El paleógrafo puso sus ojos en el viejo estante. Tomó el códice indígena para arrumbar hacia el pasado infinito. Los signos sepultados en el curso de los siglos han de tomar nueva vida; es su propósito. Multitud de pasos son un territorio lerdo, ceñudo, difícil; acarrean notas de tiempo pretérito desbocado en el acorde de la gravedad del espacio. Búsqueda de los vestigios de una civilización perdida en los pliegues de la historia.
Poco se recobra; lo otro fue desaparecido en las venganzas de unos frailes necios atentos solo a sus ornamentos; de conquistadores sedientos de oro y pleitesía; allí se eliminó el poder descifrar momentos cruciales sobre el destino de una gran civilización, la Maya, asentada en Mesoamérica.
Conjuro de Capitanes de baratería, ocupados en aventura impúdica; repaso de las grandes ofensas a los derechos naturales. Como con otras culturas indígenas, se impuso la ley de los vencedores; del otro lado del océano se establecía el nuevo orden social y económico. Vergüenza provocada por el fastidio devastador al romper la simetría de las formas y el fondo de una cultura más que secular. Espadas flamígeras y piras de destrucción, forjan la cadena de la injusticia; normas venidas de la acción sin límite, resuenan en la larga faena de tres siglos.
Es el arrabal de la ventisca: hizo su destrucción férrea y despiadada mano; abandono deliberado de la fraternidad fundada en el amarse los unos a los otros: impía actitud de los abanderados de una caridad, envuelta en el papel de las naderías, canjeadas por el polvo del oro partícipe en la vida del pueblo indígena.
Así calló la voz de una verdad, olvidada en los retazos de la vorágine avasalladora. El libro del tiempo semi destruido, dejó abiertas las pupilas al lector del pasado; perdió la oportunidad de encontrar toda la sabiduría escrita: lectura sagrada nacida de lo encomiástico; vigor en la entrega a sus dioses, sus ritos y sus cantos. ¿Qué se salva de esa destrucción? ¿Tan solo la cultura del maíz?
Empero, hay recuerdo de otras imágenes llenas de colorido, de fortaleza y del vivir tiempos mejores; son los monumentos erigidos al paso de la cultura de hombres de maíz, flor de la gramínea extendida en la fértil tierra; signos de entendimientos labrados con la visión profética de sus soñadores y sacerdotes. Hoy esa siembra es olvido en la modernidad acongojante. Los hombres de maíz son remoto pasado; las generaciones nuevas sobreviven de la miseria escondida en los juegos de las grandes empresas. El maíz era el alimento, hoy eterniza en el rugir de los motores. Cascabel de fiereza no contenida en la saqueo de la historia. El maíz era todo y va a ser nada de la fiesta ancestral. Todo está oculto en la noche del infortunio, con la conseja de lo sórdido.
Hubo el silencio ensombrecido por la pérdida del valor solariego. Todo se convirtió en polvo del camino…queda ahora, con la actualidad destructiva, de los grandes consorcios y la explotación irracional de la tierra, el final de la vida indígena, con sus mitos y leyendas: aquella cultura forjada por Tepeu y Gocumaz, según la cual, con el maíz, la madre y el padre se formaron de su carne; con su masa se hicieron los brazos y las piernas del hombre. Lo previó Miguel Ángel Asturias: “Sembrado para comer es sagrado sustento del hombre que fue hecho de maíz. Sembrado por negocio es hambre del hombre que fue hecho de maíz” ¡Ya no quedan ni brazos, ni piernas, ni maíz!
Rogelio Ramos Valverde | 2 de Septiembre 2007


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