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A 147 años del asesinato de don Juan Rafael Mora

Armando Vargas Araya | 1 de Octubre 2007

• Un recuerdo y una reflexión, leídos antier ante el Mausoleo de Mora y Cañas en el Cementerio General de San José

Un domingo, como hoy, el Benemérito de la Patria, Capitán General, Defensor de la Independencia y ex Presidente Constitucional de la República, señor don Juan Rafael Mora Porras, cae asesinado por las balas disparadas por orden de quienes detentaban el Poder Ejecutivo.

Ante el mausoleo que guarda sus restos mortales ―porque su presencia es inmortal en el corazón del pueblo―, sus hijos agradecidos rememoramos ―a 147 años de aquel abominable hecho―, su lección más hermosa: el entrañable amor por la Patria, hasta el sacrificio mismo de su vida.

Otro domingo aciago, el 14 de agosto de 1859, comenzó la tragedia que culminó en Puntarenas. A las 3:30 de la madrugada, unos nueve militares despiertan al Presidente Mora; pretextan, con engaño, que hay un desorden de cuartel que solo él puede calmar. Golpeado dentro de su casa de habitación, arrastrado descalzo por la calle y ultrajada su persona con tratamientos brutales, es encerrado en una celda del Cuartel Principal. Luego es recluido en su despacho de Palacio Nacional donde es mortificado con un puñal que amenazan hundirle en el corazón. Su hermano político, el general José Mª Cañas es mandado a arrestar en San Mateo, donde se encuentra en una comisión, escapa a San José y se entrega él mismo. No se registran acciones armadas a su favor porque da órdenes de no ensangrentar el país con una lucha fratricida. En la ruta a Puntarenas, es abordado por los campesinos, ansiosos de saber si va expatriado. Responde que viaja en asuntos oficiales. Es embarcado al exilio junto con miembros de su Gobierno.

Desde el buque que lo conduce por el mar de los destierros, denuncia que los traidores recibieron de los sediciosos un premio en oro. La atención se focaliza en dos súbditos británicos. El nuevo embajador de los Estados Unidos, reporta que la mano y ―dicen algunos― el dinero de los influyentes caballeros ingleses de San José, se traslucen en el movimiento revolucionario. Duda el embajador que la remoción del gobierno de Mora obedezca a algún sentimiento popular. Más tarde, el enviado diplomático de los Estados Unidos confirma que el responsable militar de la traición, aceptó dócilmente el soborno que allanó las acciones de la guardia pretoriana bajo su mando. Se informa que el soborno asciende a $20.000.

¿Por qué es depuesto el Presidente Mora? Porque pone en riesgo la maquinaria de amasar fortuna que operan con angurria supina, un puñado de potentados. El golpe es el producto de un choque de oligarquías. La prensa neoyorquina dice que los cuarteles son tomados no por hombres sino por el capital, not by men, but by capital; un corresponsal informa que la aristocracia de San José es la que da el golpe de Estado.

La conspiración de treinta y seis meses para deshacerse del Presidente Mora es un mismo complot continuado que comienza a partir de la decisión de ir a la Guerra Patria contra el filibusterismo de los Estados Unidos. El derrocamiento ―informa el cónsul usamericano―, es un acontecimiento esperado desde hace tres años, cuando una ingente conjura de personalidades de gran estima es develada, interceptada y sus líderes son expatriados. El patrimonio, no el patriotismo, descifra el golpe de Estado.

Don Juan Rafael viaja a El Salvador y después a los Estados Unidos. En setiembre de 1860 encabeza una rebelión militar que se derrumba cual castillo de arena. Junto con algunos de sus subalternos, el general Cañas se presenta ante las autoridades el sábado 29 temprano. En vano, el Bayardo Centroamericano –caballero sin miedo y sin tacha– ofrece que lo fusilen a él, a cambio de la vida del ex gobernante.

Vencido, el ex Presidente Mora confía en la palabra de honor de sus perseguidores que invocan a Dios en un falso juramento. El domingo –en compañía de su hermano, el general Jose Joaquín Mora– se entrega a las nueve de la mañana para salvar a los suyos. Lleva dos días en vela, sin ingerir bocado, agua si acaso. Guarda la compostura y demuestra grave serenidad. La excitación es intensa entre los puntarenenses cuando corre la noticia de que está preso. Lo encalabozan en el Cuartel de la Aduana o de la Punta.

