El referéndum mostró, tanto a la derecha como a la izquierda, el concepto empobrecido y mutilado de democracia que tienen algunos, a pesar de que, con la historia reciente del Istmo, es ya inadmisible reducir democracia a elecciones y al voto de una mayoría.
Las elecciones son condición necesaria pero no suficiente para que haya democracia. Salvo que adoptemos el “pa’eso tenemos mayoría”, como pareciera quieren hacerlo algunos liberacionistas de cuño reciente –ojalá no sea para hacer méritos ante el poder–, es erróneo creer que, por ganar una elección, la minoría pierde su derecho a disentir y defender sus opiniones.
La democracia, decide por mayoría, pero se prueba, además, por el respeto a las minorías y la incorporación al sistema de sus demandas y aspiraciones. Excluirlas, porque se es mayoría, es crear un sistema antidemocrático. Creer que la mayoría lo puede todo es justificar lo peor de la actual política venezolana, boliviana y ecuatoriana.
Fueron Aristóteles y Platón –no yo– quienes acuñaron el concepto de “tiranía de la mayoría”, para señalar uno de los peligros de la democracia. El concepto puede hallarse en cualquier diccionario elemental de teoría política, que siempre es bueno consultar para no poner en boca ajena simplezas propias. Una mayoría llevó a Hitler al poder y legitimó las leyes racistas, sin ver que sus votos se volverían ladrillos en los campos de concentración. Otras mayorías negaron sus derechos a los aborígenes en EE. UU. y Canadá, excluyeron a los negros en el sur de EE. UU. y a los católicos en Irlanda del Norte.
Lo peor de esta tiranía no es que sea mejor la de una minoría. Es que su legitimidad inicial hace más humillante e inicua la pérdida de derechos de los excluidos y transforma la elección en linchamiento. Por eso, si bien la democracia supone elecciones y la decisión de la mayoría, requiere también instituciones, contrapesos y cultura política democrática. La mayoría decide, sí, pero solo por serlo ni tiene la razón ni le quita a la minoría su derecho a mantener una opinión diferente. Churchill, en inmensa soledad política, peleó por sus rechazadas tesis hasta que Hitler demostró que tenía razón y no la mayoría que apoyaba a Chamberlain. Cuando otra mayoría condenó a Jesús y liberó a Barrabás, mostró por qué el éxito mayoritario no debe deslumbrar ni absolutizarse. Como dijo Darío: “Adelante va Barrabás, cargado de charreteras y medallas. Atrás Cristo, flaco y enclenque”.
Todo lo cual digo para que no se me critique por simplezas que no he dicho y que presumo son hijas de la ignorancia ajena.
(La Nación)
Rodolfo Cerdas Cruz | 21 de Octubre 2007


2 Comentarios
Don Rodolfo: Excelentes sus artículos. En relación con el artículo del Sr. Luis Diego Herrera (La Nación 25/10/07); por favor no prolongue el tema con este señor; ya él mismo lo dijo: “Tal vez ignorante…” y yo agrego: delirante muy probable.
Rodolfo, todo muy bien hasta que caes en tu errada apreciación de los procesos revolucionarios que se gestan en este continente muy a pesar del imperialismo norteamericano.
¿Por qué no comentas la existencia, única en el mundo, del referendum revocatorio en la constitución de Venezuela? ¿Por qué no comentas que en la “antidemocrática” Bolivia, como tu la llamas, solamente por el cobro de impuestos - que antes no pagaban - a las compañías extranjeras ese país ha incrementado el ingreso en más de USD 400 millones por año? ¿ Por qué no comentas que esa mayoría que tanto te desvela en Ecuador es compuesta fundamentalmente por la fuerza indígena, excluida siempre en ese país andino? Por qué no informas sobre la construcción del gaseoducto del altiplano en Bolivia y a quien beneficia?
¿Por qué, necesariamente, las mayorías tienen que apoyar a la oligarquía para que la democracia sea aceptada por la gran prensa?
Adelante Rodolfo, tus lectores tienen derecho a conocer la verdad sobre lo que está pasando realmente en esos países. De informes tipo La Nación o CNN tenemos suficiente, ya sabemos a quienes defienden esos medios.