El consenso de Hatillo

Claro que estoy de acuerdo con la llamada propuesta Consenso de Costa Rica, dictada urbi et orbi, para definir la influencia de nuestro país en el conjunto de las naciones, pero a la que quizás le falta lo que nosotros llamamos, sin mucha pomposidad, el Consenso de Hatillo.

Eso que nos permite vivir y celebrar los 50 años de existencia, como ciudad satélite, el rótulo se lo robaron, o aldea de alamedas y sueños, como la definen otros más románticos e infantilones.

El Consenso de Hatillo es profundamente social. Eso lo aprendimos de don José Figueres y de don Rodrigo Carazo, allá en diciembre de 1956 y lo perfiló mi padre, con su famoso discurso de tono anarquizante, que veía a nuestro barrio como una especie de comuna, surcada por jardines, parques de juegos y una escuelita que debía llamarse Eloy Morúa Carrillo, personaje muy querido por mi familia, amigo de sueños compartidos y truncos ideales.

El citado consenso arranca de la responsabilidad social de los adjudicatarios, así se llamaban, los cuales pagamos hasta el último centavo por el valor de nuestras casas. No se habían inventado los bonos de vivienda y menos aún las estafas que derivaron de su mal uso. Eso suponía la responsabilidad nuestra por la casa, el patio y el jardín, y el orgullo de decir que a nosotros no se nos regalaba nada y que el mejor patrimonio, visto como herencia, eran las coloridas casitas, de una de las cuales me ven salir cada mañana temprano, agrego.

Una casa es una casa: no un cajón con techo, y se hacían, al menos las nuestras, con detalles de estético urbanismo.

Muchos otros consensos arrancaron de los discursos de doña Corina Rodríguez, otra adjudicataria en programa, mi maestra de inglés y “esa jodida machilla”, siempre peinó canas, como la llamaba cariñosamente el Benemérito en sus horas de humor. Doña Corina fue una precursora de Las Doñas actuales, habló de la justicia social, el desarrollo educativo y dijo un verso sobre la unidad de todos los costarricenses en la defensa de la soberanía nacional y mundial.

Ella siempre tuvo una mirada planetaria y, aunque no lo aceptara con ganas, muy en el fondo participaba del lema de mi familia: ¡Lo que te prometió el Doctor, don Pepe te lo cumplió! Ese el consenso de la defensa de las instituciones nacionales de servicio público, la justicia social y el hecho de que nosotros, clase media baja con pretensiones intelectuales, pronto tendríamos un colegio, el Liceo del Sur, donde el suscrito estudió por cinco largos años, con bequita otorgada para pagar la luz, el teléfono (siempre tuvimos, ¡no sé como!) y comprar libros para entre divertirnos y educarnos, y saber que Hatillo fue la primera ciudadela en que los vencedores y vencidos iniciaron un experimento de convivencia. Donde las banderas, a contar para medir fuerzas cada cuatro años, eran un signo político de apreciables consecuencias para los que se atrevieran a tirar piedras y quebrando el voto: en mi casa para diputados siempre se votaba por la izquierda, para equilibrar el gobierno, según decíamos, sin el mayor asomo de vergüenza.

La prensa no publicó el discurso de doña Corina, y el de mi padre salió recortado, en su parte esencial. Solo La Prensa Libre lo editó, con foto, borrosa, para la absurda posteridad.

Hatillo es absolutamente estatal y nos sentíamos orgullosos de serlo. Allí se unieron la lucha por las garantías sociales, del perseguido caldero-comunismo, y la ideología laborista, eso decían en mi casa de la de Don José, para darle continuidad al otro ícono del Consenso de Hatillo: eran los llamados conservadores, los conser, como los llamaban en aquella época, o los Carcamales, los Carca, que eran esos políticos pomposos que se acercaban cada cuatro años para pedir el voto, y que salían soplados, apenas al bajarse del carrazo, espantados por los gritos de algunos vecinos que los mandaban a beber whiskey al Club Unión o a coger café en La Verbena.

El Consenso de Hatillo está basado en el diálogo, a veces a gritos, pero al final, luego de múltiples consultas, nos vamos poniendo de acuerdo en casi todo.

Desde sembrar nuevos árboles, se los roban ahora los piedreros, o apoya manos para ancianos, que se roban también los piedreros, instados por las chatarreras aledañas y que nos hace pensar que los robones, nunca decimos ladrones, seguro son de Sagrada Familia, Barrio Cuba o Alajuelita, en ese sentido de culpar al otro por todo y esconder la cabeza, como los políticos.

Esta actitud de consenso nace de la necesidad de convivir con todos y no solo de imponer nuestras ideas al prójimo. Somos prácticos en la idea de que algunos propósitos son muy hermosos, pero suelen quedarse en el papel, en los discursos, o en la retórica de pedir lo imposible para recibir una cochinada, como les pasa a los buchones.

El Consenso de Hatillo ha sugerido la norma de que es mejor parecer bobo que creerse más que los otros. No por igualitarismo, que no existe, sino por el estudio de la realidad histórica que está presente en alamedas, nacimientos y hasta en las defunciones, que nos llegan por Radio Bemba, la más efectiva manera de comunicarnos. Como buen hatillense nunca voy a entierros, porque me enseñaron que los mejores dones se dan en vida y no echando paladas sobre los ataúdes inertes de los vecinos. Quizás solo una tarjeta, una flor, un poema-beso.

El mundo ganaría mucho si lograra estudiarse, no imponerse, el Consenso de Hatillo en lo que tiene de diálogo, unidad y práctica clara de los derechos humanos, animales, ecológicos, etarios, que durante 50 años hemos aprendido como ciudadanos de este barrio que somos, creado y propuesto como un Espacio Social de Derechos y Deberes, en el cual el techo, la tierra, el agua y el aire son todavía nuestros, en la máxima extensión del mínimo vital, imprescindible para nosotros, desconocido para muchos.

(La Prensa Libre)


1 comentario

  1. avatar
    Arabella Salaverry

    Gracias Alfonso, por refrescarnos la memoria. Gracias por esa clara metáfora de lo que somos en nuestra esencia los costarricenses, porque es importante, con los aires que corren, no olvidarlo!!

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