Un amigo me sugirió recopilar en un folletín algunas de las gacetillas periodísticas que me han publicado en los últimos años. Le respondí que eso podría ser asunto de mis nietos(as), a quienes, cuando los tenga, sospecho que no les interesará para nada mis majaderías.
¡Claro!, se me ocurrió que quizás ellos podrían divulgar algún compendio de mis opiniones inéditas –no por mi culpa– y podrían también deducir las razones de su no publicación (con excepción de Tribuna Democrática que a partir de abril de 2006 le ha dado incondicional espacio a todos mis comentarios).
Luego desmenucé, en lo que parecía ser el mensaje recóndito de mi interlocutor, si en eso de escribir no hay cierta dosis de vanidad. Admitido tal discernimiento, cabe preguntarse, ¿qué perseguirá esa ventolera?
Bueno, nada de malo tiene dejar en blanco y negro algunas reflexiones o ser testigo en su tiempo –en lenguaje orteguiano– de uno y de sus circunstancias. Pero también ponderé que esos desmadejamientos algunas veces ocuparon mis horas de insomnio metafísico, sin llegar, desde luego, ni lejanamente, a las cimas de la buena filosofía y de la encumbrada literatura –a las que en muchas ocasiones imploré ayuda y las ingratas se mostraron, como hasta ahora, con la indiferencia de las bellas damas que conocen sus atributos, que te coquetean pero que no de ahí no pasan,… ni te conceden pasar–.
Como abogado con vocación de justicia también he creído que podía transmitir mis opiniones sobre diversos temas forenses.
La plenitud del ser, según Plinio, radica en dos universos: “Dichosos aquellos a quienes es dado realizar cosas que merecen ser escritas, o escribir cosas dignas de ser leídas: y felicísimo quien puede hacer las dos cosas a un tiempo” (Epist.)
Por su parte, John Stuart Mill advertía agudamente en el año 1837, con vista en el naciente fenómeno periodístico de entonces: “Se comienza ahora a sentir que el periodismo es para la Europa moderna lo que la oratoria política era para Atenas y Roma, y que para llegar a ser lo que debiera, debería ser manejado por la misma clase de hombres.” (Armand Carrel)
De manera que escribir cosas dignas de ser leídas con la propiedad y sapiencia de los oradores clásicos sería el ideal plausible.
Esos principios corren el riesgo de ser traicionados mediante los alcahuetes expedientes de la “vulgaridad aparentemente ilustrada”, que gratuitamente autorizan hacer guasa de todo sin exigir compromisos con valores superiores –en una palabra, el “pachuquismo presuntamente cultivado pero irresponsable”–, género en el que están incluidas todas las licencias que ese ambiente “light” y consumista tolera.
Pero, hay que admitirlo, en este mundo globalizado económicamente, que no en los aspectos sociales como en educación, cultura, salud y bienestar, los hazmerreíres y oportunistas se podrían cotizar muy bien en la bolsa de valores de la trivialidad, dado que el índice de los chabacanos se vaticina en alza.
Amado Nervo puntualiza: “El humorismo es la sonrisa de la literatura, y acaso, acaso, el más fino no hace reír, hace sonreír únicamente.” (Fuegos fatuos: el humorismo en México, 1951).
Ahora bien, otro riesgo, ya no de los articulistas sino de lo periódicos, es trastocar los valores al punto de que el mundo de la farándula haga del ombligo prieto de una modelo o de la pequeña uña encarnada de un futbolista algo más descollante que el incremento de la pobreza y el hambre en el mundo. O sea, “el periodismo corrongo y ocurrente”, ¿you know? El artista –en el noble sentido de la palabra– el académico o el científico destacado a duras penas merecen atención bajo ese patrón.
Espero que mis virtuales nietos(as) me perdonen los errores cometidos cuando se enteren de que todo lo que escribí lo hice sin segundas intenciones, ni mucho menos remuneradamente y que, sobre todo, de que nunca resbalé en la tentación de escribir bufonadas.
Raúl MarÃn | 26 de Enero 2007


2 Comentarios
Què bueno que existe Tribuna Democràtica, para que tengamos en efecto una Tribuna, y al mismo tiempo, que sea buena, como lo es, con escritores que se salen del corronguismo, como Raùl, amigo, compañero y colega, que està resultando mejor escritor que abogado. A propòsito, me gustarìa que se midiera hasta donde llega la responsabilidad de esa prensa - esa que llaman light y corronga, en el desorden de paìs que tenemos.¿Para què està sirviendo la prensa en Costa Rica?
La prensa sigue haciendo negocios. Vende palabras a los lectores. Vende lectores a los anunciantes. Solo que cada vez son más los que leen Internet y menos los que leen periódicos. Por dicha.