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Don Joaquín

Rogelio Ramos Valverde | 9 de Septiembre 2007

Eran mis años de alumno del Liceo de Costa Rica, liceístas como nos autonombrábamos. Nos dirigíamos a una solariega casa, no tanto debido a su construcción, sino en forma principal por su aliento a la cultura; estaba ubicada en el centro de San José; en la avenida segunda, frente a la oficinas hoy de la Caja Costarricense de Seguro Social –todavía no se pensaba en su ampliación, mucho menos que cuarenta y tantos años después de iniciada, su conclusión aún esta en veremos– y al murmullo de nuestras inquietudes, de pronto dimos con la puerta de entrada. La fecha: 1944 o 1945. Nos acompañaban dos profesores, Napoleón Quesada, del otro no tengo memoria.

La mañana era clara, esas mañanas de invierno donde el sol eleva la temperatura y se puebla de nubes el cielo, un suave viento nos llega del norte; a lo lejos las montañas de un verde azul, con la diafanidad de la luz parecían acercársenos; en la tarde vendrá la lluvia con su frescor y a ratos con ráfagas de otro viento más acelerado.

Un pequeño saloncito era el recibidor; y vimos la figura de don Joaquín García Monge que llegaba a nuestro encuentro. Era un hombre tranquilo; había pasado ya sus años mozos, más bajo que alto, vestido con elegancia, traje oscuro de rayas muy discretas, chaleco y un reloj de bolsillo. Su cara era ovalada, la frente ancha, con la calvicie muy pronunciada, cejas pobladas y ojos vivaces; nariz recta y boca delgada. El tiempo cómplice y el estudio de la vida, lo habían llenado de sabiduría.

Estábamos frente a uno de los grandes valores literarios de Costa Rica; estábamos frente a un hombre que había traspasado las fronteras patrias y se había colocado en un pedestal de granito. Era una de las figuras prominentes de la Patria, en un tiempo que la cultura brillaba en nuestro país con luz propia, sin las andaderas de los intereses económicos. La Costa Rica que miraba el porvenir con grandes desafíos, y enfrentada en la lucha contra el fascismo, esperaba un despertar más plácido para la humanidad.

Los murmullos cesaron; hicimos un gran silencio. Entonces comenzó a hablar. Su voz era apagada, medía las palabras con una gran simetría. Dijo sentirse halagado por la visita que un grupo de estudiantes le hacíamos. Recordó toda su vida de educador. Su paso por Chile, por la Secretaría de Educación. Frases hilvanadas con mesura y sin alteraciones. Repitió varias veces su condición de educador: que eso era él y quería seguir siéndolo. La conversación siempre lo fue por campos tranquilos.

Le pregunté, casi de soslayo, sobre el Repertorio Americano, del cual era editor y director. Con voz pausada, pensando cada frase, contó de las inquietudes literarias; de sus primeros trabajos en la novela costarricense, del interés que tenia de hacer de su Repertorio una forma de reunir a escritores de todos lugares en procura de crear cultura a través de los océanos y las montañas. Nos mencionó a don Andrés Bello editor de otro Repertorio Americano en el siglo XIX, de las gestas de Bolívar y Martí; José Cecilio del Valle y Juan Rafael Mora, en el pensamiento y la acción de una América Latina unida. Casi como una confesión, nos expresó que su entrega trataba de hacerla con pautas precisas para que saliera con tiempo, pero que no siempre sucedía así. No lo dijo, pero después supimos de sus angustias económicas para la publicación; hasta en eso fue discreto con nosotros. Era una lucha personal, solo, si otra ayuda que su propio esfuerzo, en el deseo de convertir a Costa Rica en el faro de la cultura de todos los pueblos. ¡Cuánto se gasta en fondos públicos, en naderías de auto-bombo para más de un funcionario mediocre!

Tuvo después una frase que me ha quedado para siempre; no la puede reproducir con exactitud, pero si el concepto central: dijo, que la cultura es la forma de liberar las ansias de las personas por avanzar, por progresar; todo esfuerzo que se haga en ese sentido traerá luz y liberación a los pueblos, los que aun ahora están sojuzgados por regímenes dictatoriales y demenciales. Necesitamos más luz y más cultura.

