Es el atardecer. Diáfano ambiente del estío. Cielo azul claro. La luz del sol baña el estrecho valle y se proyecta en el alto cerro; reverbera irisada la masa granítica. Se aprecian los serpenteantes caminos, las oscuras manchas boscosas, las aguas que corren y se lanzan al abismo. Cataratas que semejan luengas barbas plateadas.
Salgo de la casa. Me acompañan mis tres hijos; no había nacido todavía el cuarto, Mario Alberto. Pasamos los mármoles negros y amarillos del portal. Bajamos las gradas de la pequeña escala. Llegamos a la calle.
No tenemos rumbo; vagamos al azar. A pocos metros hay una ancha avenida que sube hasta las faldas de la montaña. Por ella van los vehículos en rápido movimiento. Son parte del acuciante suceder de la vida moderna. Alacridad de la urbe.
Nosotros descendemos hacia la Plaza Altamira. Grandes árboles custodian la calzada. Acá el araguney, más allá aquel samán, al otro lado una encina. La vegetación es exuberante: en los jardines las azaleas, las amapolas, las rosas. Colgadas en las tapias pendulan las parásitas. La flor de mayo. Hojas anchas ornamentales. Sobre los muros buganvilias o veraneras de múltiples colores; también la corona de Cristo, con sus diminutas florecillas y sus afiladas espinas.
A lo lejos la figura familiar del Obelisco; es el este caraqueño. Vamos a paso lento. Al llegar a una esquina hay una casa como muchas otras de la zona. En el frontis, su nombre: quinta Sonia. Está pintada de blanco, arcos redondos, puertas y ventanas de madera tallada. En el segundo piso, sustentado en pequeñas columnas torneadas está el balcón. Allí la mecedora; sentado en ella, un anciano. La luz solar ilumina su rostro. Cara ancha, frente amplia, nariz y boca gruesas. Viste sencilla guayabera blanca. Sus ojos miran hacia el frente pero parecen hundirse en el infinito: eterna búsqueda de la obra artística. Se le nota cansado. Estuvo enfermo; la dolencia ha dejado sus huellas.
Ese rostro es familiar en Latinoamérica. Lo hemos visto en la prensa diaria, en las revistas, en el cine y en la televisión.
Digo a los muchachos: “Vean hacia el balcón. Guarden la imagen de ese hombre. Su vida está ligada a su país y a toda nuestra raza. En el futuro sabrán de su fecunda tarea, de su espléndida prosa y de su probidad intelectual. Cuando ya nosotros no estemos aquí, en este mundo que ahora vivimos; cuando las cosas que nos rodean en este momento sean derribadas y en su lugar se levanten nuevas casas y edificios; cuando muchas instituciones se hundan y surjan las que vengan a sustituirlas; cuando las generaciones se sucedan unas a otras; entonces, todavía su nombre seguirá pronunciándose”.
Rogelio, el hijo menor, abre sus grandes ojos. Levanta la mano y con su dedo lo va a señalar. Me adelanto a fin de corregirlo. El anciano nos ve y con un pequeño movimiento de la cabeza y una sonrisa, nos saluda. La voz de Ana Cecilia, con su agradable metal, pregunta: “Papá, ¿quien es ese señor?”
Para entonces el sol se había ocultado. Se perdió detrás de los contrafuertes occidentales. Es la hora crepuscular. Se encendieron las luces de Caracas. El perfil del Ávila se recortó en el cielo. Volvemos al hogar.
Meses después el balcón quedó solo. El hombre que lo ocupaba cae enfermo otra vez. Se agrava. Muere a los pocos días. Hay una condolencia general.
Ahora mi otro hijo, Alejandro, me pide el libro Doña Bárbara. De sus páginas emerge parte de la vida de Venezuela y de nuestros pueblos. En el tiempo y en el espacio. Llaneros y llanuras. Ríos y caños. Dureza de la vida. Emociones y miserias. La carroña humana. Todo pintado por la mano maestra de don Rómulo Gallegos ¡Cuanta alegría poder llevarle la obra! ¡Empieza a conocer al gran novelista!
(La Nación, 13 abril 1971)
Rogelio Ramos Valverde | 5 de Agosto 2007


1 Comentarios
¡Hermoso tributo -con su cautivante y ya proverbial prosa lírica, apreciado don Rogelio- a la grandeza del inmenso ser humano que fue Rómulo Gallegos! ¡Muchas gracias!