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Don Pepe y el bienestar del mayor número

Luis Guillermo Solís R. | 15 de Septiembre 2006

• Palabras leídas en el Centro Cultural e Histórico “José Figueres Ferrer”, San Ramón de Alajuela

Don Pepe fue y sigue siendo, junto con don Ricardo Jiménez Oreamuno, el más brillante intérprete del “ser” costarricense del siglo XX. Pocos como él han sabido entender de una manera tan lúcida la mente y el alma nacional; pocos como él, las han escarmenado hasta sus más profundas raíces y han sido capaces de movilizarlas hasta convertirlas en una gran fuerza y combativa. Sólo él, pudo hacerlo y simultáneamente conectarlas a las más progresistas corrientes del pensamiento universal de su tiempo y de todos los tiempos, pues Figueres fue, ante todo, un filósofo-campesino y un campesino-rey.

Por eso el gran genio de Figueres, a mi juicio, no fue tanto intelectual –que lo fue también– sino humano en el más estricto de los sentidos. En efecto, así como Daniel Oduber podría ser denominado con toda propiedad, “el más intelectual de los políticos y el más político de los intelectuales” costarricenses, Figueres ostenta por derecho propio el título de ser el más “costarricense de los humanistas y el más humanista de los costarricenses”.

Resultaría imposible entender la tesis del “bienestar del mayor número” en el pensamiento de Figueres al margen de una consideración más general sobre su libérrima visión de la Política (con mayúscula) y de “lo político” en un sentido lato. Allí se encuentra la esencia de sus convicciones. Así lo expresó en una de sus más extraordinarias obras, La Probreza de las Naciones, dedicada: “A la memoria de Betrand Russell, el gran rompedor de cadenas del Siglo Veinte. Como Lutero y como Karl Marx, dedicó su vida a romper cadenas mentales. Superior, como Voltaire, no impuso nuevas cadenas. No fundó secta”.

La animadversión de don Pepe por el dogmatismo y por su hermana gemela, la intolerancia, constituye una constante desde que escribió su primer libro, intitulado emblemáticamente Palabras gastadas en 1943. Ello se expresa en su acción política desde entonces y explica por qué Figueres siempre objetó las premisas sobre las cuales se construyó el comunismo ruso. La noción del beneficio del mayor número, en este sentido, no se deriva de los axiomas del marxismo (que postula que “a cada cual según sus necesidades, de cada cual según sus capacidades”), ni siquiera de los postulados social demócratas de la Segunda Internacional sustentados en la lucha de clases. Es más bien un entendimiento mucho más propio de su acendrado espíritu montuno; uno que él mismo denominaba no “socialismo” sino “solidarismo” en el mensaje del 15 de setiembre de 1948 a los escolares del país. Un solidarismo nacional que definió como: “(…) el deseo de servicio colectivo y generoso de todos para ayudar a la producción de grandes riquezas y de bienestar, que todos disfrutemos en un ordenamiento social más justo”.

Sobre la igualdad de oportunidades

Don Pepe definió la igualdad de oportunidades como un postulado superior al igualitarismo, concepto que no consideraba cónsono con la “variada naturaleza de los seres vivientes”. Explicó profusamente los motivos de esta duda que, en última instancia, emanaba según Figueres tanto de la falta de educación (la “impreparación”) como de la “pobreza hereditaria” que convierte al hijo del hogar pobre “a la vez en heredero y transmisor de la pobreza”.

A partir de esto, don Pepe abogaba por un sistema político, que ya en su madurez denominaba “Social - Democracia”, que dotase a los jóvenes igualdad de oportunidades. Valga decir, un sistema en el “(…) que cada individuo pueda subir hasta donde alcancen sus aptitudes y su esfuerzo.” Un lema que según él era tan importante como lo fue en su día la Igualdad ante la Ley o la Emancipación de los Esclavos pero que, a diferencia de otras instituciones del orden liberal, se constituía a partir de una asociación virtuosa entre individuos con derechos y un colectivo social que los garantizaba y potenciaba por medio de políticas públicas inclusivas.

Ésa Social-Democracia figuerista, que don Pepe decía era más pragmática que doctrinaria y que no era patrimonio de ningún partido político ni grupo de partidos, era por lo tanto profundamente progresista. Es decir, aunque construida sin dogmatismos, postulaba un objetivo supremo: “(…) procurar que se satisfagan, con el trabajo de todos, las necesidades de todos, en comida y techo, ropa y trabajo, educación y salud, y paz social. Todo esto sin sacrificar la libertad”.

El bienestar del mayor número

Es en este contexto en el que surge, como un monumento a la dignidad humana, el llamamiento de don Pepe a construir una sociedad “de oportunidades crecientes para el mayor número”. Este llamado, que Figueres hermosamente ilustró como el acto de enganchar el carro del desarrollo a una estrella guía, se convirtió en el objetivo superior del Movimiento de Liberación Nacional y después del Partido que de éste surgiera en 1951. También es la esencia de lo que en algún momento se denominó la “socialdemocracia liberacionista”, y concepto fundante del Estado Benefactor sin el cual la democracia costarricense del último medio siglo no hubiese sobrevivido.

