Disminuir tamaño de letraAumentar tamaño de letraImprimir paginaEnviar esta pagina por e-mailAmpliar el ancho de la paginafluid-width

Guido Fernández y “La Nación”

Julio Suñol | 26 de Julio 2007

El periodista y escritor Guido Fernández murió hace una década, a los 64 años de edad. Estaba en la plenitud de la vida y de la producción literaria. Su muerte prematura nos dolió a sus amigos y compañeros de muchos años. Quien perdió fue el país. Se dirá después por qué.

La fecha del deceso nos la recordó el periodista Enrique Tovar, quien lleva un control de muchos hechos locales, internacionales y científicos. Y los divulga en distintas secciones y medios de comunicación.

Aprovecho esta fecha para rendirle un recuerdo fraternal a Guido, con quien compartí varias jornadas periodísticas, algunas desconocidas por el público pero que revelan bien cuáles eran nuestros talantes y formaciones.

No siempre coincidimos en los enfoques periodísticos y políticos, pero nos respetamos mutuamente y hasta tuvimos oportunidad de convivir por unos días en mi apartamento de Nueva York con ocasión del disfrute por él de una beca de viaje.

Si contara que Guido nos hizo de “baby sitter” en Nueva York, mientras yo cumplía con alguna otra actividad, puede resultar difícil de creer. (En ocasiones se quedó cuidándonos al recién nacido, que entonces tenía meses y hoy llegó a los 50 años). Es que éramos de verdad amigos. Convivimos por pocos días en el exterior, tiempo aprovechado por ambos para cumplir nuestras respectivas funciones y mantener diálogos interesantes entre el ir y venir en la gran manzana.

Esta narración en apariencia solo contentiva de particularidades (pero que tuvo posteriores proyecciones públicas), fue parte de un hilo de relaciones personales y profesionales, que culminaron cuando por el cierre de Diario de Costa Rica que yo dirigía, pasé en 1974 a laborar en La Nación con su apoyo y el de don Jaime Solera. Empecé como analista parlamentario y político, luego fui editorialista, jefe de información y simultáneamente jefe de la sección editorial del periódico, para terminar como miembro exoficio de la junta directiva con Adrián Vega, Juan Antonio Sánchez Alonso y Enrique Benavides quienes, como yo, solo éramos periodistas y actuamos en esa condición en tales puestos corporativos.

Lo que antecede tiene el propósito de exaltar la condición de un auténtico liberal de los de antes, porque Guido creía en las libertades todas, las económicas y las políticas, y no solo en las primeras, al uso por muchos de los que en la actualidad se resisten a las segundas, como periodistas o como empresarios. Son los liberales a medias o antiliberales en el fondo.

La médula del introito es que en su calidad de director me pidió a mí como jefe de la sección editorial, que elaborara un comentario crítico sobre el naciente Colegio de Periodistas de Costa Rica.

Me negué enfáticamente y le dije: ―No soy el dueño del periódico y no puedo imponer mi voluntad, pero sí mi conciencia. Ese artículo no lo escribiré nunca por la razón que conoces: redacté el proyecto de ley que –con algunas pocas reformas de los diputados– creó el Colegio de Periodistas, del que además fui su primer impulsor y Presidente. De insistirse en la petición, prefiero renunciar, porque no voy abjurar de lo que ayudé a construir y en lo cual creo con firmeza.

Guido me dio la razón y dijo que vería quién se haría cargo de esa tarea, a lo cual respondí que no sería suficiente, porque al figurar yo como jefe de la sección editorial, los colegas que me apoyaron en la iniciativa y el público podrían atribuirme a mí la autoría de ese artículo contrario a mi pensamiento y a mis convicciones.

Condicioné entonces que al publicarse el editorial crítico del Colegio, apareciera un artículo firmado por mí en la página 15 de La Nación (en la cual escribí desde su aparición), en el que relataría la Historia del nacimiento del Colegio de Periodistas. Esta narración no solo ocupó toda la página 15 del día, sino también un buena parte de la 16.

La Historia del Colegio de Periodistas que escribí figura como referencia y a veces completa en las publicaciones de esta corporación y también en algunos libros sobre el tema editados por distinguidos colegas e historiadores.

La anécdota es ejemplarizante y revela el respeto que Guido Fernández tenía por sus colegas y por los conceptos de libertad de información, de prensa, de opinión y de conciencia, tan disminuidos hoy por algunos pocos colegas nuestros y por una preocupante mayoría de medios de comunicación.

Esa conducta de quien respetó a otro que se hizo respetar, me hizo seguir en mis cargos en La Nación y así continué impulsando, junto con Guido, aperturas pluralistas, políticas e ideológicas que fortalecieron la democracia y las instituciones republicanas de Costa Rica.

Pero hubo otras consecuencias no contempladas por nosotros. La circulación del periódico llegó a 130 mil ejemplares diarios, lo cual obligó a reducir ese crecimiento, aumentando el precio de cada ejemplar y el de la suscripción mensual. No se podían erogar tantos millones en papel de impresión sin una contrapartida en los ingresos por publicidad. La receta funcionó por pocos meses, porque después de reducirse artificialmente esa alta circulación, esta volvió a subir.

El país apoyó, como si se tratara de un limpio plebiscito, las aperturas intelectuales y las modernizaciones de un diario entonces sin delirios dogmáticos, listas negras ni exclusiones antidemocráticas y sin sentido. No abundaré aquí en cuáles eran las provincianas restricciones imperantes en aquel tiempo. Al derribárselas, todo resultó mejor, institucional y empresarialmente hablando.

Yo estaba cumpliendo también el compromiso de honor asumido con el presidente de la República, don José Joaquín Trejos Fernández, a quien por escrito le di la garantía de que el Colegio de Periodistas solo serviría para el fortalecimiento de las instituciones republicanas y la democracia costarricenses. Porque quienes le trataban de calentar los oídos para que no le pusiera el ejecútese a la Ley, argumentaban falazmente que el Colegio pretendía controlar los medios de información y erigirse en un instrumento antidemocrático. Ese documento se halla en los archivos del Colegio y fue hecho público por aquellos días.

38 años han pasado ya. Las libertades no se oscurecieron por culpa de esta corporación. El Colegio de Periodistas se consolidó y ayudó a mejorar la formación de los estudiantes gracias a la creación de varias escuelas universitarias y, al mejorar la formación académica de los profesionales, estos obtuvieron salarios decorosos, por encima de los de otros egresados de las altas casas de estudio. Aunque, para nuestro criterio, lo más importante es que hoy laboran en los diferentes medios jóvenes periodistas que casi sin excepción, tratan de ejercer sus tareas con independencia, dignidad y decoro intelectual, al servicio de una información veraz y adecuada. La mentira fue derrotada porque esta siempre tiene piernas cortas.

Julio Suñol | 26 de Julio 2007

1 Comentarios

* #2234 el 30 de Julio 2007 a las 08:47 PM Alejandra Fernández dijo:

Que agradable saber que don Julio sigue escribiendo siempre tan atinado. Pero me gustaría saber que opina sobre el pronunciameinto del Tribunal de Elecciones en relación a los medios de comunicación de la UCR y también como se garantizaría el justo equilibrio de la divulgación informativa sobre las diferentes posiciones en torno al TLC en todos los medios de comunicación.

Publique su Comentario




Recordar mis datos?


Reglas para publicar comentarios: Antes de publicarse, cada comentario ser� revisado por el moderador. Su direcci�n de e-mail no aparecer�.