Inmediatamente se simula una corte marcial que debe contar con cinco generales porque él es Capitán General por Ley de la República. Como solo hay dos, se da de alta en el servicio militar a dos comisarios civiles y, en el acto, se los asimila al generalato, igual que se hace con un coronel. Es, en la jerga forense de los ingleses, una kangaroo court o «corte canguro», un remedo de tribunal que envilece los principios del Derecho y de la Justicia. Los cinco hacen que deliberan y, ausente él sin oportunidad de defenderse, al mediodía dictaminan, de manera informal, aplicarle la pena máxima: será ejecutado en tres horas.

No le permiten hablar con nadie, excepto con uno de los «jueces» que le ofrece «bajo su palabra de honor, cuidar de la educación de Albertito», su hijo de cuatro años. Antes de dirigirse al cadalso, a las dos de la tarde recibe la absolución y es confortado con auxilios espirituales: sincero y buen católico en vida y en muerte, no quiere comparecer ante el tribunal de Dios sin haber arreglado los negocios de su conciencia.

«Estoy sentenciado a muerte y tengo poco tiempo que perder», avisa a su hermano y cuñados, a quienes les encomienda a doña Inés y a sus hijos: «No temo el lance; que venga la muerte que es el término de las desgracias mundanas. […] Dios recibirá mi alma y tendrá misericordia de mí. […] Les ruego que aún a los que me sacrifican, los perdonen como yo los perdono».

Apenas si le queda tiempo de escribir a su señora esposa:

«Mi siempre idolatrada Inesita. […] Nada temo solo me inquieta la triste situación en que quedas viuda, pobre, en el destierro y llena de hijos. Te encargo mucho la educación de mis hijos. […] Cuida de nuestros hijos y háblales siempre de su desgraciado padre, para que jamás se mezclen en la política porque ella es un verdugo que destroza a sus seguidores. […] Recordarás que yo tenía mis motivos para tener tanta repugnancia para invadir este ingrato país y que lo hice instigado por los que me han sacrificado. Dios les perdone como yo les perdono. […] Dios quiera que […] con mi sacrificio todo se acabe, y vuelva la paz y el progreso para estos pueblos desgraciados. Cañas y José Joaquín no corren peligro, a lo menos así me lo han asegurado. No puedes figurarte lo indiferente que me es morir, solo siento la muerte por ti y por mis hijos. […] Va el último beso para mis hijitos. […] Muero como cristiano y confío en Dios que me perdonará mis culpas y que cuidará de ti y de mis hijos. […] Pidan a Dios por esta víctima de pasiones ajenas. […] Adiós, adiós y adiós a mis hijos - tuyo, tuyo hasta el ultimo momento».

Cambia unas pocas palabras de despedida con su hermano, don José Joaquín. Estoico, camina por el Callejón del Estero hacia el patíbulo. Hay nobleza de alma y ecuanimidad extraordinaria en los largos minutos terminales del grande hombre. El sitio de la muerte es donde se alza un árbol de jobo. Los tambores redoblan bajo los rayos calcinantes. En el instante solemne, pide morir de pie, de cara al sol, sin venda en los ojos y ruega que le apunten al corazón. No hay un costarricense con agallas para dar la orden de disparar, que es dicha por un extranjero. La fatal condena se ejecuta a las tres de la tarde del día final de setiembre. Su cuerpo se desploma, la arena se tiñe de rojo, la Patria se mancha por siempre. Acribillado, el Héroe todavía muestra señales de vida, y un oficial lo remata con un disparo de revólver en la cabeza.

«Es la página más negra en la historia de Costa Rica», dice don Eugenio Rodríguez Vega. «Todavía la recordamos avergonzados».

De entre los muchos que presencian la inmolación ―populacho alcoholizado tras jornadas de desenfreno―, y a la seña de un uniformado, salta una chusma que se abalanza sobre el cadáver del Prócer para tirarlo al mar; la gentuza recula ante la airada voz del cónsul galo que envuelve y protege con el pabellón tricolor de Francia el cuerpo sangrante del Capitán General y Benemérito de la Patria. Al ocaso, lo coloca en una barca y boga, solitario con el difunto, al otro lado del estero donde lo sepulta en un lugar recóndito.

