El Congreso de los Estados Unidos de Norteamérica ha sorprendido a los latinoamericanos, y principalmente a sus dirigentes, al pronunciarse de manera que ratificó la idea de que los Tratados Comerciales en trámite sí pueden ser revisados. Sobre todo, si contienen normas restrictivas de la soberanía y de la dignidad de cualquier país.
Al sustentar que Colombia, Perú y Panamá deben revisar por iniciativa propia los proyectos en curso, si es que desean obtener el visto bueno legislativo de ese país, están expresando que tal y como se presentaron esos instrumentos no cumplían con los requisitos ideales de equidad y justicia. El jalón de orejas es fuerte.
¿Qué dijeron los congresistas estadounidenses? Que los derechos laborales de los latinoamericanos deben ser respetados, no de cualquiera manera ni con generalidades, sino cumpliendo estrictamente lo que prescribe la Organización Internacional del Trabajo (OIT) en lo referente al trabajo infantil, la libertad sindical, el respeto al medio ambiente y el libre acceso a los medicamentos genéricos.
Se pronuncian asimismo por excluir las discriminaciones y contra la esclavitud que, aunque parezca increíble, impera en algunas zonas del continente.
Son tan contundentes las posiciones legislativas norteamericanas que dijeron estar en contra de la generalización —contenida en los tratados conocidos— de que se hagan cumplir las leyes laborales sin tomar en cuenta lo que estas digan. Ellos quieren ser específicos en lo relacionado con lo que estas normas ordenan. Rechazan el atolillo con el dedo, para decirlo en expresión muy tica.
Los parlamentarios quieren “restablecer el equilibrio entre promover el acceso a los fármacos y la protección a la innovación farmacéutica en los países en desarrollo”. Esto es, que garantizar a las transnacionales la posibilidad de mantener sus negocios, no conduzca a negar la existencia de productos genéricos que permitan salvaguardar la salud de las dilatadas masas (empobrecidas) latinoamericanas, urgidas de medicinas baratas y eficaces.
El presidente Lula de Brasil fue enérgico y patriótico en esto. Cuando las poderosas firmas farmacéuticas del mundo se negaron a facilitar precios justos para retrovirales y otros medicamentos, rompió el cerco y decidió fabricar o importar de India dichos productos alegando que la salud de los pueblos debe estar por encima de los enormes negociados.
Por estos antecedentes nos gustaba más que la convocatoria al referendo sobre el TLC se hiciera por la vía ciudadana y no por la ejecutiva.
Tememos que muchos van a ir a la votación sin conocer todo lo que está en juego. He conversado con bastante gente de diferentes niveles culturales y desconocen el trasfondo del tema en debate. Para decir sí o no en el referendo, es fundamental que el ciudadano esté ampliamente informado. Por ahora no se puede garantizar esto. De allí que era importante la recogida de firmas, la discusión a fondo y la explicación sobre ventajas y desventajas del Tratado.
En las actuales circunstancias, lo que cabe esperar es que el Tribunal Supremo de Elecciones reglamente los detalles esenciales de su convocatoria, de manera que se garantice la equidad en el goce de los medios de comunicación para que las dos partes en la palestra puedan llevar hasta los ciudadanos las explicaciones más amplias posibles. Esta tarea no será fácil, ya que algunos medios han asumido una beligerancia total, al igual que funcionarios del Poder Ejecutivo. Tendrán los magistrados que hilar muy fino y ejercer plena autoridad a la hora de fijar las reglas para la convocatoria.
Al concluir quiero citar el caso de un amigo íntimo que tiene tratamiento médico en Costa Rica por cáncer de próstata ya vencido y solo necesitado de un cuidadoso control.
El me documentó verbalmente: una caja de pastillas con 28 unidades (para un mes) le cuesta en San José US $225. Con este dinero puede traer de Suramérica siete cajas. Son siete más por el mismo precio. Ello es posible porque se trata de una medicina genérica, certificada por los laboratorios de mayor prestigio internacional y no manufacturadas por las transnacionales. Estas incluyen en sus precios la inversión en generosa publicidad, en investigación, los elevados sueldos de los ejecutivos, los pagos de jugosos dividendo para los accionistas y la constante ampliación de sus plantas industriales.
Lula tiene razón: la salud del pueblo debe estar por encima de los intereses de las grandes corporaciones internacionales.
Julio Suñol | 16 de Mayo 2007


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