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La playa de Guacalillo

Rogelio Ramos Valverde | 11 de Junio 2007

El azul espléndido del cielo fija la inmensidad del contorno. Entre ascensos y descensos subimos más allá de Atenas. La carretera se empina, y se muestra a lo lejos, la costa y el mar, como plancha pulida por el sol de la mañana. Luego, en vertiginoso descenso bajamos por la vieja carretera saturada de curvas y otras curvas y más curvas. Al fondo, los prados se muestran generosos del verdor de la campiña. Orotina y luego, la playa de Guacalillo.

Al arribar a la playa de Guacalillo, en nuestro Pacifico central, muchos años después de nuestra primera aventura, el paisaje ha mudado. Su trazo en una amplia rada de norte a sur, donde se eleva en una montaña como vigía de ancho mar, roturada por la salida del Río Grande de Tárcoles; y el estero, a su espalda, de aguas tranquilas donde espejean los manglares con animales propios de la zona.

El paraje costero ha cambiado. La pregunta: ¿para bien o para mal? En aquel primer tiempo, se transitaba por veredas; el invierno atascaba los “jeeps”, única forma de movilizarse; las plantas eléctricas eran la fuente de energía; las cocinas de gas; el agua salía de pozos artesianos; el aislamiento era casi total.

Lo viejo, lo agreste de su ámbito casi ha desaparecido: ahora hay un camino, si bien es cierto descuidado, en muchos tramos jalonados de huecos y deslaves; se levantan edificios, algunos restaurantes, casas de buen ver; la electricidad llegó en manifestación de progreso. ¿Ello habría sido posible si la electrificación nacional hubiera estado en manos de los consorcios trasnacionales? Armados con un contrato ley, sus prioridades eran y seguirían siendo la escala de lo urbano. Como por arte de magia, entre otras cosas, las extensiones - es decir postes, cables, etc. - de muchas áreas para llevar el flujo eléctrico, eran pagadas por los usuarios; pasaban a engrosar el patrimonio de la empresa, y en caso de rescate por el Estado, debíamos pagarlas como suyas; en otras palabras, un doble pago. De ese abultado patrimonio con nuestros recursos, salían las ganancias remitidas allende nuestras fronteras. No arriesgaba nada la empresa: se hacían largas colas de eventuales usuarios, no precisamente para conseguir el servicio de inmediato; por el contrario, para tener vendidos, antes de la construcción de la planta, todos ellos. Era el interés de las ganancias por encima del interés social…

Los ríos abren espacios en su desfogue hacia el océano. Cargan las aguas con materias contaminadoras; es la polución nacida del avasallamiento contra la naturaleza desestimada por la industria maloliente; se degradan las aguas antaño puras y limpias. Precio muy caro, en el desarrollo privado, conjunción de factores, con la incuria del sector público, para destrozar la lozanía del ecosistema. Sería prudente abandonar esa política gubernativa, y exigir el cumplimiento de los principios constitucionales, de manera imperativa, los contenidos en las Garantías Sociales.

El río Grande de Tárcoles, desvió su curso. El sordo y pesado sonido de su paso invoca la perpetua riqueza del agua, a partir de la evaporación en mares y océanos condensada en las nubes y con el descenso térmico se convierte en lluvia, y caída en la superficie terrestre, regresa otra vez a las alturas para reanudar su ciclo. Estamos ateridos en la perspectiva forjadora del desamparo de los campos por la falta de agua. Proviene de abandonar los principios de la naturaleza, conformado por una política de globalización ajena al respeto por el futuro de la humanidad, y auspiciada por el egoísmo de unos pocos, a fin de obtener el dudoso espacio de figurar, entre las cuentas de las personas más poderosas del mundo, con sus muchos millones de dólares o euros, en un mundo de lleno de millones de pobres.

Es la tarde, paso del tiempo inexorable. La lluvia ha comenzado a caer copiosamente. Desde el pequeño promontorio miramos la amplitud oceánica, y con el batiente de las olas, dejando atrás la experiencia del cambio del hábitat con el paso del tiempo, iniciamos el retorno. Nos llevamos la convicción del espíritu solidario, fuente de la riqueza espiritual en el destino nuestro como pueblo. ¿Podrá torcerse, de manera definitiva, la ruta de la Costa Rica, forjada con el concurso de muchas generaciones en la búsqueda de darnos paz y justicia social? ¿Caeremos en la fatalidad de embarcarnos en un mundo de riqueza proveniente de un capitalismo salvaje, aludido en múltiples oportunidades por la Iglesia Católica y condenado por los principios del humanismo fraternal cristiano, base de nuestro desarrollo social y económico? Estamos abocados a ello.

Rogelio Ramos Valverde | 11 de Junio 2007

1 Comentarios

* #2025 el 13 de Junio 2007 a las 01:42 PM Elena Madrigal dijo:

Me trasporta su relato. Es lindísimo haber crecido en este país … País que hay que defender

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