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Un nuevo académico

Rogelio Ramos Valverde | 27 de Agosto 2007

Los años de liceísta. Apenas era el primer año. El profesor de castellano -hoy se dice español- viajaba todos los días desde Heredia. Su nombre: don Samuel Arguedas. Hombre de amable y cariñoso trato. Fue el adecuado Maestro para los afanes nuestros de entender - nunca se aprende del todo- la trabazón y el mensaje del idioma. ¿Cuántas cosas giraron entonces, sobre la presencia del lenguaje, su corrección, el buen escribir? ¿Y sobre todo, aquella lejana y autorizada presencia de una señora rescatada de la vieja España; la madre de todas las madres, ante la cual se inclinaban casi todos, como si fuera la matrona del buen decir: la Real Academia Española?

La Academia pasó con solvencia la crisis de la Independencia de las colonias hispanoamericanas: junto a la espada de Bolívar, quien logró amasar con sus letras, un estilo lleno de brillo, vibrante, generoso, en sus Proclamas por la Libertad; otro venezolano, Andrés Bello, acarreó con su Gramática, la unión sacramental de las Españas, en un alarde de comprensión para el lenguaje heredado, y que nos distingue en el concierto de la cultura universal.

Desde siempre, aquella primera visión de la Academia Española, me ha seguido como la sombra, en pertinaz deseo de no traspasar sus augustos limites; y muchas veces al hacerlo, con la libertad de entender el idioma con la naturaleza de la creación social, también con la esperanza de usar locuciones que amplíen su acervo y den otro sentido a las cosas, me he metido en mas de un lío con el léxico, y quien con rubor recuerda que en aquel primer año del Liceo de Costa Rica, fui aplazado en la asignatura de Ortografía por don Samuel. Recuerdo ingrato de una Navidad pasada por la incertidumbre de los exámenes de marzo que finalmente gané.

Esa fue mi primera experiencia con las leyes emanadas de la Academia. Todavía hoy, me cuesta escribir sin incurrir en esas faltas ortográficas- son de menor monta que otras de mayor calado en la prosodia o en la utilización de sujetos, complementos directos, indirectos y no se cuantas cosas del estilo- y cuando lo hago, me siento pecador venial o mortal, según sea la falla. Entonces, el fantasma de un purgatorio me acosa.

Se anuncia un nuevo Académico de la Lengua en la nuestra. Viene amparado de un largo peregrinar por las letras nacionales. No es un improvisado. Aparte de las notas periodísticas, paso inicial de su carrera profesional, ha cultivado con esmero el trato biográfico con honda perspectiva. Más allá o más acá, de las situaciones propias del personaje, toma el ritmo de considerar el entresijo de las voluntades y las situaciones propias de la época, con el propósito de dar una versión jalonada de amplio conocimiento en perspectiva y hondura. Desde luego, hay críticas a su trabajo que acepta con la libertad de opinión de una democracia como la nuestra, y si es del caso, la réplica consecuente.

El estilo es franco, abierto, sin circunloquios y al mismo tiempo, con absoluta convicción de su trabajo. No alberga, ni pretende serlo, pertenecer a capilla, escuela o sometimiento a determinada armadura ideológica. Dije antes biógrafo, tal vez no en el sentido de contar, como Suetonio, las larguezas y las flaquezas de los Emperadores Romanos, y por lo tanto lejano de los historiadores, sean éstos de cualquier matrícula o de orientación determinada.

La llegada de Armando Vargas Araya como nuevo Académico constituye un acierto. Ocupará un asiento, donde otros costarricenses han figurado dándole prestigio a la Costarricense. De él esperamos afirmación en el discurrir de lenguaje como la vida social que palpita en el español, nuestra lengua vernácula; esperamos asimismo, la lucha por mantenerlo sin las contaminaciones de barbarismos que atosigan con el ambiente nacional, producto de un vasallaje rayano en insuficiencia cultural. Y en cuanto a este pobre mortal, la ayuda incomparable para escribir con propiedad, promesa de siempre, dándome los elementos sustanciales y necesarios, para salir de ese Purgatorio, producto de mis pecados y de mis errores idiomáticos.

¡Felicidades, muchas felicidades Armando!

Rogelio Ramos Valverde | 27 de Agosto 2007

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