Algunos académicos tanto nacionales como extranjeros han cuestionado reiteradamente el carácter “revolucionario” de la Guerra Civil de 1948. Unos y otros han constatado las profundas contradicciones que caracterizaron a los grupos aliados que lucharon contra el gobierno “caldero-comunista” y la preeminencia de los sectores más conservadores que lograron si no hegemonizar, al menos condicionar fuertemente el debate constitucional que culminó en la promulgación de la Carta Magna de 1949.

No es este el momento para entrar a discutir los méritos de estas interpretaciones, algunas de las cuales incluso han puesto en duda la conveniencia de invocar una “Segunda República” que no fue –según ellos– esencialmente distinta a la Primera, fundada un siglo antes por la oligarquía cafetalera y cuyas estructuras e instituciones, en lo medular, se han mantenido incólumes hasta nuestros días.

Sin embargo permítaseme señalar, en defensa de la obra de don Pepe y de las tesis de quienes desde el Centro para el Estudio de los Problemas Nacionales le inspiraron y acompañaron desde antes de que se produjeran las acciones bélicas en La Lucha y San Cristóbal, que más allá de si hubo o no hubo “revolución” en 1948, y por encima de la denominación que se le otorgue al régimen establecido por ella, pocos conceptos han sido tan transformadores y determinantes en la vida republicana costarricense, como el del “beneficio del mayor número”.

Afirmar, como afirmo, que la adopción del “beneficio del mayor número” como eje articulador del Estado Social de Derecho surgido de la guerra civil de 1948 constituye un factor principal de ruptura con el viejo orden liberal imperante en Costa Rica desde finales del siglo XIX, en nada desmerece y más bien exalta las contribuciones de los grandes reformadores sociales desde el Padre Volio y el Grupo Germinal en los años veinte, hasta el social cristianismo de Monseñor Sanabria y del Dr. Calderón Guardia y el comunismo “a la tica” de Manuel Mora y su partido Vanguardia Popular en la década de 1940 y más allá. Sin esos aportes doctrinarios sería difícil imaginarse el surgimiento del vigoroso movimiento político que derrumbó –no sin antes pagar un alto costo social por ello– los muros del control oligárquico en la Costa Rica de mediados del siglo XX.

Sin embargo si algo debe reconocérsele a Figueres fue no sólo la preservación de aquellos postulados sino y más importante aún, su ampliación. Eso fue posible gracias a que logró extender un orden institucional inclusivo basado en un Estado solidario cuya esencia filosófica radicaba en otorgar “el beneficio al mayor número”. Lo dijo el mismo don Pepe al referirse a principios de la década de 1970 al dilema del siglo XXI en los siguientes términos: “(…) o abrimos la mente y procuramos ver en los medios de producción los instrumentos del bienestar general, sean de quien fueran como “propiedad”; o seguimos mirando torpemente los bienes productivos modernos, cada vez más grandes y complejos, como meros objetos de comodidad personal de su dueño, como si fueran casas, camas o sillas”.

Allí radicaba, según don Pepe, el “quid” de la cuestión.

De la sociedad de las oportunidades a la Costa Rica de las iniquidades

Durante los últimos veinte años el sistema político costarricense, diseñado por la “generación del bienestar”, fue gradualmente degradado y en última instancia sustituido por uno que, revestido de modernidad, ha devuelto a la sociedad nacional a los entendimientos excluyentes y antidemocráticos propios del liberalismo decimonónico. Se podrá decir que esto es una exageración y que nada tienen en común las dinámicas elites transnacionalizadas de hoy, con las añejas oligarquías de la Costa Rica del “Olimpo”. Aún si ello fuese cierto –y lo es parcialmente tanto en cuanto al fondo como a la forma en que se expresa el actual sistema de dominación– también lo es que más allá de cualquier matiz, el país en el que vivimos es en la actualidad cada vez más desigual y cada vez menos solidario.

Estoy seguro que don Pepe se sentiría profundamente perturbado con este estado de cosas; y se sentiría peor sabiendo, como supo en los años anteriores a su muerte, que fue el Partido que fundó uno de los principales responsables de que ello ocurriera…y continúe ocurriendo. Y no estaría perturbado por razones “ideológicas”, como llaman hoy con ánimo descalificativo los defensores del nuevo status quo a los principios y a los valores que en otra era configuraron un entendimiento del poder basado en la justicia y el bienestar del mayor número, sino por razones prácticas. Don Pepe estaría perturbado porque sabría que, a mayor injusticia, mayor turbulencia; y a mayor turbulencia, mayor riesgo de perder la paz interior y el orden político indispensable para gobernar en democracia. Lo dijo con meridiana claridad un día: “Si permitimos que continúen las deficiencias sociales de hoy, no solamente llevaremos en el ánimo el peso de una sociedad injusta, sino que pondremos en peligro la libertad de empresa y la libertad política”.

