El latinoamericano promedio sufre de una especie de amnesia entendible y el costarricense como buen representante del ombligo de América no se abstrae a dicho padecimiento, nunca justificable pero siempre explicable, consistente en olvidar fácilmente sus males y autocondenarse con ello a su repetición.
Ya en estas páginas hemos escrito que el pueblo que no conoce su historia habrá de repetirla.
Por esto escribo. Este artículo no es contra alguien sino contra el olvido. Un intento por mantener vivo el recuerdo que a fin de cuentas es conciencia; conciencia tanto de lo que ha pasado como de lo que esta por pasar.
El 2007, según nos vienen advirtiendo, será el año de las privatizaciones que hoy prefieren por disimulo llamar “aperturas” para evitar los efectos que todo mal nombre conlleva en política, en cuenta incredulidad y oposición.
Telecomunicaciones y seguros van en el primer paquete de entrega al capital exigente. Ya la salud y la educación fueron entregados, aún cuando tácitamente. La banca, en su momento, sí lo fue expresamente. ¿Qué seguirá? ¿acaso el agua? ¿las playas y en general los recursos marinos? ¿los parques nacionales? ¿Quién sabe?
Lo que interesa destacar no es si conviene o no privatizar. No todavía. Esa es una conversación posterior y conlleva, desde luego, mucho de carga ideológica, bien entendida esta como discusión racional y objetivable y no como mera conversación de impulsos.
Antes de conversar por el fondo, ello es infra facie, debemos analizar la forma, sea prima facie. ¿Para qué detenerse en el examen de fondo si el caso sub examine no ha superado antes el de forma? Y a ello me refiero en estas líneas. A la forma mas no al fondo, aún cuando marchen en paralelo.
Privatizar hoy, tal como están dispuestas –o indispuestas– las cosas en nuestro país, conlleva un enorme riesgo. No hemos legislado los términos en que una privatización, sea total o parcial, en telecomunicaciones o seguros, para mencionar solo los jamones del banquete, se realizará. No se han prescrito las formas o procedimientos para que las negociaciones de esas “aperturas” cursen una sana senda. ¿Cómo asegurar un concurso justo, es decir: objetivo, para que realmente sea el mejor oferente el que gane el espacio en el mercado? ¿Cuáles serán los parámetros de decisión/adjudicación? ¿Ante quién o quiénes se apelará una decisión semejante? ¿Ante quién y bajo que causales se acusará una mala o incorrecta escogencia o adjudicación? Y quizá aún más importante: ¿Quiénes y bajo qué parámetros representarán los intereses públicos en los procesos privatizadores que aparecen ya a la vuelta del destino patrio según nos advierten con frecuencia?
Si bien es cierto el DR-CAFTA prevé algunos de los términos de las privatizaciones, no se preocupa, y ello es natural, por la forma en que se concreten, es decir, por el proceso. Dicha omisión puede resultar en arbitrariedad, sea, en alta, altísima corrupción. Tan altos podrían ser los implicados gananciosos como las propinas ganadas.
Por ello y mucho más razones de las que en este espacio caben, evidencio que hoy y así las cosas, si Costa Rica se entrega a la aventura de la privatización, se entregará de paso a la más alta corrupción, una que todavía no hemos visto ni por sus dimensiones ni por sus implicaciones.
A las pruebas me remito, En Argentina el dinero de las privatizaciones fue a parar al bolsillo del capo mayor, negociante de lo público de paso por la silla presidencial, un tal Carlos Menem.
En México, los Salinas de Gortari comisionaron a tal punto que al hermano del Presidente le apodaron “Mr. 10 percent”. Amigos por cierto de su más cercano prestanombres, a la postre uno de los hombres más ricos de América Latina y hoy, según dicen los malos pensamientos de algunos desconfiados, uno de los hombres más interesados en invertir en telecomunicaciones en Costa Rica.
Podríamos seguir con lo que pasó en Perú, Chile, Paraguay, Brasil, Panamá, El Salvador, Honduras, Guatemala y un buen número de países latinoamericanos en que las privatizaciones o neoaperturas, sirvieron solo a aquellos que se sentaron a vender lo ajeno a las más sagaces transnacionales con un instructivo en blanco, tan en blanco como uno de esos cheques que jamás le firmaríamos a nuestros políticos de turno. No se puso freno ni barbada a los que negociaron por cada Estado la privatización, por lo que las compras de conciencia y el vilipendio de lo público marcó la impronta.
Lo típico de los “procesos” de privatización en el subcontinente ha sido eso: soborno, vilipendio y lavado de capitales, por lo que, salvo que alguien levante –léase: se atreva- hoy a izar una bandera de defensa por la sanidad mental de nuestros cleptómanos representantes o bien por la dignidad ética de sus concejeros y circundantes, advierto con la energía que inspira y sustenta esta denuncia que la privatización en Costa Rica, parcial o total eso no importa, no es viable.
He aquí una razón más para oponerse al TLC tal como está.
Pablo Barahona Krüger | 2 de Enero 2007


2 Comentarios
Uno a su comentario, otro punto de vista como lo es el cuento de la competencia, si por la víspera se saca el día estamos ante el descalabro total del mercado nacional de consumo. Esto lo menciono partiendo de análisis muy simples, si el hecho de la competencia por si sola fuése la pánacea económica y la participación de gran cantidad de actores resuelve el problema; el torneo de fútbol de primera y segunda división deberían de ser de los mejores del mundo.
La competencia es buena siempre y cuando los competidores sean buenos, pero cuando los competidores al igual que el fútbol son todos un poco de malos, negro futuro nos espera.
Clara advertencia que atendemos quienes entendemos que el TLC mal negociado es una catástrofe.
Quienes deben leer este tipo de advertencias, lamentablemente están muy ocupados haciendo números para entrarle al negocio y el pueblo como siempre, desinformado no sabrá que pasó hasta que tenga que devolver su celular, medir las llamadas de su casa y vivir con un bombillo porque las tarifas se van a disparar. Eso sin contar el precio de las medicinas que como dicen los neoliberales “ahora sì van a pagar el precio de las mismas”… pero siguen sin pagar el precio de nuestros productos con justicia.
Para entonces será muy tarde. Por eso los incómodos que estamos dispuestos a dar la lucha, no podemos quedarnos quietos.