Le conocí a finales de 1976, el primer año que cursaba estudios en la Universidad de Costa Rica. Me recibió en un aula del CIAPA, allá por la antigua Cámara de Industrias en las inmediaciones de la Corte Suprema de Justicia. Estaba sonriente y afable, como siempre lo estuvo a lo largo de treinta años de intercambios, mientras me explicaba los vínculos de sangre entre los conquistadores de Costa Rica. “(…) Eran cinco, todos ellos emparentados entre sí. Vea Luis Guillermo, mire cómo se juntaron: por aquí está Antonio de Acosta Arévalo; por aquí Juan Vázquez de Coronado, la hija de este era la más fea pero como tenía fincas se casó con el hijo primogénito de aquél otro…”
Así era don Sam: curioso; amable; caballero; llano y humilde en su trato; exquisito en su análisis de la política y maestro por antonomasia. De él se podría decir lo que Rabrindranath Tagore alguna vez dijo de los maestros: “el bueno, enseña; el grande, demuestra; el superior, inspira”. Y lo hacía sin alardes de virtuosismo, sin invocar como invocan algunos, listas de libros leídos o pretendidamente leídos. Su inspiración venía del ejemplo, del convencimiento con que emprendía todas sus faenas. Por esa razón era bueno como cazador y aún mejor como pescador: ejercía esos pasatiempos con tanta devoción como enseñaba, y por lo tanto no había bicho capaz de evitar que lo atrapara.
Gracias a don Samuel ratifiqué en plena Guerra Fría lo que ya antes me había enseñado mi madrina Hilda Chen a propósito de las “fuerzas profundas” en la Historia. Entendí que las estructuras materiales condicionan pero no necesariamente determinan el curso de las civilizaciones. Aprendí con él que el poder también se ejerce desde la sangre, desde los intrincados vínculos que se tejen no en los gentiles gabinetes oficiales, sino en el tálamo (nupcial o no, eso es secundario en este caso); al calor de alianzas más fuertes que aquellas surgidas de los tratados, y más ardientes que las alcanzadas en los campos de batalla. Comprendí, gracias a él, que no basta con ser un buen analista para entender la política en Centroamérica. También se requiere ser un buen observador, caminar por los caminos del Darién al Petén, y dejarse seducir por los cuentos y las historias de los pueblos, que en ellas se encierran muchos de los rasgos fundamentales de nuestras culturas políticas.
Nunca olvidaré su sonrisa amplia y generosa cuando me confió, chispeante, lo que una vez dijo don Ricardo Fernández Guardia a propósito de una de sus muchas pasiones: “(…) en materia de árboles genealógicos, siempre es mejor andarse por las ramas”. Y aunque nunca llegué a convencerlo de que había algo que los curas llamaban “angostia loci”, me divertí mucho tratando de lograrlo.
Sufrió dolores pero vivió una vida plena y llena de satisfacciones. Quiso a su familia y fue querido entrañablemente por ésta. Hoy ya no sufre más porque está en un lugar más lleno de luz que el que ha dejado, pero esté donde esté seguirá enseñando con dulzura, como enseñó cuando estaba entre nosotros.
Este año Costa Rica perdió a dos de sus más ilustres hijos, ambos muy cercanos a mi corazón: don Rodrigo Madrigal Nieto y don Samuel Stone Zemurray. Ante la muerte no podemos hacer mucho, pero sí podemos arrebatarle su victoria: no hay que dejarlos en el olvido, que es la única manera de que alguien se muera de verdad. De eso nos encarguemos, con igual generosidad y buen humor como ello lo hubiesen hecho, todos quienes seguiremos siendo, hasta encontrarlos de nuevo si es que nuestros pasos se cruzan otra vez, sus discípulos. Descansen en paz.
Luis Guillermo SolÃs R. | 19 de Diciembre 2006


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“Aprendí con él que el poder también se ejerce desde la sangre, desde los intrincados vínculos que se tejen no en los gentiles gabinetes oficiales, sino en el tálamo (nupcial o no, eso es secundario en este caso); al calor de alianzas más fuertes que aquellas surgidas de los tratados, y más ardientes que las alcanzadas en los campos de batalla. Comprendí, gracias a él, que no basta con ser un buen analista para entender la política en Centroamérica.”
Una hermosa cita de don Luis Guillermo, sobre el señor Samuel Stone. Realmente, Costa Rica, necesita hoy más que nunca, la visión, el compromiso de personas apasionadas por defender sus ideales, personas dedicadas en cuerpo y alma no solo por ENSEÑAR, por FORMAR, sino en el arte de pescar, de abrir trocha en medio de la Nada, de iluminar el camino a las nuevas generaciones. Requiere con urgencia, más que el análisis frío, requiere un grupo de soñadores, que se atrevan a enfrentarse al dogma, que pueda desnudar el populismo y el cálculo político de los grupos de presión.
Don Samuel Stone, fue uno de los primeros de una estirpe, a la cual le agradeceremos siempre enseñarnos ese ARTE SUPERIOR, sin embargo esa estirpe, no puede dejar su plaza vacante, esa estirpe no puede darse el lujo, que otros secuestren el sentido común, secuestren y manipulen la voluntad popular. Eso simplemente, sería la negación del testamento de don Samuel Stone y la traición a la esencia misma de don Rodrigo Madrigal Nieto.
En este año nuevo, que se nos abre, debemos honrar materialmente la memoria de ambos egregios ciudadanos y Maestros de la Política.