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Holdridge, el sabio

Luko Hilje | 13 de Octubre 2007

En estos días se cumple el centenario del natalicio del Dr. Leslie Holdridge, nacido el 29 de setiembre de 1907 en un hogar rural, en Ledyard, Connecticut. Volvería a su patria para morir, en Easton, Maryland, el 19 de junio de 1999.

Extenso periplo vital, de casi 92 años, cuyas dos fechas demarcatorias engloban una larga travesía personal y profesional plena de trópico y verdor. Porque, recién graduado en el campo forestal, con poco más de 20 años de edad y mientras era ayudante de cocina en un barco que recorría el Caribe, absorto, se enamoraría de los trópicos para siempre. Así nos lo dijo, ya anciano, con su curtido rostro esbozando una sonrisa evocativa, complementada por una voz suave e impregnada de saudade: “¡Y la lluvia, el sonido de la lluvia sobre las hojas de los árboles en Martinica!”.

Y es que, ¿quién puede resistirse al magnetismo del trópico? Pero él fue mucho más allá. Porque su pacto afectivo lo concretó poco después, laborando en Puerto Rico y Haití, tras lo cual regresó a su patria para cursar el doctorado en la Universidad de Michigan. Y tal era el embeleso, que volvería -esta vez a Guatemala-, para trabajar en plantaciones de cinchona (fuente de la quinina, contra la malaria) y, un par de años después, en 1949, se establecería en Costa Rica para el resto de su vida.

Sería en Turrialba, en el recién creado Instituto Interamericano de Ciencias Agrícolas (IICA), donde iniciaría con paso firme sus propias investigaciones en el campo forestal, con proyección hacia todo el continente americano, a la vez que formó numerosos estudiantes en dicho campo. Ahí estuvo once años, hasta 1961, cuando fundaría el Centro Científico Tropical (CCT) junto con Joseph Tosi y Robert Hunter. Desde entonces recorrerían los trópicos de todo el planeta, sobre todo elaborando mapas de zonas de vida según una metodología propia e innovadora en el plano mundial, y de inconmensurable valor para la planificación del uso de la tierra. ¿Cuál libro de ecología no incluye hoy su diagrama de clasificación? ¿Cuál ecólogo serio desconoce su obra?

Resalto esto porque fue en el provocador ambiente de ese campus del IICA (hoy CATIE) inmerso en las montañas turrialbeñas donde se gestó su gran aporte intelectual, de tan extraordinario calibre. Y, debo decirlo, fue ahí donde lo conocí en el verano de 1973, cuando nos diera una soberbia charla -de la que aún conservo mis apuntes- sobre el uso de la tierra, como estudiantes de un curso de la Organización para Estudios Tropicales (OET). Guardo la indeleble imagen de ese hombre alto y enjuto, con la complexión de don Quijote de La Mancha, cuyo pelo totalmente blanco y larguísimas patillas, sumadas a su indumentaria azul y blanco, lo hacían lucir -para emplear el título del poemario de Rafael Alberti- como un marinero en tierra.

Realmente nunca lo traté de cerca, aunque varias luchas conservacionistas nos hicieron converger en el CCT, especialmente por su padrinazgo para la creación de la Asociación Costarricense para la Conservación de la Naturaleza (ASCONA), donde reafirmaríamos nuestra admiración por este colosal y humilde científico, aunque de temperamento más bien tímido y reposado. Nos reencontraríamos una espléndida mañana de octubre de 1987 en su frugal casa, en las frescas montañas de San Isidro de Heredia, adonde concurrí con los colegas Wilberth Jiménez y Emilio Vargas para entrevistarlo para nuestro libro Los viejos y los árboles. Y, como las fotos que tomé no quedaron bien, pocos meses después subí a tomarle otras, y pude conversar un rato a solas con él.

Como prólogo de su rica y aleccionadora entrevista, compendio de sabiduría en 25 páginas que debieran leer no solo los conservacionistas, sino todos los genuinamente interesados en el desarrollo de los países tropicales -pues sobrepasa el ámbito ambiental-, escribí algunas palabras que transcribo a continuación, en las que se alude, entre otros aspectos, a sus indagaciones en física, a lo cual dedicó muchas horas de reflexión y conceptualización, sobre todo en los últimos años:

“Sus pequeños ojos azules siguen activamente el ritmo de la conversación, aunque ya no son los de antes. Nos lo dice con dolor. Está casi ciego. No puede leer y casi no escribe, pues se le pierde el hilo de lo que va escribiendo. No puede distinguir detalles ni rostros. Pero aunque es cierto que no puede ver, su mente ve más allá del entorno inmediato, pues ha penetrado el mundo infinitesimal de las partículas físicas subelementales. El habla de los fotones con la misma naturalidad con que lo hace sobre pochotes, cedros o cenízaros. Su mente viaja de día y de noche por los espacios intergalácticos, buscando respuestas para interrogantes inmemorialmente planteadas por el hombre”.

Y culminaría mi texto diciendo: “¡Qué humildes son los sabios! ¡Cuán profundo penetran sus ojos lo insondable!”. Porque no hay duda de sus extraordinarias intuición, perspicacia y tenacidad intelectual. Al respecto, debo remarcar que lo que más me impresionó de la entrevista fue la convicción del sólido valor científico y el carácter innovador de sus planteamientos teóricos.

Porque, hablando de sus aportes, se atrevió a escribir en revistas teóricas rebatiendo al propio Albert Einstein en cuanto a la naturaleza de las partículas implicadas en la transmisión de la luz, argumentando que “no son fotones, porque tienen características de ondas, y tampoco son ondas porque cruzan el espacio y se sabe que las ondas no pueden atravesarlo. Yo he ideado que los fotones o partículas esféricas se desplazan en forma helicoidal, que dan la apariencia de ser ondas si se miran de lado. Ese modelo permite realizar sin problema los cálculos de luz, energía, etc. de que hablan los físicos”.

Por supuesto que su planteamiento es demasiado transgresor como para ser aceptado fácilmente por la comunidad científica. Pero, acostumbrado a esas polémicas, que vivió tan acremente cuando su propuesta para clasificar las zonas de vida del mundo fuera víctima del rechazo y hasta del escarnio, con certeza nos dijo: “Yo no creo que lo acepten sino hasta dentro de cincuenta años. La satisfacción mía está ya en un papel, en la postulación del sistema de las zonas de vida, que me costó treinta y cinco años. ¡Y esto es mucho más problemático!”.

Es decir, quizás sea cuestión de tiempo para que, como en los ejemplos que aporta Thomas Kuhn en relación con el tema de las revoluciones científicas, algún lejano día el tan afianzado paradigma ceda su lugar al nuevo enfoque, en este caso hijo de la preclara mente del Dr. Holdridge.

¡Quién sabe! Pero, independientemente de ello, lo cierto es que sus aportes a la conservación de los recursos naturales del planeta son ricos e indelebles, y eso ya lo ha inmortalizado. Fecunda y maravillosa obra, en cuya génesis se fusionaron su inusitado talento y la exuberante naturaleza de nuestra patria que tanto lo apasionara y estimulara, y a la que él supo retribuir siendo lo que fue: un auténtico apóstol de su conservación.

Luko Hilje | 13 de Octubre 2007

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