De cal y de arena
Publicado por Alvaro Madrigal Castro en dic 14, 2006 en Articulos | 1 comentarioNo hay peor ciego que quien no quiere ver. Si los camaleones gozan del don del mimetismo por concesión de la Naturaleza, los hechos polÃticos no tienen esta particularidad. Son como son.
Por más que se intente desfigurar los paupérrimos resultados de la consulta electoral del 3 de diciembre para extraer conclusiones amoldadas a un interés muy puntual, los hechos quedan incólumes, con elocuente contenido que ha de ser percibido por quienes entiendan que las dimensiones del desgaste del régimen polÃtico costarricense reclaman cirugÃa de fondo y sin más dilatorias. El frÃo no está en las cobijas.
Es decir, la anémica participación popular en las elecciones de alcaldes y sÃndicos no se explica por la obsolescencia de las leyes o por las torpezas del Tribunal Supremo de Elecciones o por la antidemocrática -por asimétrica- participación de los candidatos.
Y si en el resultado final estén influyendo estos factores, la cuestión de fondo de seguro que está por el lado del descreimiento de los ciudadanos derivado del envilecimiento de las cúpulas polÃticas y de los partidos, que no sólo renunciaron a la misión de coadyuvar a la construcción de una mejor sociedad sino que también creyeron que lo prioritario era acabar con la pobreza… de unos cuantos.
Los partidos tradicionales están desacreditados y las nuevas agrupaciones no tienen suficiente capacidad de convocatoria ni encuentran el norte desde que sus cuadros dirigentes carecen del instinto polÃtico innato que proporciona la aptitud para âel movimiento de cinturaâ indispensable para apuntar y acertar en el objetivo.
Se ha desvanecido la lealtad partidaria y el votante ha quedado expuesto a las presiones de las campañas mediáticas que, como es obvio, son moldeadas y definidas por la presencia (o la ausencia) de Don Dinero. Este es el contexto.
Entonces, ¿por qué los comicios del dÃa 3 iban a ser un modelo de participación ciudadana y de vocación cÃvica? No hay que engañarse pues âlo decÃa Alberto Di Mare- lo peor en polÃtica es enviarse uno mismo anónimos y creer en su contenido.
Los candidatos liberacionistas cosecharon los frutos de la proximidad al gobierno, como sucedió a los del PUSC en 2002. Los reelectos lucraron también con las ventajas del poder que les facilitó la ânitrofoska electoralâ y en más de un caso con el magnetismo personal, hechos que pesaron más con una deficiente legislación que no proveé formas de corregir las asimetrÃas objetivas en la participación. Aquà no hubo nada de virtudes de partido.
Igual en el caso del PUSC que a pesar de los escándalos que han envuelto a su cúpula, se posicionó en un segundo lugar que en modo alguno le autoriza el canto de la victoria.
Si en los últimos procesos electorales el contingente del ausentismo resulta ser lo más grande, si los partidos han caÃdo en un debilitamiento sin precedentes, si la pérdida de fe en los polÃticos se profundiza, si las campañas electorales se montan con una visión exclusivamente mediática, hemos de concluir que la grave enfermedad no se va a curar con reformas a las leyes ni con más dineros públicos ni con más invocaciones al deber cÃvico ni con más celo del TSE.
Partidos convertidos en maquinarias electorales, corroÃdos por la codicia y penetrados por la âgraderÃa de solâ son el principal obstáculo para el reverdecer de la democracia costarricense.
(La República)

Por Dios, lo que esperamos los votantes son candidatos de un partido que demuestre, con hechos, que está mejorando la calidad de vida del pueblo. Aún no se vislumbra nadie en el horizonte.