Tengo que matarlo. Usted ya no puede hacer nada. Puedo hacer una cosa: despertarme. Y así lo hice. Jorge Luis Borges.
La estructura y ritmo de una sociedad corren parejos con su acervo histórico que incluye el marco geográfico, territorio sobre el cual se ejerce soberanía. Se decantan en el devenir social, impulsado por las acciones y rechazos, todos en la búsqueda de la identidad nacional. Tal suceso ocurre con nuestro país donde, además, tenemos una lengua común heredada de los conquistadores. Somos el producto de la lenta acción de los actores en la confluencia venida desde la ocupación española: nuestros aborígenes, los que habitaban el territorio costarricense, en ese periodo de la conquista, fueron desplazados de sus tradiciones, ídolos, formas de vida; se impuso la política española que al mismo tiempo, era confluencia de otras realidades étnicas.
El tiempo de la colonia, fue la levadura para forjar el mestizaje de los recién llegados con la población indígena, a los cuales se agregaron después nacionales europeos, usamericanos, judíos, chinos y negros que al mezclarse, conformaron la nacionalidad costarricense. Otros indígenas se mantuvieron al margen del mestizaje, aún hoy día, así ocurre, en especial, en Talamanca.
Cuando la independencia nos llegó en un tardo correo el 13 de octubre de 1821, nuestros antecesores buscaron alero al cual unirse; pasamos por la adhesión al imperio mexicano de Iturbide, otros provocaron sin éxito, hacerlo con la Gran Colombia de Bolívar, y al final, reatados a la Federación Centroamericana. Con ello, nos metimos en las guerras intestinas de los otros estados, sin participación nuestra, salvo la fase morazánica en 1842. El destino se puso en contra nuestra y en 1836, hubimos de soportar la intervención colombiana con el general Francisco de Paula Santander, usurpando el territorio de Bocas del Toro y sus islas que nos pertenecía desde la época colonial, y por otra parte, el pago de lo que nos correspondía en la deuda de la Federación disuelta, y de la cual no obtuvimos ni un peso; pago que realizó don Braulio Carrillo para evitar la acción naval de los ingleses.
Marcada así la realidad, enfrentamos solos el porvenir, lleno de incertidumbres y con la mirada puesta en las luchas hegemónicas de Gran Bretaña y Estados Unidos por la eventual construcción del canal de Nicaragua.
Al expulsar de su suelo a una población y ser sustituida por otra, se produce la absorción del territorio con consecuencias jurídicas y políticas. Sucedió en California y en Tejas; aquéllas eran producto de la colonización española, sus instituciones y su tradición amparada por el mestizaje y por lo mismo, al declararse la independencia de México, pasaron a su dominio. Sin embargo, ambos territorios fueron incorporados a la soberanía de los Estados Unidos, y aquella población mexicana y sus autoridades, dieron paso a la visión usamericana. Hoy, son los recién llegados, para realizar los trabajos en los campos de hortalizas o en labores de baja condición económica.
En Centro América, de haber prosperado la política de William Walker y sus filibusteros, habríamos dejado de ser costarricenses, suplantados por un sistema jurídico y político ajeno a nuestra tradición. El mérito del pueblo de Costa Rica y su líder don Juan Rafael Mora, es haber detenido esa avalancha y con la derrota filibustera, pudimos seguir nuestra ruta como nación libre y soberana, sin otro recorrido que nuestros propios intereses. Desde entonces, con destino vario, hemos realizado el progreso, partiendo de los intereses costarricenses. Sí hemos tenido influencias de otros lugares, las hemos procesado, cernido y sancochado como lo dejó escrito don Ricardo Jiménez en acertada frase.
La vida es soñar con lo que aspiramos, y esos sueños esperamos se convierten en realidades y venturas; mas de pronto, ese pasar abate nuestra conciencia. Es cuando un sacudimiento nos obliga a replantearnos la vida colectiva. En el último siglo y medio, Costa Rica ha generado procesos de entendimiento social; las previsiones consagradas en las Garantías Sociales se han ido perfeccionando; el sufragio es respaldado por elecciones periódicas; la enseñanza tiene un largo trajinar desde el siglo XIX, con altos índices de alfabetización, muchos centros de primera y segunda enseñanza abren sus puertas; un medio centenar de universidades expanden luz y progreso; la salud se ha convertido en un derecho y no en el privilegio de unos pocos; la electricidad y las telecomunicaciones dan amplia cobertura al territorio nacional; el agua pura corre sobre los acueductos abarcando cada día mayores lugares; el ejército fue abolido como institución permanente. Esos son, entre otros, nuestros logros. Dejamos de ser la más abandonada y pobre de las colonias españolas en América.
