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Dos libros, un comentario

Pablo Barahona Krüger | 10 de Julio 2007

Dos libros que he leído en fila merecen mi comentario. Ninguno supera impunemente la criba del lector bien intencionado que, ávido de historia bien contada y aún mejor documentada, se entregue a la ordalía de datos vinculados que sirven de base al recuento de la gesta heroica dirigida por el Presidente Mora hace siglo y medio.

Los comento según su orden de aparición sin pretender resumir o interpretar, sino, simplemente, de rescatar.

Dos textos muy distintos que se aproximan solo en el contexto. Por tanto dos autores: el uno, buen paisajista, el otro, gran retratista.

El profesor Juan Rafael Quesada intenta y logra con su clarinada patriótica un serio aterrizaje en el interregno de lo publicado, sea: de las impresiones que construyeron la opinión pública por aquellos días de agitación irrepetible. La música y por qué no el folclore, el rescate de la poética que vino en forma de proclamas así como la religión que en la historia ha sido todo menos neutral, informan el libro: Clarín Patriótico: la guerra contra los filibusteros y la nacionalidad costarricense (Museo Histórico Cultural Juan Santamaría - Colegio de Licenciados y Profesores, 2006).

El marco temático, siguiendo a Abelardo Bonilla y usando la cita del mismo libro, se circunscribe a “la primera y única gran empresa internacional de Costa Rica”.

Trata “el factor religioso como instancia movilizadora” y por ello se atreve bien Quesada cuando rebautiza los hechos y escribe sobre la “Guerra Santa” de 1856-1857.

Contrario al olvido tradicional y trascendental de buena parte de los cientistas sociales costarricenses contemporáneos, las revoluciones son fenómenos políticos por excelencia y, la de 1856-1857, lo fue en definitiva en tanto oposición al poder autoconstituido y venido del norte; aquella rebelión contra la intención filibustera de “americanizar” las incipientes Repúblicas del cinturón continental.

Casi como cuentista y a veces como puntilloso reportero, el doble tocayo del expresidente Mora, escribe y describe hoy, lo que fue ayer, el surgimiento del ser nacional, la verdadera fundación de la República, el amasaje del buen costarricense.

Dibuja así, no el busto o la efigie del gran hombre sino el ambiente que le rodeaba. No importa tanto a su recuento el personaje político como sí el conjunto social, la ciudadanía que surge es el protagonista de su claro relato histórico. No es la visión particular sino la de conjunto la que interesa a este Profesor de profesores.

Cambio de páginas y con ello de enfoque, mas no de sana intención historiográfica. Recuento ahora El lado oculto del Presidente Mora (Editorial Juricentro, 2007) con el que el periodista y biógrafo Armando Vargas Araya revalúa la idea de contar lo no contado como equivalente a rescatar lo olvidado. Es ahí donde martilla con mérito al evidenciar lo que otros se han ensañado en disimular -léase en directo: borrar o en palabras claras y titulares del mismo autor, ocultar-.

La obra de Vargas es, por su parte, todo menos disimulo. Desde la portada canta lo que viene: un retrato. Mas no un retrato cualquiera ni mucho menos de cualquiera. Es un retrato en gema visto el preciosismo del lenguaje culto y el conveniente giro verbal. No solo graba en la mente del lector atento la imagen de un personaje sino de todo un pueblo que en el genio de su líder se identifica y matricula. Como gusta decir el mismo autor parafraseando a Walter Antillón, el personaje de su libro no es Juan Rafael Mora sino Costa Rica.

La proyección interna de la guerra de nuestros abuelos héroes es subtema que no impide a Vargas Araya tratar sin malinchismo lo que de internacional tuvo aquella historia. Recuerda, eso sí, que de poco vale el recuerdo del ajeno hacia lo propio sin el respeto de dentro hacia adentro. Empleo también su propia cita: “La nación que se olvida de sus defensores, muy pronto será olvidada”.

Rescato un último mensaje que enmarca tácitamente el retrato logrado por Vargas Araya: un país se construye con la argamasa de la solidaridad de aquellos grandes hombres que, desprendidos de sus amarras originarias de clase, superponen el interés y valor patrio a las presiones de su abolengo. ¿Dónde estará el Juan Rafael Mora de nuestros tiempos que no se ve asomando la cabeza ni alzando su dedo hacia la dirección soberana que podemos como pueblo libre seguir?

Ambos libros merecen, más que artículos elogiosos, artículos justos. Este que hoy reposa en manos del lector de seguro no logra alcanzarlos, sobretodo porque de cada obra podría -y debería- escribirse mucho más, sin embargo, confieso no haber logrado refrenar, por más tiempo, mi mala costumbre de escribir.

(Semanario Universidad)

Pablo Barahona Krüger | 10 de Julio 2007

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