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China, ayer y hoy

Julio Suñol | 6 de Junio 2007

Se me pide una colaboración para este medio y con gusto escribo con el ánimo de hablar de las dos Chinas conocidas por mí en diferentes oportunidades, en 1960 y en 1998.

Viajé en 1960 con una pequeña delegación parlamentaria y como periodista del diario La Prensa Libre de Costa Rica y corresponsal de la agencia norteamericana de noticias Associated Press (AP).

En la primera experiencia observé una China pobre pero industriosa, en la que sus altos dirigentes y el pueblo en general vestían de monótono gris oscuro, con chaquetas tipo Mao, zurcidas y desgastadas. Eran los tiempos duros, a los 11 años de la toma del poder. Los chinos, con gran honradez, lo llevaban a uno por modernas autopistas para conocer las comunas, entonces de moda y después eliminadas por improductivas y tal vez imprácticas. Al retorno nos conducían por los malos caminos, repletos de barro y de tugurios, con niños panzoncitos en las orillas del camino. Nos enseñaban las dos caras de la moneda.

“Lo traemos por aquí para que vea nuestra realidad y no esconderle nada, aunque podríamos retornar por donde vinimos. Este es un desafío. Estamos luchando por resolver estos males y lo vamos a lograr”, decían con transparencia y honestidad.

En 1998, China era otra. En Shanghai nos encontramos con uno de los mejores teatros del mundo, construido por arquitectos chinos y franceses, tipo Naciones Unidas, con sus encuadres de vidrio, alcanzando las nubes. El circo chino, tan tradicional, en 1960 era tan bueno como después, pero para entrar a verlo había que pasar por entre charcos de barro y arena.

En 1998 se veía el mismo magnífico espectáculo circense, pero entonces se entraba a las carpas por un sendero adecuado hasta acceder a cómodos sillones confortables en los cuales servían frutas, te y refrescos, al gusto del espectador.

En la visita de 1960 pude observar y así lo escribí, a centenares de chinos que dormían en campamentos colectivos, acomodados en largos camastros de madera. En 1998 los avances habían sido tan grandes que los chinos que habían logrado salir de la pobreza (cuantificados hoy en unos 250 millones) eran propietarios de camionetas 4 por 4 en las cuales iban a los colegios a recoger a sus hijos.

Todos tenían sus teléfonos celulares en mano y estos ahora los portan centenares de millones de ellos, según lo confirman las estadísticas mundiales sobre comunicaciones. Y así todo lo demás, conocido por quienes leemos las informaciones internacionales, reveladoras de su monstruoso superávit comercial con Estados Unidos, de sus inversiones en todo el mundo, incluyendo a Norteamérica, de sus constantes crecimientos del producto interno bruto, mantenido en 12 por ciento en los últimos años, etcétera.

Son dos chinas diferentes. Cuando viajé por primera vez a aquel inmenso país la población llegaba a 800 millones de seres. Después ya había 1.300 millones. En 38 años, y en un descuido de este periodista, la población había aumentado en 500 millones de seres, todos comiendo y sin padecer hambrunas, como antes. Dictaron regulaciones relacionadas con la reproductividad poblacional. Alegaban que el mayor derecho humano consistía en que cada persona en capacidad de trabajar supiera al levantarse por la mañana, que tenía un sitio donde ir a laborar.

Esto es fácil de decir y escribir hoy, pero cuando acepté en 1960 visitar a los chinos en mi pequeño país hubo un terremoto por la prensa y la radio. La televisión daba apenas los primeros pasos. Hubo agresiones periodísticas, publicaciones ad-hominen injuriosas, calumnias y amenazas. Sostenían los medios y los políticos más conservadores, que ir a China era contaminarse y traer el virus ideológico al país. En esto hago un reconocimiento a Andrés Borrasé, Editor de La Prensa Libre, de quien yo era Asistente en la Dirección, quien estuvo de acuerdo en que fuera su corresponsal a pesar de las jaurías incivilizadas que se dedicaron a aullar insultos.

Nuestra tesis siempre fue la misma: si soy periodista y pretendo ser un intelectual, tengo que ir a cualquier parte del mundo en donde exista una experiencia social, para verla de cerca, formar criterio y poder informar y opinar.

