Una de las más hermosas cualidades de la realidad es su naturaleza impredecible, su cualidad proteica de ser hoy una cosa y mañana otra, aunque la insistente necedad humana intente, por todos los medios, predecirla con encuestas, mediciones, investigaciones “científicas” que nada tienen que envidiarle al mago Merlín, cuando se ponía majadero, con su bola mágica, a predecir la suerte o el destino del príncipe. Lo cierto es que el debate o la discusión en torno al TLC ha descascarado algunas “verdades” que se daban por permanentes y reales, acomodadas en la mentalidad colectiva para adquirir con el tiempo categoría mitológica o mágica. Habilidades supuestamente arraigadas a la cultura política costarricense y aceptadas como verdades escritas en piedra, han estado ausentes, porque no fueron necesarias en un sistema político heredero de un pasado reciente, que nunca las exigió como forma de ventilar lo que necesitaba airearse. Allí la discrepancia y la crítica se diluyeron en folclor bipartidista, en un cuestionamiento inofensivo en el que nunca hizo falta poner en práctica las virtudes de la tolerancia y el respeto por las ideas y las personas, porque aún no se exhibían, a la vista de todos, la debilidades éticas de un pacto social y político que reunía lo que hasta ese momento era el consenso general. Pero la realidad llega de nuevo y golpea, y cuando más falta hacen las virtudes y el talento para el diálogo y el debate, es cuando más debilidad muestran.
La ausencia de hábitos y verdaderas facultades para la tolerancia están en el inmovilismo y rigidez de un sistema educativo que perpetuó las antiguas mitologías de una democracia atrapada en la leyenda, en donde todavía no se enseña que discutir y debatir es el momento esencial para comprobar si somos capaces de aplicar un talento como la tolerancia, que es una de las medidas en la que el pluralismo democrático encuentra su verdadera horma. El sistema político no promovió el ejercicio real de respeto por las personas y las opiniones ajenas, sino que las sustituyó por una buena dosis de moralismo estatal recetado por los aparatos ideológicos del estado y por la clase dirigente cada vez que alguien se atrevía a desentonar con las mitologías creadas. Lo cierto es que la política heredada dejó que otros discutieran en lugar del ciudadano, delegó el debate y la deliberación en muy pocas manos, permitió que una prensa comercial totalizara la encarnación de eso que llaman la opinión pública cuando en realidad lo que se gestó fue una apropiación indebida de la opinión de todos los ciudadanos.
Los que encontramos todo hecho y me refiero a las libertades sociales, políticas y jurídicas para la convivencia democrática, pronto descubrimos un sistema político que había dejado muy poco espacio para el ejercicio de la discusión y el debate. La controversia de ideas se presentó como una malformación , como un exceso no previsto en los manuales políticos al que solo era posible responder con la descalificación o aplicación de la censura previa o absoluta. Se promovió una versión de la tolerancia cercana a los modales que habían sido atributo histórico del costarricense ciertamente valioso, para caer en la consigna y en la propaganda útil y efectiva y dar continuidad a la política tradicional, que fue incapaz de arraigar hábitos y actitudes con los que se escolarizara y alfabetizara en el difícil arte del libre juego de las ideas y la contradicción.
El Sistema prefirió educar en el silencio, en la indiferencia, como una forma de negar y rehuir la disidencia, para emplear la formas y los respetos protocolarios de los códigos de urbanidad y evitar así la discusión sin prejuicios, sepultar la tolerancia en su dimensión real como actitud que se ejerce con y entre los otros, acto difícil, lleno de obstáculos, cargado de la subjetividad de cada uno y que solo es posible en el intercambio y el diálogo entre unos y otros, y no en el cómodo silencio de las propias convicciones.
Los tiempos en los que se aceptaban con tolerancia y respeto las viejas militancias familiares que componía el entramado social, permitieron que la discrepancia se resolviera en la aceptación y respeto de la opción personal, pero tuvo como correlato la trivialización de la crítica a la política, con tal que la democracia costarricense siguiera funcionando, en una suerte de pacto de silencio que permitió ganar en estabilidad mediante la creación de instituciones, pero que al no estimular la discrepancia y la deliberación como oxigenación del Sistema; lo que ganó en “institucionalidad” se perdió luego en legitimidad social y política.
Todo este cercenamiento del debate, dejó audible la ampulosa voz de los políticos y tecnócratas asesores de las grupos empresariales, para reducir a murmullo la voz de los ciudadanos. El “marketing” del miedo, los ataques a la libertad de expresión y la censura, son el gran síntoma de la inhabilidad y ausencia de talento que demuestra que la educación y la política tiene una deuda pendiente con una democracia, que poco ha realizado para que la tolerancia sea real y no un término hueco, sin arraigo en la vida cotidiana de los costarricenses.
Paúl E. Benavides Vilchez | 25 de Septiembre 2007


2 Comentarios
El cuarto poder de la Republica, los medios de comunicacion masivo, radio, prensa , tv, etc y los medios de comunicacion electronicos jugaran y estas jugando un papel decisivo en la reestructuracion de la sociedad , del estado costarricense , y del tipo de sociedad que cual alfarero , tallara, formara, dara expresion.
La inercia que adquirió el sistema político durante tanto tiempo no le ha permitido cambiar el rumbo a pesar de que se aproxima el abismo. Llama la atención el “inmovilismo y rigidez” con que ha llevado la “discusión” del TLC el Sistema, que como bien lo dice el artículo no presenta virtudes de tolerancia y respeto. ¿Será una condición humana la dificultad al cambio? ¡Si desarrollamos una sociedad habituada al diálogo y al debate nos será difícil cambiar ese rumbo!