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No conocía entonces el discurso de don Joaquín ante el Monumento Nacional, aquel 15 de setiembre de 1921. Pieza siempre aleccionadora de lo que es la Patria, madre nutricia de todos los buenos hijos de esta tierra. Lástima el no haberlo sabido pues me hubiera permitido ahondar en el valor ético, como supremo entender el Patriotismo. Ante el Monumento es una oración que apela a la conciencia patriótica; suena con el bronce de las figuras representadas en la victoria contra la horda filibustera, y es llamada de permanente vigilia por defender nuestras libertades y nuestra democracia.

Dijo el orador, entre otras cosas: “A la memoria de Juan Rafael Mora, víctima de la ‘perversa política costarricense’ como él certeramente lo calificó antes de morir. Presidente despierto, y Libertador de Centro América, en los memorables años del 56-57. Militares a sueldo de la oligarquía capitalista costarriqueña, ignominiosamente lo fusilaron en Puntarenas, Costa Rica, el 30 de setiembre de 1860. Por supuesto, ahora tiene estatua.”

“Enseña este Monumento que las leyes morales se cumplen inexorablemente y que no deben ser ultrajados los pueblos chicos por ser chicos; que también los poderosos se tambalean cuando fundan sus relaciones con los demás en el atropello y la injusticia… ya no brilla la codicia conquistadora en la punta de las bayonetas sino el disco de la áureas monedas. Si es sumamente grave que aventureros extraños se atrevan a comprar la Patria, lo sería mucho más, e ignominioso, que hijos del país de bruces se la vendieran.”

Volvió entonces su mirada hacia nuestro destino como pueblo libre, y expuso su pensamiento en la conservación del patrimonio nacional, protegiéndolo de caer en las deslealtades de unos pocos sedientos de poder y riqueza, en frases de inquebrantable valor, al decir: “Si importa saber como fuimos libre, importa saber como conservarnos libres… La tierra es la que sustenta a hombres libres. Los pueblos que venden sus tierras porque ya no quieren, no pueden o no saben cultivarla con estudio y cariño, de propietarios se tornan inquilinos.”

“Nada es más funesto para una comunidad que las oligarquías vanidosas y ambicioncillas que convierten el gobierno en un bien privado y no en lo que debe ser, un bien público: y anteponer sus egoísmos repugnantes y sin escrúpulos a la suerte misma de la Patria…”

Agregó: “Enseña este Monumento que Centro América y la América entera, abiertas a los intereses de la civilización occidental, no se alzaron de las aguas para convertirse en factorías de los pueblos mercaderes y codiciosos, sino tierra de libertad para humanidades ansiosas de mejorar la vida y no tan solo de hacer negocios más o menos lucrativos, o de explotar nuestros recursos naturales; para gentes que vengan a construir la Patria de la nueva cultura, del hombre nuevo que funda su prestigio y su decoro en vivir según las imperecederas normas de la justicia, la libertad, la belleza y la verdad.”

Y como admonición a nosotros, los costarricenses: “El Monumento es simbólico y con ello, su valor espiritual permanente. Dice de la actitud vigilante y defensiva contra los enemigos malos de la Patria, contra los exteriores que la amenazaron un día, y pueden amenazarla, pero también contra los internos que la amenazan a todas horas.”

Así habló Joaquín García Monge ante el Monumento Nacional, al cumplirse cien años de la Independencia, mensaje de valor diamantino y actual, para el pueblo de Costa Rica.

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La reunión con nosotros, los liceístas, había terminado en aquella fructuosa mañana. Nos despedimos del ilustre profesor. Calmadamente llegó hasta la puerta en un adiós final. Después lo vi, muchas veces, recibiendo el sol mañanero o atendiendo en su puerta algún amigo en amable coloquio; siempre apuesto con su traje oscuro y su leontina.

Errumbamos por la avenida segunda, doblamos hacia el sur, Paseo de los Estudiantes, hasta llegar a nuestro Liceo. En el camino pensábamos, entre tantas cosas que la juventud acaricia, en el mensaje de don Joaquín García Monge, Benemérito de la Patria, gloria de nuestra literatura. Todavía parecen resonar sus palabras que son como el agua pura y fresca de nuestros manantiales.

Nos colamos por el viejo edificio del Liceo y solo una mancha gris, el gris de nuestro uniforme, venia con nosotros como el viento…

Rogelio Ramos Valverde | 9 de Septiembre 2007

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