Esa misma tarde de ignominia, el general en jefe de la inhumana cacería da cuenta al implacable adversario en San José sobre el fusilamiento. El régimen aprueba todo lo practicado. En cuanto al general Cañas, de acuerdo con un numeroso Consejo de Gobierno, previene sea pasado por las armas. ¿Cómo, un Consejo de Gobierno dicta una condena a muerte? Dos días después es matado el general Cañas.

Los asesinatos de los héroes Mora y Cañas son acciones contrarias al ser de la nacionalidad costarricense; violan los principios, valores e ideales de la costarriqueñidad. El sacrificio del ex Presidente Mora obedece, en mucho más que a conveniencias del Estado y a necesidades de gobierno, a venganzas de agravios personales. Los intereses financieros afectados por la creación del Banco Nacional de Costa Rica, están presentes en el crimen de Estado. Los homicidios intencionales de Mora y de Cañas de ninguna manera se pueden justificar nunca, constituyen crímenes de lesa patria, configuran crímenes de guerra, delitos de lesa humanidad.

El homicidio político del ex Presidente Mora lo entroniza en el corazón del pueblo y lo consagra en el empíreo de Costa Rica y de las naciones que pelean por su libertad, independencia y soberanía. Al inmolarlo, lo eternizan. Su perdón a quienes lo cazan, condenan y matan es una imperecedera lección de nobleza y un llamado permanente a la conciliación. Es oportuno rezar esta sublime oración:

«Mora pide a nuestros corazones un altar en donde a diario arda el pebetero de nuestra gratitud. Mora es el símbolo de Costa Rica libre y su recuerdo de noble valor y de romana entereza es y será la vívida lección en donde aprendamos a sentir el patriotismo. Mora ha de ser siempre en el escudo de nuestra nobleza, el león rampante que sacude su melena y marcha intrépido al combate antes que rendir su fiereza selvática a los grillos del prisionero. Mora es el nombre que nuestras madres han de murmurar al oído de sus hijos cuando les hablen de honor y libertad. Mora diremos cuando el destino fiero amenace nuestra bien ganada independencia. Mora musitarán nuestros labios cuando en la familiar tertulia elevemos el alma para adorar a Costa Rica. Mora es el emblema. Mora es el pabellón. Mora es la patria… ¡Bendito sea!»

El Presidente Mora tiene mucho qué hacer en Costa Rica todavía. Es el mejor Presidente de la República de todos los tiempos. Nuestra personalidad nacional tiene raíces indestructibles en su ejemplo y en sus ideales, los cuales saturan de ideas-fuerza la historia y el porvenir de la nación. Todos los costarricenses somos hijos de don Juan Rafael Mora, de su espada, de su sabiduría, de su sacrificio.

Los siglos aumentan la intensidad del eco del pensamiento del Presidente Mora. En el silencio imponente del cementerio, resuena su palabra actual: «¡Ay del nacional o extranjero que intente seducir la inocencia, fomentar discordias, o vendernos! Aquí no encontrarán más que hermanos, verdaderamente hermanos, resueltos irrevocablemente a defender la patria como a la santa madre de todo cuanto aman, y a exterminar hasta el último de sus enemigos» (1855). Su llamado es vigente: «No quedemos expuestos a que un nuevo Walker vuelva a turbar nuestra paz, batallando por esclavizarnos. […] Levantemos, […] con nuestras propias manos, un dique poderoso que contenga para hoy y para lo futuro ese torrente usurpador» (1857).

Armando Vargas Araya | 1 de Octubre 2007

2 Comentarios

* #2547 el 2 de Octubre 2007 a las 11:48 AM Franklin Soto dijo:

Definitamente, esos mismos asesinos que inmolaron a don Juanito, siguen vivos en el rapaz e inmisericorde capitalismo salvaje (JP II). Pero Juanito Mora, vive y seguirá viviendo en el corazón de la Patria. Su pensamiento, es una lección permanente y actualizada de la más pura Cívica Ciudadana. Ni un paso atrás…

* #2555 el 3 de Octubre 2007 a las 07:31 AM José Calvo Fajardo dijo:

Parece que al fin estamos apreciando nuestra historia. Pienso que a don Juanito se le debería hacer un monumento marcial en que se identifique Costa Rica entera. Eso sería un símbolo alrededor del cual sería más fácil combatir los esfuerzos incesantes de colonización y de avergonzar a los malinches que los acuerpan. Tal vez un grupo escultórico en que aparezcan personajes como don Faustino y Cauty, y por qué no también los malinches.

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