Yolanda Oreamuno habría cumplido este año sus noventa años y cumple, en julio, los cincuenta de su fallecimiento. Las dos fechas, extáticas, dan cuenta de una existencia rica en detalles humanos y pródiga en talento literario. Vista en la dimensión que dan los años, su presencia es más refulgente que nunca, sobre todo en los fieles que hemos mantenido su recuerdo entre los ramalazos de indiferencia, a los primeros años de su muerte, la admiración latente siempre y el valor simbólico, y real, de su trascendencia literaria en el desarrollo de la literatura centroamericana, o latinoamericana, como lo señaló alguna vez Guadalupe Dueñas.
Lejanos quedaron los mitos y leyendas sobre su personalidad, fundados en su enigmático don de trascenderlo todo, con su talento, inteligencia y personalidad de rompe y rasga, al escribir sus artículos, ensayos, novelas y esa literatura epistolar, que dan una imagen interna de su riqueza íntima, combinada con el valor de su mirada sobre los otros.
Ahora es muy fácil hablar, o escribir, sobre Yolanda Oreamuno.
Antes, hubo un manto tendido sobre el valor de su obra literaria, de sus extraños y valiosos cuentos y una combinación de desprecio, e ignorancia, sobre sus opiniones periodísticas, que algunos juzgaban demasiado duros para un ambiente aldeano y escurridizo, que ella comprendió, desde muy joven, como el mayor obstáculo para su desarrollo como ser humano, y como mujer, genéricamente.
He conocido, e indagado sobre ella, a muchos de sus amigos y también de sus enemigos, que el tiempo se llevó como un ventarrón sobre los techos.
La incomprensión, muchas veces aparente, provenía de su estatura intelectual y de esa manera franca de percibir el mundo, que nunca la llevó al desprecio, sino a un odio sano por la tontería, entronizada como razón de vida.
A diferencia de lo que se contaba sobre ella, sus más grandes enemigos no fueron los hombres sino las beatas, e hipócritas mujeres de su tiempo, que leyeron, entre líneas, sus propias historias personales, hechas ficción por la magia de su narrativa, especie de enfrentamiento con el medio, que quedaba retratado en sus cuentos y novelas.
Pero de eso no queda ya nada. Como Carmen Lyra, Eunice Odio, Vera Yamuni, Ninfa Santos o Rocío Sanz, para citar algunas, queda de todas ellas su obra, alzada y enhiesta sobre las vicisitudes del tiempo.
Alguna vez Francisco Marín Cañas habló sobre la influencia de los libros en Yolanda Oreamuno, leídos casi todos ellos en su adolescencia y que se guardaron, primero en Guatemala, en casa de Ana Mérida, y en México, custodiados en el tiempo por Rita Martén. No tenían fecha de lectura, pero sí hermosas anotaciones con su letra perfectísima, desde los tomos de Marcel Proust hasta los acotados, de Thomas Mann, pasando por escritores latinoamericanos como Eduardo Mallea o Rómulo Gallegos, sin desdeñar los de su amigo Rafael Arévalo Martínez, o los dedicados por Porfirio Barba Jacob, a quien ella admiraba en exceso.
Nunca he compartido la idea de que su existencia fuese infortunada.
Al menos en sus relaciones personales o amatorias. No. Amó y fue amada en exceso, producto de su belleza y su inteligencia, de su intensa voz de contralto, de su manera al modular el cuerpo, tal como la recordaba Mario Monteforte Toledo hace unos dos años. Pero, como él también lo afirmó: “A Yolanda había que pedirle permiso para quererla, no fuera a desdeñarnos sin proponérselo”. Todo eso aparece en sus libros, en sus cuentos y novelas, en sus cartas y conversaciones con Lilia Ramos, por ejemplo, o con David Vela, que alguna vez trazó memoria de sus conversaciones, en las inquietas noches en Las Diamelas, en la Guatemala de aquella época.
Yolanda Oreamuno es historia viva de los contrastes del auténtico ser costarricense.
Nunca entendió al mundo como un sistema complejo sino que fue antidogmática, clara, con la palabra abierta para darle fundamento al mundo.
Tuvo ideas políticas, que expresó en la decadencia de un sistema patriarcal y perverso, agrícola y falso en su progreso, del cual desentrañó sus problemas humanos y de cuyo ejemplo dio forma a su quehacer artístico, que se bastaba a sí mismo al expresar la decadencia del entorno.
Luego de su desaparición vino un período de perplejidad, conforme se fueron descubriendo sus obras, las publicadas o las escuchadas por sus amigos en auditorios sutiles, en donde imperaba el tono de su voz y el genio de su cerebro.
Algunos y algunas intentaron conocerla donde sólo había sombras. Otros y otras, rebuscaron en sus psicologías, no en la de ella, para oreamunarse, en donde sólo había jirones de mediocridad y resentimiento. O admiración basada en la identificación, postiza, de un destino único, singular y propio, para darle forma al mundo que la rodeaba, el interno y el colectivo. El secreto de Yolanda Oreamuno es el haber guardado una distancia sutil entre su mundo personal y la expresión novelística, para tratar de evitar el equívoco de que sólo escribía sobre ella, su mundo, sus sentimientos, sus desgracias.
La relatividad del orden impuesto, el valor simbólico de su palabra, la sequedad, aparente de su propuesta narrativa, dio la estocada de gracia al costumbrismo, al complejo de culpa, al pecado original del piso de tierra, al mugido de las vacas en el trillo, para componer una lúcida sinfonía creativa, indemne a todos los olvidos. Como las elegidas de los dioses, murió joven, antes que su belleza fuera cascajo de piedra o risa nerviosa de terror ante el tiempo.
Al decir de algunos, que la amaron y conocieron, preparó su muerte con lenta escenografía, viviendo en cuarenta años lo que algunos no viven en ochenta.
Espantó a todos los fantasmas para entregarse a los ángeles. Con plena dedicación y empeño.
Por eso la recordamos, sus cofrades, a ella misma sobre su obra, con su talento de escritora, con su arrogante cabeza donde contuvo, y expulsó luego, esos libros y cuentos que constituyen, como en su amado Bergotte, el personaje de Marcel Proust, el mejor testimonio contra cualquier posible olvido.
Consiguiendo que, al paso del tiempo, su obra se lea por lo que es y su vida por lo que habría podido ser.
He aquí, el triunfo de una vida sobre la muerte, entre dos fechas recordables.
(La Prensa Libre)
Alfonso Chase | 3 de Julio 2006


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