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Qué nos espera

Julio Suñol | 13 de Mayo 2007

Seguramente somos muchos quienes nos preguntamos qué le espera a nuestro país, a nuestros hijos y nietos, ya no dentro de 25 años, sino en los próximos 10, que están a la vuelta de la esquina, cuando probablemente nosotros ni siquiera seremos actores en la vida pública por lógicas razones biológicas.

Empero, la preocupación es justa y legítima si volvemos la vista, rápidamente, a lo que vemos cerca de nosotros y observamos diariamente en los informes de prensa, radio y televisión.

Estos medios, no todos ni siempre reflejan la realidad, porque hay múltiples intereses creados, fallas de profesionalismo e imposiciones desde las cúpulas directrices y propietarias (la prensa industrializada, versus la prensa histórica ya desaparecida).

En este orden de cosas, insistimos en que uno de los más acuciantes desafíos en la actualidad es el relacionado con la existencia de un régimen de opinión balanceado, plural, abierto y auténticamente democrático, el cual existe menos hoy que hace 20 años. Y sigue en deterioro dentro de la caída libre del presente.

Estamos concentrados en el TLC, en la pasada elección congresional del 1° de mayo, en la lucha por mejorar las estructuras físicas del país para que el turismo y también los locales tengamos mejores caminos, carreteras, puertos y otras conquistas necesarias. Nos hallamos empeñados en que todos hablemos inglés, nos embarquemos en viajes turísticos a los cuatro rincones del mundo, nos inscribamos en las universidades que nos formen mejor y hasta en aumentar las ensoñaciones para que algún día seamos el primer país desarrollado del continente. Ojalá.

Mas no hacemos nada por obtener la vigencia de un urgente sistema informativo democrático, pluralista, honesto, sin timideces ni obsecuencias. Y cuando decimos informativo, también implicamos al régimen de opinión, con recepción y cabida a las más diversas corrientes de pensamiento de la nacionalidad.

Esto no sucede al 100%, aunque se debe reconocer que algún medio, tal vez más de uno, sencillos, modestos y sin pretensiones están tratando de abrir las puertas a variadas fuentes de información y de opinión, aunque hasta hoy sin mayores consecuencias positivas porque el monopolio y duopolio formal de las noticias y de los comentarios giran alrededor de una única agenda periodística de la cual surgen las demás.

Y eso no es lo peor. Es que la mayoría de quienes escriben o comentan en diversos medios no se salen del corralito ideológico o comercial impuesto por quienes dan o niegan espacio periodístico, en un país en el cual (lamentablemente) hay una fuerte tendencia a convertirse en grabación repetitiva de las mismas ideas, pensamientos y deducciones de quienes tienen el omnímodo poder de conceder o negar espacios. Hay bastante gente escribiendo o hablando a la carta, esto es, para satisfacer a quienes tienen la potestad de dar o negar espacios.

No exageramos cuando insistimos en decir que el principal mal de la sociedad costarricense de hoy, se conecta con la ausencia de un régimen de opinión abierto, sin censuras, sin capillitas de “yesmanes” haciendo filas para que los dejen cacarear los pensamientos originados (no originales) en las fuentes del poder generatriz al cual se pelean por complacer.

Si es verdad, como lo es, que nos afectan peligrosamente la pobreza, la inseguridad, la criminalidad, los obvios déficit de la infraestructura, la corrupción pública y privada, el creciente costo de la vida, la actuación diaria de los sicarios, el puente de oro y el lugar de consumo de la droga en que se convirtió el país en los últimos tiempos y la ausencia de planificación y de previsión para impedir fenómenos como los apagones, lo cierto es que de todos esos males, el peor es el que se relaciona con la yugulación de la auténtica libertad de información y de opinión. Es la yugulación de la condición y la dignidad ciudadanas.

El derecho exclusivo y excluyente de opinar y de informar de que gozan unos pocos, puede conducirnos a una deformante homogenización del pensamiento. Esto llevaría a la dictadura institucional o a la sublevación popular, con todas las consecuencias gravísimas que ello puede traer.

Julio Suñol | 13 de Mayo 2007

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