A buen entendedor, sobran razones.

Pero don Pepe ya no está con nosotros, y quienes mandan y gobiernan en la Costa Rica de nuestros días parecieran haber olvidado sus admoniciones a favor de la sociedad justa, de la economía solidaria y de la vida frugal. Muy por el contrario, se han enyugado a una visión de país que se vende en español pero que está diseñada en inglés y cuya lógica, como bien lo refleja del Tratado de Libre Comercio con los EEUU, es la de sujetar nuestros destinos al de una economía que, siendo próspera y global, ni responde a nuestros intereses, ni defiende nuestros recursos, ni atiende nuestras necesidades de progreso con equidad.

Volver a Figueres

Quienes dicen que hay que mirar para adelante y no para atrás, quienes sugieren que el pasado sólo sirve para guardar polvo en los archivos y que todo está por inventarse, ni avanzan, ni entienden, ni sobreviven porque cometen los mismos errores y caen en los mismos vicios que otros experimentaron antes que ellos. El país que progresa no es aquél que se desboca en una vorágine irracional de apuestas imprudentes y riesgosas, o de alianzas internacionales perversas, sino aquél que aprende de las lecciones de su propia historia, las proyecta e, incorporándoles los elementos de la nueva realidad, las potencia con un sentido de trascendencia responsable.

La excepcionalidad costarricense, si es que hubo alguna, radicó principalmente en que sus elites dirigentes entendieron eso mejor que las de los países vecinos y estuvieron dispuestas a no dejarse tentar, como hoy lo hacen sus herederas, por las vanas ilusiones de una economía global que es tan rica como insaciable y despiadada. Pero además, cuando en el pasado el país hubo de vincularse –siempre con desventaja– al mercado internacional, quienes detentaban el poder económico y político lo hicieron teniendo claramente establecido el interés nacional y, aunque de manera bastante asimétrica, el límite que separaba el beneficio propio del interés colectivo. Por eso, y porque entendimos que la existencia de una sociedad de propietarios, por pequeños que fueran los cafetaleros meseteños de mediados del siglo XIX, era mejor que una dominada por transnacionales fruteras y poblado por peones asalariados sin acceso a servicios públicos de buena calidad, es que evitamos los males de la anexión y el vasallaje.

Me temo que, si no volvemos al pensamiento preclaro de Figueres sobre el bienestar del mayor número, lo que no nos ocurrió en casi ya dos siglos de existencia republicana podría acaecer en menos de una generación con nefastas consecuencias sobre nuestro régimen de convivencia democrática. Ese temor, que me asalta cada vez que pienso en la estrechez mental de los nuevos capitalistas criollos, o que contemplo la voracidad aparentemente ilimitada de los intereses extranjeros que se regodean cada vez que se pone a la venta un pedacito más de Costa Rica, constituye para mí la mejor razón para releer a don Pepe y buscar en su pensamiento siempre fresco el aliento que se necesita en estas horas cruciales para la República.

Nos queda ciertamente el optimismo de don Pepe. El que lo llevó a recordarnos el carácter macizo del boyero a quien, cuando se le vuelca la carreta, no se detiene a la orilla del camino sino que le da vuelta y sigue adelante. El mismo que lo llevó a decir, también con esperanza, que “(…) ante los males de la vida, yo me inclino más a remediar que a lamentar. Si se fuerza el ingenio, casi siempre se encuentra un remedio, aunque no sea total”.

Pero también, amigas y amigos, no olvidemos su advertencia tantas veces ignorada y hoy más relevante que nunca: “Veo con espanto a un paisecito como Costa Rica, pequeña joya de trabajo y libertad minado por el complaciente abandono de unos, por la desorbitada efervescencia de otros y por lo falta de imaginación de quienes deberíamos usarla. Quienes sufren los mayores males generalmente no tienen capacidad para estudiarlos. Quienes tienen capacidad, no los quieren ver. Quienes protestan, muchas veces no estudian suficientemente. Y quienes no estudian los males no pueden sugerir sus remedios”.

Por eso en esta celebración centenaria de Figueres echemos mano a su memoria no con la nostalgia de los pueblos muertos sino con la alegría de los herederos de una tradición política que hizo del bienestar del mayor número una bandera y de la equidad y la búsqueda de la felicidad por vía de la justicia, un blasón. Y pongamos en su tumba otro ramo de magnolias, como aquél que recibió el 14 de mayo en Cartago siendo ya un general victorioso, de las que dijo que “no florecen sobre las plantas débiles ni sobre los arbustos de mediana estatura. No se da su hermosura sino en la corona de un árbol grande y fuerte” que hoy como ayer es el árbol de la democracia para todos.

Y pensando en él pero también en nosotros y los que vienen después de nosotros digo: ¡oh Figueres! ¡Que feraz fue tu era y cuán abundante será muy pronto su cosecha!

Luis Guillermo Solís R. | 15 de Septiembre 2006

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