Bien dice nuestro Primer Magistrado que este es un país de excéntricos. No sé si lo sigue pensando ahora que ganó, por estrecho margen, el Sí. En el delirio que ofusca la razón, todo dependía de un suicidio colectivo, si no se aprobaba, o nos convertiríamos en la Albania de la América Central, o a que una gran factoría “se fue” a Vietnam, por la dilación en aprobarlo y otras lindezas por el estilo, que se refieren al reino de la mentira como chista coactivo, indigno de la cultura política de una persona la cual rige los destinos del país, en esa Costa Rica partida por la mitad, a la cual no deben de halagarla, mucho, los trompicones para que se abracen todos, bailando por una pesadilla.
En el reino de la mentira miente aquel que lo hace mejor, usando la ignorancia ajena como presión para dotarlo de una base de asertividad. Pero todo truco, expuesto para asustar a los conciudadanos, hace que salga la venada careta, y se gane por estrecho margen, más allá de las cifras que definen la historia, pero no logran escribirla con las palabras reales que enmarcan el destino de quienes nos gobiernan, hacia el futuro, pero ayudan, sí a dividir más el país, a partir de las elecciones del año 2006.
La candidatura de nuestro Primer Magistrado nace de su interés de ser el Primer Mandatario de una nueva época que se caracterizara por una división, tajante, en la proyección de ese estado-nación que propicia una mayoría ilustrada y que deja atrás una globalización salvaje, un accionar político centrado en el temor, el chantaje y el populismo conservador de derecha, neoliberal le dicen algunos, más una nueva versión del Proconsulado, en el cual las iniciativas de labor política vienen de afuera, y son absorbidas por un sector de nuestros ciudadanos, que van desde los grandes empresarios hasta los trabajadores del sector industrial, más un cierto toque lumpesco, confundido con la pobretería, que aspira a salir del hueco donde lo tienen los gobiernos del Plusc en los últimos 25 años.
Siempre ha afirmado, y pudiera ser otra excentricidad, que lo importante de esta labor de clarividencia política, que significó la lucha contra el acuerdo de Libre Comercio, está centrada en el proceso de estudio de la realidad nacional y no en la loca extravagancia de las encuestas, que pasaban de un porcentaje a otro, con regular frecuencia, como en la última, ¡que invierte la penúltima!, para así lograr un desconcierto total, hábilmente planeado para golpear al No. Es evidente que para un sector muy definido de los miembros de este cuantioso grupo, somos 747.826 ciudadanos, asunto en realidad excéntrico, ya que hace unos años éramos apenas una especie de 19% de los encuestados. Toda campaña cívico electoral debe ser un proyecto pedagógico que desemboque en un Proyecto Histórico Nacional, que una a la población que lo acepta hacia el futuro.
El aporte más relevante de los que apoyaron al Sí, Primer Mandatario y acólitos incluidos, ha sido la campaña que realizaron y su cumplimiento del memorando en términos cronométricos, más la desvergonzada iniciativa de los miembros de la República Mediática, al servicio de los inconfesables, pero explícitos, usos de la noticia-propaganda para incitar al más trasnochado anticomunismo, en el uso de ese terrorismo de la imagen que se convierte en auténtico terrorismo telemático, en esos infames tres días de una tregua informativa, inexistente para la mayoría de los ciudadanos.
Al aceptar todos los participantes la legitimidad del Tribunal Supremo de Elecciones estábamos avalando sus morisquetas como parte de un sistema político gubernamental que, como un pulpo, agrupa a todas las instituciones al servicio del Primer Mandatario, como es la realidad política de nuestro país y de quien fue propuesto, y electo, por un margen reducido de votos en el año 2006.
Que no hubo fraude es una verdad tan grande como una capilla. No en las mesas electorales al menos, donde todo transcurrió en tensión de fiesta, salvo los típicos errores en los padrones, ubicación de electores, fiscales evanescentes o la deficiencia más clara del No; transporte para los votantes y una adecuada acción final para contrarrestar la campaña, ya no del miedo, sino del oportunismo convertido en crispación.
Cierto es que los costarricenses podemos ser excéntricos, o sujetos de stravaganzzas, en la comedia del arte. Pero la verdad es que para ganar unas elecciones, o un referéndum, hay que gastar miles de millones para inducir a la gente a la desconfianza o tener carros, vanetes, autobuses, para acarrear a los asustados votantes que temen perder su trabajo, o ser sujetos de castigo por parte de los dueños del mundo, desacreditados ya en su propio imperio.
Si nos atenemos a lo que dijeron los diarios extranjeros, casi todos mostraron los resultados producto de una campaña centrada en el poder del dinero, la colusión empresa privada-gobierno y de un sector de la ciudadanía atemorizada por quedarse sin celulares, hornos microondas, aparatos de sonido, antes que por la interiorización de los conceptos de soberanía, independencia o dignidad nacional. Es el triunfo del estómago y el bolsillo, apretado, para seguir siendo, no ya la Suiza centroamericana, sino el país donde sus obreros van al trabajo en motocicletas de lujo y, si el acuerdo comercial fuera tan bueno, quizás podrán comprarse una Harley Davidson, según las extravagancias, no ya de los costarricenses, sino del Primer Mandatario y el séquito, tan elegante, de sus seguidores, paseándose entre camareros y bocadillos para celebrar esa pírrica victoria.
No sabemos cuál será el destino de los perdedores, sobre todo de los jóvenes que han sido testigos y protagonistas de esta gesta. Quizás la alegría de la victoria se les troque a algunos en mueca de disgusto por lo que pueda pasar en el futuro, al quedar muchos costarricenses al margen de un congruente proyecto histórico nacional. La vía costarricense, salvo algunas excepciones, ha sido el proceso democrático como medio y fin para lograr ciertas transformaciones sociales a partir de 1941. Cuando se vulnera el proceso, el ciudadano ha escogido el camino más adecuado, que siempre ocurre cuando la cachimba se nos llena de tierra. Después de este proceso al Primer Mandatario solo le queda pedir disculpas por la forma, y el fondo, en que se arrinconó al electorado más tímido, asustado o pendejo, según sea el cristal por el cual se perciba. La arrogancia intelectual, y política, sólo conduce al desastre. Porque cuando se tienen todos los medios del poder los fines salen sobrando, según nos muestra la historia de los movimientos populares, hechos al margen de los políticos teloneros, de buenas intenciones algunos, de pobres aspiraciones otros.
Sobre las organizaciones populares y sociales se alzó esa mitad de costarricenses que dijeron no al acuerdo de libre comercio y a la imposición del proconsulado sobre todas las instituciones del país, sin exclusión alguna.
La comedia ha terminado. El memorando ha sido cumplido en sus nueve puntos. Sobre esto, lo he repetido varias veces, no habrá perdón ni olvido.
Y esto a pesar de las bendiciones del Presbítero don Claudio Solano que los absuelve, por ahora, de todo pecado social.
(La Prensa Libre)
Alfonso Chase | 15 de Octubre 2007


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