Néstor, rey de Pilos, el argonauta, me invitó a través de su postrer ego –ya diré cómo– a formar parte de los héroes en la búsqueda del vellocino de oro, a lo que generosamente Jasón hijo de Esón, rey de Yolcos en Tesalia, accedió, pues ese legendario carnero alado ocuparía dicho trono pero lo atesoraba Eetes, rey de Cólquida, región situada en el extremo oriental del Ponto Euxino (mar Negro)
Jasón reunió a los 50 jóvenes más nobles de Grecia para que lo acompañaran en el viaje. El grupo favorecido incluía, entre otros, a Heracles, Orfeo, Cástor, Pólux, Peleo, Néstor y a mí, por la ya señalada cortés e inmerecida invitación. Navegamos a bordo de Argos. El vellocino encarnaría la idea de la realeza, la legitimidad, la justicia y la estética.
Néstor Mourelo, es un bardo tico –y también, gitano, cubano, gallego, colombiano, etc, pero, sobretodo, un argonauta de altos quilates–, incapaz de tramar artificiosos juegos de palabras para esparcir su esencia lírica, porque, como lo precisa Damaris Fernández refiriéndose al poemario El peregrino lenguaje de la piel, nuestro poeta está “resueltamente comprometido con un mensaje honesto y sincero. Dentro de su fragua, anárquica y vibrante, reina el amor, tal vez el más íntimo de sus sentimientos: amor a su tierra, a su infancia, a su caverna, a sus guaridas, a sus mujeres.”
Me acerqué a su obra vadeando notables textos: “La resurrección de las sombras”, “En el taller de la memoria” y “El triángulo escaleno de la noche”, todas ellos cinceladas, o, más bien, acuñados en filigrana, con depurada técnica, sesudo y probo planteamiento, siempre guardándose de no flirtear con el circuito marchante.
He releído en estos días de llovizna en las montañas de Dota el libro citado de primero, de raigambre intimista, lo que me ha obligado a recordar gratamente al viejo amigo, colega efímero en la abogacía, ex compañero de ajetreos en el Instituto de Tierras y Colonización (ITCO), entidad que ha cambiado de nombre y de norte, como muchas otras del sector público que se desmoronan al “abismo” –término metafísico empuñado recurrentemente por Mourelo para indicar el límite de lo vital posible–.
En esa época ya Néstor había pasado el noviciado parisino y yo me aprestaba a partir, por primera vez, para Francia. Nos conocimos en la Universidad de Costa Rica, donde él afanosamente seleccionaba a cabales intelectuales como colaboradores de El Sol, conspicua publicación de destacado contenido literario y de análisis político en la que cooperaban librepensadores y simpatizantes de tendencia anarco-socialista o afín, cuya figura señera era el Doctor Mourelo, su padre (espléndido regalo –como tantos otros– que sin procurarlo nos ofrendó la criminal dictadura franquista).
Sus anécdotas parisinas propias más bien de un rapsoda intelectual y bohemio me hicieron deambular virtualmente por el Barrio Latino y casi conferenciar con Jean Paul Sartre y con el líder de mayo de 68, Daniel Cohn-Bendit en las proximidades de la Sorbona, seguramente en un bistrot pas cher, sin que faltasen las visitas al Louvre y los vagabundeos cabe al Sena y la alargada degustación de un pastis en las cercanías del Pont-Neuf, después de visitar a los bouquinistes. También me familiarizó con publicaciones galas de primer orden sobre el mundo de la cultura, de las letras y de las ciencias.
No faltaron discrepancias entre nosotros en el terreno de la interpretación de la historia, la política y la cultura, algunas de longue haleine, que al fin zanjamos después de años de fértil y dilatada discusión. Anhelo sinceramente que haya quedado algún saldo al respecto para seguir practicando el noble arte de la esgrima intelectual.
Así fue como el vate Mourelo me invitó a abordar Argos desde el punto de vista cultural, lírico y teleológico, por eso es que a un amigo de tales quilates nunca es tarde para retribuirle, sobre todo en estas tardes húmedas que auguran nueva cosechas, tan augusto gesto, testificándole: ¡Mon cher ami, chapeau, à la vôtre et à la prochaine. El vellocino de oro, como la justicia y la estética, son joyas gráciles, inmateriales pero egregias; por lo que siempre persistiremos en su conquista!
Raúl MarÃn | 25 de Junio 2007


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