Por eso los chinos siempre me dijeron que yo no había viajado a su país como amigo ideológico ni como enemigo, sino como un observador respetuoso de la verdad. En decenas de artículos pude escribir con entera libertad y apego a la veracidad sobre lo que constataba en el terreno y en relación con lo que expresaban los ciudadanos y los líderes de esa nación.

Viajé en 1960 por Pekín, Shanghai, Cantón, Tientsin, Harbin, Shenyan y otras tantas ciudades, observando fábricas, sistemas agrícolas, centros de estudio, universidades, academias y museos. Y conversé con la gente, incluyendo a quienes no apoyaban el sistema político e ideológico. En 1998 hice otros recorridos territoriales y también visité por iniciativa propia Hong Kong y Macao, que por esos días pasarían al dominio de China.

Tuve entrevistas (luego publicadas) con el entonces Primer Ministro y Ministro de Relaciones Exteriores Chou En Lai, con el jefe de la Gran Marcha de Yenan, Mariscal Chu-te, con el presidente Liu Shao shi y con otros altos dirigentes. Por esos días el presidente había escrito el libro titulado “Que se abran cien flores”. Mao Tse-tung no estuvo disponible para una entrevista porque entonces –se me dijo– se encontraba en las montañas, pensando y escribiendo. Era y fue el filósofo de la revolución.

Comprendí dos cosas. Primero, que mi acceso a las altas fuentes del poder se debió a que el hablar conmigo, como representante de una agencia de noticias estadounidense, era una vía para hablar con sus contrapartes de Norteamérica, por la función obvia que cumple la prensa cuando no existen relaciones normales entre dos naciones (por aquellos días no dejaban ingresar a China a periodistas norteamericanos; no había llegado la hora del Comunicado de Shanghai de 1992). Segundo, era un reconocimiento a quien formaba parte de una modesta delegación parlamentaria de un pequeño país centroamericano que se había atrevido a tomar un avión y llegar hasta el corazón del poderío comunista de Asia.

Por ello me decían con insistencia que yo me había atrevido a romper la cortina de azúcar, por alusión a la cortina de hierro que hizo famosa Winston Churchill. Lo mismo valía para los pocos diputados que habían aceptado la invitación.

Cuando regresé en 1998, con mi esposa Vicky, me preguntaron si sabía por qué me habían invitado a visitarlos. Mi respuesta fue que lo ignoraba. Entonces explicaron: Usted no vino aquí en 1960 como amigo ni como enemigo, sino como observador imparcial, pero escribió –entre muchos otros– un artículo que agradecimos y nunca olvidaremos.

Como había escrito decenas de artículos, para la Associated Press, la prensa internacional, la American Literary Agency de Nueva York y mi propio periódico La Prensa Libre de San José, hube de preguntar a cuál artículo se referían. La respuesta no tardó en producirse: –“Fue uno en el cual abogó porque China tuviera un sitio en las Naciones Unidas. Usted argumentó que era preferible una China sometida al marco de la Ley Internacional que una China poderosa y superpoblada al margen de esa Ley. Entonces éramos apestados por ciertos círculos occidentales, y hoy somos miembros del Consejo de Seguridad”, expresaron con no disimulado orgullo. “Usted puso un grano de arena”, me dijeron.

En 1998 tuve muchísimas entrevistas con altos y medianos funcionarios. Casi todos me preguntaban cómo era Chou En Lai, cómo vestía, de qué forma hablaba, etc. También indagaban con mucha curiosidad por el superhéroe nacional, el Mariscal Chu-te, jefe de la Gran Marcha de Yenán. Al terminar mi extenso recorrido burocrático, mi esposa me preguntó qué pensaba de lo que estaba aconteciendo. Le contesté. Primero, estoy contento porque veo que el país está en manos de una generación joven que incluso no conoció a algunos de sus grandes estadistas y esto va a producir muchos cambios beneficiosos. Luego –le dije– ahora me doy cuenta de lo viejo que soy.

(Revista Conexión)

Julio Suñol | 6 de Junio 2007

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