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La vieja aldea

Rogelio Ramos Valverde | 11 de Agosto 2007

En su día, a mi madre, Mercedes Valverde de Ramos, maestra de Religión

En la vieja aldea. La resguarda la cadena montañosa; forma de anfiteatro de romana cadencia. El río apacible en este invierno aventurado; corre con vista al oriente, en busca del mar azul y verde. Una pequeña torre en la minúscula iglesia. Las campanas tan viejas como la aldea; vinieron con la conquista española y se asentaron durante la colonia; son la fuente primaria de un mestizaje surgido al calor de la unión de razas, tan dispares como la vida de vencedores y vencidos.

Las campanas vistas desde el altozano del curioso sendero, lleno de curvas y otras curvas, en la mañana, con el sol vibrando en el cielo azul de nubes carmesíes y blancas, son el primer asiento de la Patria; la nuestra, forjada al calor de los sembradíos en la angosta faja de montaña y río. Asiento de nuestra estirpe, cuajada de valor, grandeza, limpidez de propósitos, arremolinados en la vertiente de la historia.

Cuando el badajo suena y los feligreses concurren a su llamado, hay un hálito de paz circundado; es el emblema: caída y muerte; luego la resurrección a diario cantada en la devoción de la misa. Todo al unísono del sentimiento elevado en la conversión de pan y vino en el misterio de la fe. Mecidos por esa fe, se acercan a recibir el pan divino con humilde devoción. ¡Cuántas veces a lo largo de los siglos, se repite esa devoción venida de abuelos a padres y de padres a hijos!

Han cambiado las ritualidades. Desde el latín y las formas, hasta la visión vernácula del lenguaje; desde el altar con la espalda a los fieles, hasta el oficiante con su figura frente a los concurrentes. Pero no ha cambiado, no puede cambiar, ese momento supremo de postrarse ante el pan bendito; no se modifica el gozo espiritual del devoto. Encarnación de lo supremo sobre las formas, escala de gratitud en medio de la montaña, con sus árboles movidos por el suave viento; con los pájaros cantando la belleza de vivir; con el río vivaz sobre las piedras como luceros, bañados por la claridad del día.

La vieja Iglesia en la vieja aldea, mueve el más profundo calor humano. Allí se detiene la festinación de otras sectas de desmayado fulgor, venidas de allende los mares; destino insólito en la roca firme de la fe católica. Se llama Orosi, sí, polvo de oro de la nacionalidad. Es la montaña verde como la esmeralda, es el río de notas llenas azules y blancas; es el campo abierto a nuestro pasado, presente y futuro. Campo de flores y verduras sobre el que se asienta lo costarriqueño.

San José, 10 de agosto de 2007

Rogelio Ramos Valverde | 11 de Agosto 2007

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