Por estos días mi atención suele estar algo dispersa entre tanto que pasa y tampoco que se dice, al menos con contenido y seriedad. Sin embargo, no puedo, y quizá mucho menos debo, seguir callando lo que noto de un tiempo para acá como impronta común entre los jóvenes que apoyan el DR-CAFTA, ese Tratado que los ticos rebautizamos con las sencillas siglas TLC; tres letras que no para todo el mundo dicen lo mismo. Para lo unos significa Trabajo para Los Costarricenses. Para los otros Todo Lo Contrario.
En fin, resuman esas letras una gran mentira o una llana verdad, lo que sí es cierto es que si se le pregunta a un joven universitario, profesional o agricultor, que apoya el Tratado, por qué lo hace, es decir: ¿cuáles son sus razones de fondo para inclinarse a favor? Siempre responderá con un sincero y sobretodo simplista: “Porque a mí me conviene”.
Comúnmente responden así porque suponen que es verdad que el TLC atraerá más inversiones y por tanto, lógico, más trabajo y, además, bien pagado. Otros también, menos quizá, pero igualmente considerables, afirman más concretamente que sus familias tienen una empresa de esto o de lo otro y que con el TLC van a poder vender a ese mercado que paga en dólares. Y así por el estilo, todos a los que he preguntado, que no han sido pocos por cierto, me han respondido algo parecido que resumo hoy en esa frase que todavía mastico y no he podido tragar: “Porque a mí me conviene”.
Y es que yo creía que los jóvenes que siguen el debate sobre el TLC, lo hacen por un interés patrio, preocupados por el bien común en primera instancia. Pero no, venía yo equivocado. El que apoya el Tratado lo hace desde y para su propia conveniencia.
Así, si el país se incendia en el camino de la aprobación del TLC, no importa. Mientras me resuelva a mí y solo a mí el problema de empleo, yo tranquilo.
Que el TLC implica la desaparición de la CCSS eso importa menos aún. Total, yo ya para ese entonces voy a tener un buen empleo, pagado en dólares por supuesto, y me voy a comprar un seguro privado de esos bien “chivas”.
Y si las transnacionales se adueñan de las telecomunicaciones, en cuenta mi línea celular, el teléfono de mi casa y oficina, así como la conexión a Internet, y en el camino se distribuyen las zonas geográficas del país como nos enseñaron ya los que operan con el servicio de televisión por cable aquí y las empresas que ha pasado por Chile, Panamá, Brasil y otros con sus servicios celulares, eso tampoco me importa, yo lo que quiero es que los sindicalistas no existan y no volver a hacer fila ni esperar meses por mi línea telefónica, ni hablar de la cobertura celular. Que me van a cobrar más caro por todos esos servicios. Menos importa, recuerden que voy a ganar en dólares y con estabilidad.
Eso de que cedemos soberanía porque Estados Unidos no reconoce el mar patrimonial (200 millas) o bien porque los inversionistas extranjeros, y solo ellos, pueden obligar al Estado costarricense a someterse a la competencia de arbitrajes privados, me tiene también sin cuidado; total, yo para ese entonces ya voy a tener buen tiempo de trabajar para una transnacional, seguramente ya habré sido ascendido y voy a ganar todavía más dólares. Yo mismo voy a comprarme una isla si es del caso y listo; se acabó el problema. Qué mar patrimonial ni qué mar patrimonial.
En cuanto al Poder Judicial tampoco es que sirve de mucho de por sí, así que es lógico que los gringos con plata prefieran y paguen sus propios jueces. La soberanía me la como con salsa de tomate (Ketchup de ahora en adelante) si a mí me resuelven el tema de empleo y en dólares, además.
Y así por el estilo sigue pensando el que me responde que votará que sí en el referéndum porque en lo personal le conviene. Entonces concluyo que este es el TLC del egoísmo, de eso no me cabe duda.
Las mentiras que se han vertido sobre la opinión pública, más empleo, para todos además, más riqueza, para todos también, y un mayúsculo y altisonante etcétera, son más fáciles de digerir por la muchedumbre que las verdades dichas desde la academia, por lo general ásperas por su forma e indigeribles por su fondo para el bulto de la población iletrada.
Yo me mantengo y continúo preguntándome: ¿para que TLC sin país? Es decir: ¿de qué me sirve tener yo, porque estamos claros que para muchos estar bien hoy es lo mismo que tener, en un país incendiado donde pasará lo mismo que en Colombia, Venezuela, El Salvador o el mismo Chile, naciones corroídas por una acumulación de riqueza vergonzosa que ha empujado a los que no tienen a quitar por la fuerza (sicarios, secuestradores, ladrones, etc.) a los que siempre han tenido y cada vez tienen más.
Esa no es la Costa Rica que yo quiero a mis casi treinta años. No es la Costa Rica que soñó mi abuelo y trabajó mi padre. No es la Costa Rica en la que quiero vivir. Prefiero pensar que así estamos bien y que si podemos estar mejor depende de nosotros mismos y no de recetas impuestas desde fuera con la complicidad desde dentro de una pandilla de niños lindos que se hacen llamar negociadores, ministros y presidentes (las minúsculas son intencionales). Y eso esta bien, que se llamen como ellos quieran si les suena bonito, todo menos costarricenses, porque un costarricense, un tico de verdad, lo último que haría sería entregar su país.
Este es el TLC del egoísmo. A ellos les sirve y lo demás no importa.
(La Prensa Libre)
Pablo Barahona Krüger | 18 de Julio 2007


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