, ¿hace que usted esté “refugiado” en su casa?
―No, no estoy alejado. Mientras pueda participar, lo haré; pero ahora tengo un mayor grado de observación, y esta es una de las cosas a las que ayuda la edad.
―¿Será que está menos en competencia porque tiene un prestigio labrado?
―Creo que esa competencia es parte del sistema en el que vivimos. Cuando estaba joven, existía competencia, pero sana, lo que me hacía feliz. Al mismo tiempo, me gustaba ver que otras personas hicieran también cosas que me estimulaban.
―Era más bien una emulación…
―Sí. Nunca he tenido rivalidades, ni con Samuel Rovinski ni con Alberto Cañas ni con otras personas; todo lo contrario, siempre nos animaba el hecho de que alguno de nosotros estuviera logrando algo. Nos dábamos a leer lo que estábamos escribiendo, trabajábamos mucho en los que ahora llaman “taller”.
―Se dice que el teatro en Costa Rica no pasa por un buen momento, pero, nunca como ahora, tanta gente ha querido participar en él. ¿Por qué, entonces, es un “mal momento”?
―Tengo que hacer un poco de historia. Cuando yo estaba muy joven, primero existió el Teatro Universitario. Lo patrocinaba la universidad con miras de hacerlo lo más profesionalmente posible para dar a la comunidad un disfrute de obras universales y para estimular a la dramaturgia costarricense.
En la misma época se fundó la Compañía Nacional de Teatro, que no solamente tenía un repertorio muy importante, sino también un elenco fijo. Esto hacía posible que participaran profesionales y que nuevos actores tuviesen la oportunidad de ir mejorando.
Los parámetros estéticos del teatro estaban dados por las obras que ponían la Compañía Nacional de Teatro y el Teatro Universitario.
Esos eran factores que permitían el crecimiento, pero después disolvieron la Compañía Nacional de Teatro y acordaron otra cosa disparatada: el Teatro Melico Salazar es el que decide lo que se hace en la Compañía. Ahora es una dizque compañía que pide proyectos, como quien hace licitaciones.
La Compañía Nacional de Teatro no existe, y el teatro está en un estado lastimoso. La cultura tiene que planificarse como todo lo demás. Un ejemplo está en el campo de la música, de lo cual es muy responsable don Guido Sáenz.
Respecto a las escuelas, sí, hay muchas, pero a todos esos muchachos no los están formando como es debido. Lo primero que pasa es que no les entiendo lo que hablan, y tienen un cantadito que prueba que no comprenden el sentido de las palabras.
Uno se da cuenta de que el desconocimiento que tienen del estudio del texto hace que no perciban los cambios, los trozos rítmicos, y dicen las cosas monótonamente, como en una veladita de escuela.
Claro es que hay algunos casos de muchachos talentosos que intuitivamente encuentran. Manejan muy bien sus cuerpos, pero a la hora de decir un texto no saben aquilatar el sentido emocional de las palabras, y el teatro es el verbo. Las escuelas no han producido actores como los de la generación anterior, a pesar del talento que no dudo que existe.
Otra cosa es la dramaturgia. Aquí, la gente escribe teatro, y las obras se montan sin haber pasado por un taller. En una Compañía Nacional de Teatro bien estructurada podrían existir talleres de dramaturgia.
Todo eso pasa porque el teatro ha sido descuidado y no ha habido una política cultural, como sí podemos tener en el proceso de la música. Yo siento envidia cuando veo la calidad profesional que tiene la Sinfónica.
―Hay mucha gente viendo teatro…
―En todas partes ha habido diferentes tipos de teatro. Lo que pasa es que la gente, si no se le dan opciones, pues va a ver lo que hay.
La gente que llegaba a ver Las brujas de Salem, que yo monté, era de extracción totalmente popular. A las temporadas en el Museo Nacional iba todo el mundo. Era una fiesta popular. Hay que tener una responsabilidad en lo que se lleva al pueblo porque la cultura no solo debe hacerse, sino difundirse, y se debe estimular la actividad de la gente pues ella tiene necesidad de expresarse. Esto es un instinto natural.
Lo otro que hace falta en este país es más crítica teatral. No estoy en contra del crítico actual, que es muy culto y conoce mucho de teatro, pero debería haber una pluralidad de voces porque, en última instancia, la crítica es una opinión para orientar al público.
―Hacia el futuro, ¿es pesimista su visión?
―No, no soy pesimista, pero me asusta esta cultura alienante en la que vivimos, este consumismo espantoso que trae un tremendo egoísmo. La gente deja de pensar en el prójimo y solo piensa en ella; la competencia obliga a tener más que lo que tiene el vecino; la ostentación se ve por todas partes…
Todo eso me asusta porque la única consecuencia de la avaricia es el endurecimiento del corazón. La cultura trae la tolerancia, la compasión, el conocimiento, incluso la alegría de aceptarnos como somos y no pretender otra cosa. Eso es lo que todos los artistas queremos porque el arte es comunicación, que trae consigo la fraternidad: todas esas cosas que a mucha gente posiblemente le suenen anticuadas.
―¿Todo eso lo ha llevado a alejarse de la dramaturgia?
―Sí, pero no solamente de la dramaturgia, sino, en general de mi actividad teatral. No hay estímulo. Yo hice lo mejor que pude, escribí, y mis obras se conocen en algunos lados; pero no estoy pensando en mí, sino en tanta gente como esos muchachos que me mandan sus obras: son buenas, pero hay que ‘tallerearlas’ y no tienen dónde.
―¿Trabaja en alguna obra?
―Estoy haciendo una memoria de una de mis puestas favoritas, Las brujas de Salem. He escrito montones de páginas con todas las notas que tomé durante el montaje, con las motivaciones que determinaron el pensamiento de los personajes, con la observación de las diversas unidades del texto, sus ritmos y tensiones, y con la correcta utilización del espacio escénico, lo que hace que se conviertan en una especie de partitura teatral, en un testimonio que el estudiante de dirección puede aprovechar como guía para encontrar sus propios horizontes.
Por otra parte, en la EUNED me publicarán mis obras Tiempo diferido y Punto de referencia en un solo volumen. Esto es lo que hago. No estoy refugiado.
(Revista Áncora, La Nación)
El Editor | 29 de Octubre 2007


0 Comentarios