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Solo en Costa Rica

Pablo Barahona Krüger | 31 de Agosto 2007

Volvemos a decir, por aquello de las dudas: “solo en Costa Rica”. Esta es la sexta vez que, lastimosamente, la conciencia obliga a inclinar la pluma hacia el apunte de los endemismos ticos, sea: de las excentricidades típicas de nuestra maltratada Costa Rica.

Esta seguidilla de artículos, cuyo primera publicación apareció hace varios años, se me hace una puerta que abrí sin posibilidad de cierre. Cada vez que creo agotarlas, consciente de que la realidad costarricense es medianera por naturaleza y tibia por convención, me asalta la conciencia un nuevo hecho que me obliga a escribir, una vez más: “Solo en Costa Rica”.

Solo en Costa Rica resulta defendible un Tratado de Libre Comercio negociado por representantes estatales educados por la contraparte y pagados después, en repetición de condicionamiento, también por el otro lado, sí, por los gringos.

En abono, solo aquí se confía a un astronauta lo que pareciera muy terrenal: una decisión sobre los términos de intercambio comercial y bastante más (territorio, agua, salud, educación, soberanía y un serio y mayúsculo etcétera). Solo en este país se olvida, además, que el gran científico es de esos que tiene doble nacionalidad, algo así como tener dos madres, posible desde el plano retórico pero difícil cuando de probar fidelidades se trata. Justamente de esta dificultad (servir a dos amos) proviene la desventura de la contradicción; del ridículo de decir primero que no (el Franklin Chang notable), con argumentos, además, y después que no (el chinito paniaguado de ahora), sin ninguna explicación de fondo que explique y sobre todo justifique tan acientífico cambio de posición.

Y seguimos circundando el tema. Solo en Costa Rica un Tribunal Electoral compromete tan seriamente su condición “suprema” al alinearse en el frente de batalla con las legiones, que más nos parecen hordas piráticas, comprometidas con el antipatriótico y ahistórico encargo de someter a las universidades públicas; últimos bastiones de cultura y pensamiento independiente -léase: creativo-, a las órdenes del capital y su ignorante interés. Solo nos queda decir: ¡cuidado! Con la autonomía no se juega. No se olviden que atentar contra la institucionalidad es volverse contra sí mismos. ¿Recuerdan ustedes la metáfora del alacrán? Los recién nacidos se comen a su madre. Nada más queda decir: Somos lo que defendemos.

También, solo en Costa Rica, vemos al Presidente del TSE sacando tarjetas amarillas, expresión más coloquial que elegante, poco jurídica en todo caso y bastante política a fin de cuentas. Pero no es la tarjetita lo que causa hilaridad, sino desconsuelo. Es la causa que los inspiró a regañar a los del sí y a los del no, la que debe apuntarse como una excentricidad con sello patrio. Se llamó la atención de ambos movimientos por desvirtuar la información, es decir: por mentir con fines propagandísticos utilizando las resoluciones del TSE. Se convirtió así, el Tribunal, en preso de su propia desidia y falta de intención (poder eunuco he dicho otras veces).

Concluyo este punto. Semanas atrás, el Observatorio de la Libertad de Expresión le recomendó a los magistrados electorales vigilar los términos de veracidad de la información o cuando menos las violaciones flagrantes del artículo 46 constitucional que, de cara al referendo, obliga a los medios de comunicación a brindar información adecuada y veraz y no cualquier propaganda disfrazada de conocimiento o posición ideológica enlatada en un alo metálico de objetividad. El TSE no se atrevió y del caldo que no quiso probar, le recetaron dos tazas. O controlan ellos o los controlan. Si la balanza se sigue inclinando hacia lo segundo, los tiempos que vienen pondrán la cara pálida hasta a La Negrita de Los Ángeles.

Y perdón, pero no puedo dejar de decirlo: solo en Costa Rica se pretende que los académicos dejen de decir lo que piensan. Eso sí que no lo vemos en ninguna sociedad consciente donde, como decía mi abuelo Luis Barahona, el primer deber del académico es anteponerse al caos, el del político, seguirlo. Solo aquí se prefiere ser ciego y, además, renunciar al lazarillo.

Pero el origen de esto último lo entiendo. La única forma de mentir sin rubor y decir idioteces cual metralla a discreción es si el auditorio es, o muy tolerante -léase: pendejo-, o bien, aún más idiota, y para ello, la academia, entendida como conciencia lúcida, estorba.

Y digo esto porque o yo soy muy idiota -como parte del auditorio ciudadano, que es el más amplio de todos- por no creer que a partir del TLC mi jardinero -o maquilero, da igual- que ahora viene en bicicleta va a venir en moto BMW, y que mis estudiantes recién graduados van a ir al trabajo en Mercedes Benz, o es que el poder, además de corromper, idiotiza.

Pablo Barahona Krüger | 31 de Agosto 2007

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