Disminuir tamaño de letraAumentar tamaño de letraImprimir paginaEnviar esta pagina por e-mailAmpliar el ancho de la paginafluid-width

El dramático desempleo

Raúl Marín | 12 de Diciembre 2006

“Desde mi perspectiva –apunta el profesor Jean Guitton– no hay diferencia radical entre un oficio llamado manual y otro oficio de pensamiento o de plegaria; entre el campesino y el escritor, entre el soldado y el estratega, entre el laico y el clérigo. Y como Virgilio lo había observado, es el trabajo más humilde (el del labrador encorvado sobre la exigente tierra) que explica el trabajo más alto. Virgilio se acordaba de Hesíodo que había sido pastor en las laderas del Helicón y que había escrito un poema sobre “Los trabajos y los días”. (“Le travail intellectuel”, Aubier, París, 1986, préface IV).

“Ganarás el pan con el sudor de tu frente”; esta sentencia bíblica ha sido enriquecida por el Papa Juan Pablo II en su encíclica Laborem excercens al considerar el trabajo, lato sensu, como la “clave esencial” de toda cuestión social, reafirmando el principio del predominio del trabajo humano sobre el capital: “el fundamento primero del valor del trabajo es el hombre mismo”, por lo que “el trabajo es para el hombre, y no el hombre para el trabajo”. –Para los fines de estos apuntes baste con lo citado; huelga decir que la encíclica profundiza sobre el tema de la primacía del hombre sobre lo que produce, al tiempo que procura una espiritualidad en el desempeño laboral–.

Trabajar, entonces, no sólo es un medio de subsistencia sino un pedestal para la dignificación del ser humano. La evolución de la humanidad ha venido potenciando ese factor a tal punto que ha sido elevado a rango de derecho humano.

Ahora bien, frente al hecho positivo del empleo se produce su opuesto, el desempleo; lo que nos obliga a cambiar de escenario para constatar que el pleno empleo es un objetivo quimérico y que el desempleo o paro, según la clasificación más elemental de los economistas, tiene causas “friccionales, temporales, estructurales y cíclicas”.

En teoría neoliberal, cuando el desempleo es muy bajo, se produce un aumento de los salarios, elevando los costos de producción y los precios, lo que produciría un incremento de la inflación; mientras que, cuando la demanda se reduce, con el consecuente aumento del desempleo, se atenuarían los efectos inflacionarios.

Incuestionablemente que al capitalismo salvaje, desde la perspectiva teórica apuntada, le despreocupa el desempleo mientras los factores “macro” revelen una inflación menor.

Sobre el tema han discurrido largamente los economistas, especialmente a partir del siglo pasado con ocasión de la “gran depresión” que siguió al crack de Wall Street en 1929 y que produjo 14 millones de desempleados en Estados Unidos, 6 en Alemania y 3 en Gran Bretaña. En Australia llegó a más de un 35% de la fuerza laboral desempleada a principios de la década de los treinta.

La “gran depresión” fue combatida mediante la innovadora política llamada del “New Deal” del presidente Franklin D. Roosevelt que introdujo la seguridad social, el seguro de desempleo y programas de trabajo público para utilizar el excedente laboral. La recuperación económica producida gracias a estas medidas demostró que el pago del citado seguro era una carga mucho menor para la economía que la pérdida de poder adquisitivo que padecían los trabajadores en paro.

La depresión también inspiró a John Maynard Keynes quien escribió su capital obra, La teoría general del empleo, el interés y el dinero (1936), en la cual establecía que una economía deprimida se combate mediante el incremento del gasto público, tesis que tuvieron amplia acogida y buenos resultados en el mundo occidental.

Empero, la sustitución del keynesianismo por el monetarismo como credo económico predominante, que incluye privatizaciones y otras medidas de reducción del sector público propias del neoliberalismo, han incrementado el desempleo. Francia, España y Gran Bretaña, padecen actualmente, por ello, un alto desempleo –aparentemente estructural–.

Las juventudes preparadas pero desocupadas son un desperdicio para la humanidad y una afrenta para esos jóvenes ávidos de trabajo y de realizaciones personales.

En nuestro país se echa de menos una política coherente en materia de empleo, no solo para que se reenganchen los desempleados “friccionales”, sino también para los jóvenes que quieren ingresar por primera vez al mercado laboral. A dos dígitos llega nuestro desempleo, sumado el “abierto” con el subempleo “visible” e “invisible”, lo que haría encenderse las luces rojas de una economía que aspira a ser motor de un país desarrollado en el mediano plazo.

El Ministerio de Trabajo, el de Educación, las universidades, los colegios vocacionales, los profesionales, los universitarios y las cámaras de empleadores debería servir de guía a la juventud para que no malgaste varios años en prepararse en campos saturados de trabajadores.

Es inadmisible que los jóvenes que se inician en la formación de un oficio o una profesión lo hagan como si asistieran a una cita a ciegas con su destino porque nadie les ha dado una elemental orientación en tan importante asunto. Ni a ellos, ni a la sociedad –tal vez a cierta economía si–, les conviene tal grado de descoordinación. La educación no debería prestarse a un descarnado e inhumano negocio. Nobleza obliga.

El rector Capelle decía en mayo del 68 sobre el problema del empleo de la juventud francesa: “Una preparación profesional que no desemboca sobre un empleo hace de la educación nacional una escuela para la subversión”. (L´emploi et es problèmes, Que sais-je, PUF, París, 1976, p.7)

Repitamos lo dicho por el Papa Juan Pablo II, el trabajo es la “clave esencial” de toda cuestión social, y, agregamos, su pérdida o su inaccesibilidad constituyen un drama personal, familiar y social que atenta contra un derecho humano de prioritario respeto. Primero el hombre, luego lo demás, incluido el mercado.

Raúl Marín | 12 de Diciembre 2006

0 Comentarios

Publique su Comentario




Recordar mis datos?


Reglas para publicar comentarios: Antes de publicarse, cada comentario ser� revisado por el moderador. Su direcci�n de e-mail no aparecer�.