En la América Latina existe una creciente atención al tema de la gestión de las áreas metropolitanas. En el año 2000, existían más de 50 ciudades con una población mayor a un millón de personas; cuatro de ellas entre las más grandes del mundo con más de 10 millones (San Pablo, Ciudad de México, Buenos Aires y Río de Janeiro); otras tres ciudades superaban los 5 millones (Bogotá, Lima y Santiago de Chile); otras contenían más de 3 millones de habitantes; y las más tenían entre 500.000 y menos de tres millones de personas. A inicios del presente siglo, 3 de cada 4 habitantes en América Latina residen en áreas urbanas.
En la mayoría de estas ciudades, la influencia de sus actividades humanas se han extendido a partir de los territorios de los espacios municipales que les dieron origen. De esa forma, por ejemplo, la economía de Buenos Aires cubre no solo el territorio original de la Ciudad de Buenos Aires, sino de 32 municipios de la Provincia de Buenos Aires de la Argentina.
En Costa Rica, en el caso del Gran Área Metropolitana no se trata solo del Cantón Central de San José, sino de 30 cantones adicionales cercanos, pertenecientes a la Provincia con el mismo nombre y a las de Heredia, Alajuela y Cartago.
Estas aglomeraciones metropolitanas, como se les denomina, concentran en los países una gran proporción de sus capacidades productivas, las oportunidades más atractivas de empleo, los mejores servicios sociales (educación, salud, vivienda y otros) y, en general, ofrecen mejores condiciones de vida para la población. Además, suelen estar conectadas con otras aglomeraciones nacionales e internacionales. Durante algunos años, estas aglomeraciones hicieron posible “economías de escala” en las ciudades, fundamentalmente mediante inversiones públicas, posibilitando mejores carreteras, servicios públicos con niveles aceptables de calidad, transporte público apropiado, etc. Ello resultó muy atractivo para la creación y desarrollo de empresas y para las familias que tenían mejores oportunidades de empleo y recibían servicios de más calidad.
No obstante, con el correr del tiempo, en la mayoría de los casos estas aglomeraciones han experimentado profundos cambios que están afectando la competitividad de las ciudades para el desarrollo de actividades empresariales y las condiciones de vida de amplios sectores de la población. De esa forma, se identifican problemas tales como: “desplazamiento de población, industrias y servicios desde la ciudad central a la periferia así como la creación de nuevos centros con dinámica económica y social propias en diversos puntos del vasto territorio urbanizado” (BID (2005): Gobernar las Metrópolis), con la consiguiente creación de centros comerciales locales, ubicados en las principales avenidas y carreteras; barrios cerrados de residencia o recreo para sectores de altos ingresos y segregación espacial entre sectores sociales; urbanización de la pobreza; incapacidad de las economías de generar empleos apropiados (Costa Rica, aún con el crecimiento económico del 7,9% en el 2006 los “empleos plenos” se redujeron); creciente desigualdad social; ciudades congestionadas y ineficientes, lo que reduce la productividad de las empresas; aumento en la contaminación de ríos y del aire; creciente inseguridad ciudadana, etc.
Este conjunto de problemas nos lleva a plantear la gobernabilidad en las ciudades en cuanto a la mejor gestión posible para buscar soluciones a los problemas urbanos, situación que se ve agravada por la poca coordinación entre los gobiernos nacionales y provinciales, con los locales. Estos temas y otros más llevaron al BID a producir una obra de lectura obligatoria para la clase política, alcaldes y estudiosos del tema urbano, cuyo título es Gobernar las Metrópolis.
En lo que compete a Costa Rica, se observa claramente cómo muchos de estos problemas mencionados para los países de América Latina, particularmente, los económicos, denominados deseconomías urbanas, afectan monumentalmente la vida de las empresas, su productividad y la calidad de vida de las personas. A ello se agrega, la poca coordinación que ha existido en muchas áreas entre los ministerios del Gobierno Central y las instituciones autónomas y los débiles gobiernos municipales.
Las deseconomías más relevantes, según diversos estudios -incluidos los que viene promoviendo la Secretaría del Plan de Desarrollo Urbano, con el apoyo de la Unión Europea mediante convenio con el Gobierno de Costa Rica desde diciembre del 2003-, serian: el sistema de transporte público (anticuado e ineficiente) y la infraestructura (por falta de inversiones apropiadas y oportunas) y los efectos de éstos en la congestión del tránsito, el uso de combustibles fósiles y los accidentes de tránsito; la contaminación por desechos sólidos (no tenemos plantas de tratamiento pero si ríos y un golfo muy contaminados) y el aire; y la inseguridad ciudadana y sus consecuencias en muertes, recuperación de pacientes, juicios y protección de empresas y viviendas.
Las pérdidas que sufre el país anualmente, solo por pérdidas de tiempo de traslado de las personas de un lugar a otro en la GAM y por combustible, significan millones de dólares para las empresas y las personas. En el largo plazo, el mantener el “modelo” actual de desarrollo urbano significaría que estas deseconomías puedan crecer aún más y lleguen a representar verdaderos “cuellos de botella” para un crecimiento sostenido y generar mejoras en las condiciones de vida de la población.
De ahí que el tema de la gestión de la GAM resulte no solo relevante en la actualidad, quizás uno de los más importantes, sino que estaría comprometiendo nuestro desarrollo futuro.
Por supuesto, que se debe reconocer el esfuerzo que se hace en la GAM por mejorar diversas áreas. Ejemplo son: el cableado subterráneo eléctrico por parte de la CNFL; las acciones para renovar la estética y la calidad de vida de la ciudad mediante el arreglo de parques y la recuperación de espacios públicos; un inicio del proceso de repoblamiento de San José (aunque con un prototipo más estadounidense), entre otros aspectos. No obstante, los grandes retos para la GAM que son las deseconomías y la gestión urbana aún no se están desafiando.
Por lo tanto, es imprescindible enfrentar no solo el cómo reducir esas deseconomías mediante acciones y proyectos estratégicos, sino, asimismo, definir el perfil de la nueva economía metropolitana, las estrategias para combinar en forma exitosa el crecimiento económico (que no es lo mismo que desarrollo) y el desarrollo humano sostenible y el modelo de gobernabilidad más apropiado para las condiciones del país. Resulta impensable creer en una ciudad competitiva con un desarrollo humano sostenible sin transformaciones en el modelo de gestión metropolitano.
(helio.fallas@gmail)
Helio Fallas | 19 de Junio 2007


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