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Los Cafetos

Pablo Barahona Krüger | 10 de Mayo 2007

Los Cafetos, así deberíamos llamar a los que conservan las herencias de la antigua oligarquía cafetalera modernizada mediante la reconversión de su actividad económica. Los que antes tenían cafetales y beneficios ahora tienen periódicos, desarrolladoras inmobiliarias, hoteles y una larga lista de negocios más acordes con “nuestro” “moderno” “modelo” de “desarrollo” (las comillas son intencionales).

Esos herederos fueron educados por y para otros países. Sus padres y sobre todo sus abuelos, a diferencia de ellos, compartieron las aulas primarias y secundarias con los hijos de los peones de las fincas familiares. Se criaron valorando el trabajo casi tanto como al trabajador. En fin, se formaron con valores distintos y bajo la égida de una significación patria distinta, tan distinta que patria significaba algo todavía.

Bien lo decía en 1934 el entonces Secretario de Instrucción Pública Teodoro Picado: “En Costa Rica, todos los niños, cualquiera que sea su fortuna u origen, concurren a las escuelas públicas y en ellas, a su vez, hay maestros de las más diversas cunas y situaciones. No tiene el niño pobre que concurre a nuestros planteles la impresión tan triste de experimentar la desigualdad social. No surge en él ese complejo de inferioridad que tanto pesa en la vida del hombre. Por otro lado, los niños acomodados o de buenas familias se ponen en contacto directo, estrecho y amistosos con los niños de las clases pobres, y eso los hace más humanos y comprensivos”.

Esto se ha perdido. Tenemos hoy jovencitos que se confiesan aporofóbicos, sea: temerosos de los pobres, odiantes de los desheredados; como si tal condición fuera una plaga o enfermedad que se adquiere por descuido y no una condición infrahumana que responde a una estructura económica que confunde la riqueza con crecimiento, olvidando certidumbres ya asentadas como la distribución, la cultura, en fin; el bienestar.

Los “niños bien” ya no se mezclan so riesgo de “infección” con los hijos de hojalatero, zapatero o taxista. Menos con los mugrosos hijos del peón de la finca de papi. Los “pintas” soy hoy los que no visten de Guess o Levi´s para arriba, los que no comen en “Mac” o “BK”, en fin, los “retrógrados” o “polonchos” que siguen comiendo casado y olla de carne y vistiendo normal.

El resultado: una sensibilidad social atrofiada de la clase en cuyas manos descansa el poder económico/político que obliga, a su vez, a replantear la solidaridad en términos egoístas. En efecto, si no les interesa la situación humano vivencial de sus compatriotas por mero imperativo moral, al menos debe interesarles por pura defensa propia. No pueden, materialmente hablando, retirarse a SU Costa Rica, esa que, encandilada por riqueza sobrepreciada, olvida la miseria de quienes no pudiendo conseguir el alimento de sus hijos por bien, de seguro lo intentarán por mal.

Nos gobiernan los Cafetos. Este dato constituye casi una inevitabilidad a la que arribamos a través de medios de comunicación copados por esos mismos capitales que han constituido una “democracia teledirigida” de la que ya antes dió aviso Sartori. En este país no son más de 10 cabezas las que gobiernan, imputan, juzgan, encarcelan o liberan. Lo de legislar se les ha complicado, pero de seguro están trabajando en ello y el sistema electoral leonino –por antiparticipativo- les será de gran ayuda mientras puedan conservarlo tal como está y los partidos en ascenso no se impongan con aires de cambio.

Entre los cafetos deciden nuestra historia: que será contado y que olvidado. Y así, la historia que tendrán que aprender a contar los futuros historiadores será la de varias generaciones secuestradas por un sistema electoral anacrónico que impide la articulación de diversos mediante una participación real y oportuna y nos reduce a lo que en Dominicana han bienllamado la democracia digital, no por sus modernos mecanismos tecnológicos, sino porque se ejerce cada cierto tiempo y únicamente mediante la huella digital. Y en Costa Rica ya ni eso, ahora basta con un lapicerito que, por cierto, lacera la seguridad del sufragio, la más elemental de las seguridades contenidas en el sistema electoral.

Decir ¿Sí o no al TLC? Es apenas el comienzo. Deberíamos seguir con ¿Sí o no a la Constituyente? Y así seguir y seguir preguntando hasta que se haga costumbre de los gobernantes preguntar y de los ciudadanos responder…

Pablo Barahona Krüger | 10 de Mayo 2007

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