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¡Viva la inteligencia!

Raúl Marín | 20 de Abril 2007

Ante el iracundo grito de “¡muera la inteligencia!” del militar franquista y fascista –que es lo mismo– general José Millán Astral en el paraninfo de la Universidad de Salamanca durante la celebración en 1936 del 12 de octubre, efeméride entonces denominada del Día de la Raza, el poeta José María Pemán exclamó: “¡No! ¡Viva la inteligencia! ¡Mueran los malos intelectuales!”.

Acto seguido intervino el republicano, profesor de griego, escritor y decano de esa celebérrima casa de enseñanza, don Miguel de Unamuno y Jugo, advirtiéndole a los militares: “¡Éste es el templo de la inteligencia! ¡Y yo soy su supremo sacerdote! Vosotros estáis profanando su sagrado recinto. Yo siempre he sido, diga lo que diga el proverbio, un profeta en mi propio país. Venceréis, pero no convenceréis, porque convencer significa persuadir, y para persuadir necesitáis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil pediros que penséis en España”.

De aquel cavernario concepto fueron víctimas muchos notables españoles, señalemos, entre ellos, a los poetas García Lorca, brutalmente fusilado, así como Antonio Machado muerto de nostalgia republicana en el desolado destierro “de un país vecino”. De la misma manera que Lorca fue ultimado, en Chile Víctor Jara, e igual que Machado, Pablo Neruda falleció en su patria pero exiliado en su conciencia.

El holocausto, al igual que los gulags, tienen ingentes tomos escritos con sangre de intelectuales; elementos insoportables para el régimen despótico de turno, como lo fue en el siglo XVI para la Inquisición, Fray Luis de León, poeta, catedrático, teólogo y políglota, quien estoicamente al retomar sus clases en la eximia Universidad salmantina, después de años de prisión, se limitó a decir: “Dicebamus hesterna die… (‘Decíamos ayer’…)”.

Las diásporas de intelectuales “indexados” de todos los signos son testimonios de que esos individuos resultan incómodos a los designios de los poderes autocráticos.

Ese culto a la incultura y al poder no es cosa solo del pasado, lamentablemente lo sigue viviendo la humanidad. El estudioso venezolano Fernando Báez, autor de Historia universal de la destrucción de libros quien ha sido integrante de distintas comisiones investigadores sobre la destrucción de las bibliotecas y museos en Irak tras la invasión de Estados Unidos, denunció en Madrid el asesinato de mil intelectuales iraquíes, mayoritariamente “pacifistas” desde el año 2003 –incluido el rector de la Universidad de Bagdad–. En su opinión, este “genocidio intelectual” ha sido posible gracias a la intervención de los militares americanos y de la CIA en las calles de Irak, ante el “silencio de Europa”. (Madrid, 23 Ene.2006 -EUROPA PRESS). La denuncia sobre múltiples muertes de periodistas iraquíes después de la invasión norteamericana es común en las páginas de Internet.

En la cultura occidental, legítimamente democrática, se tiene por asentado que los intelectuales son sujetos que han generado y transmitido, sin afanes mercantilistas, sabiduría en beneficio de altos valores de la sociedad, por lo que el empuje de la civilización se ha fraguado, en notable medida, en los recintos universitarios. Tal papel también lo juegan los eruditos en las otras culturas.

Una civilización sana es aquella que practica y cultiva sus valores, entre los que no puede faltar el de la tolerancia a la opinión ajena. Por eso hay que ver con desconfianza los ataques sistemáticos a los círculos o sujetos intelectuales. Esa especie de satanización de lo universitario –al igual que la descalificación de la sociedad civil organizada– es un mal signo porque apunta a la tentación totalitaria.

La recta razón y el derecho bien aplicado, parafraseando a Unamuno, permiten convencer y vencer; aspiramos a que nuestro pueblo marche por esos espléndidos senderos en la trascendental disyuntiva que tiene en sus manos de ejercer, por primera vez en su historia, el referendo legislativo vinculante –soberanía directa heredada de los griegos clásicos, creadores de la democracia–, gracias al rempujón que a esa modalidad le dio la Sala Constitucional y al reciente estimulante despertar del Tribunal Supremo de Elecciones aguijoneado por el ex diputado Lic. José Miguel Corrales.

Raúl Marín | 20 de Abril 2007

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