Sin embargo, mucho de ello, ahora, se ha puesto en juego. Es la contradicción de cambiar nuestra forma de vida, a la cual muchas generaciones han contribuido, por la opulencia de una ideología contraria al devenir costarricense.
Estamos en un momento decisivo para Costa Rica.
Nos auscultamos y sentimos palpitar emociones que eran veladas por falta de claridad en la negociación origen de esta inquietud. Nos abocamos a esa nueva realidad; de fructificar esa propuesta, terminarán nuestros sueños de pueblo; otros estamentos rodearán el futuro. Nos convocan a un comercio libre como simple espejismo. ¿Cómo competir con otras naciones que amparan sus productores con subsidios millonarios? ¿Cuál es la respuesta a una convención que deja por fuera nuestro control jurisdiccional? Hubo un tiempo que las fragatas ordenaban la vida de pueblos latinoamericanos y en otras oportunidades, las aduanas intervenidas eran la garantía de pago de sus obligaciones. Aquello era un pesado sueño; hoy puede consagrarse la eventual cesación de pagos del Estado, por múltiples demandas nacidas de interpretaciones acomodaticias de inversionistas extranjeros, con privilegios mayores que los costarricenses. Contra ello hemos de reaccionar.
Si los hechos demuestran que debemos modificar nuestra vida colectiva, realicemos esa transformación recurriendo a nuestra propia alma colectiva. ¿Cómo debemos hacerlo? Asumiendo la plena convicción de plantearnos el futuro, con la revisión del presente que esperamos modificar, y con la mirada puesta en el pasado, como esperanza de seguir siendo fieles a nuestro destino. No es un nacionalismo enervante o producto de un chauvinismo. Es renovarse y recomenzar con los pies puestos en el suelo Patrio, a fin de evitar graves consecuencias en nuestro futuro.
Al enfrentar esa perspectiva, iremos en pos de otra razón, siempre anclados con la visión de lo nuestro, a fin de evitar el infortunio de trocar el destino nacional en diapositivas venidas de otras civilizaciones, ajenas a nuestros valores de pueblo libre; esquema de sueños truculentos pintados en peligrosas alegorías de funestas consecuencias, ya experimentadas en otros países. Cantos de sirenas…
Lo procedente es encontrar en esos valores sólidos, la escala del porvenir; es rescatar el paso del tiempo, dentro de las coordenadas de lo propio, ajenos a los cantos de sirena de convertir el futuro en la futilidad de considerar solo el mercado como la ruta a seguir para nuestro progreso; de poner por delante la sordidez del dinero como único motor social y con ello, el abandono de los principios cristianos de solidaridad humana, olvidando todo lo logrado por el pueblo costarricense, para consolidar los principios de libertad y democracia. De esas raíces se derivan las instituciones Patrias responsables del vigente estado social de derecho y que nos han dado fama en el concierto de naciones.
Hay estudios muy concluyentes sobre la materia; rescato: los del colega don Juan José Sobrado Chaves, los de las universidades públicas, además, las muy acertadas explicaciones semanales de don Juan Manuel Villasuso, así como de otros valiosos trabajos de profesionales distinguidos. Con ese respaldo, preguntémonos: ¿Estamos dispuestos abdicar de nuestros principios por un plato de lentejas?
Es en definitiva, ir hacia el futuro con la fe de salvar lo nuestro; volver a recrear la vida como expectativas múltiples, y lejos de una sola meta, a la cual nos convocan los intereses trasnacionales. Si antaño, otros pretendieron “regenerar” nuestra raza llamándola indolente y grasienta, propicia a la esclavitud, ahora como entonces, hemos de cerrar filas para evitar que el dinero y la complacencia mediática, tuerzan nuestros brazos, entregándonos a esos intereses. Con Borges, repitamos: ¡Es despertar antes que nos maten…!
Rogelio Ramos Valverde | 18 de Junio 2007


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